Beata Anuarite

MARZO 2008
Editorial
Telemundo
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Beata Anuarite
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Yo misionero


BEATA ANUARITE
Peregrinación muy especial

El “camino” que tuvo que recorrer el cuerpo de la Beata Anuarite hasta llegar a la catedral de Isiro.


Isiro es una ciudad de la República Democrática de Congo; tiene unos 200.000 habitates y está situada en medio de la selva. Una grandiosa vegetación sobresale sobre las casas hechas de barro y paja. La luz deslumbrante del sol del mediodía acentuaba mucho más el colorido y el esplendor de una naturaleza donde se mezclaban las tonalidades verdes de la vegetación con el azul de un cielo luminoso. Allí perduran los recuerdos de una gran mujer congoleña que decidió ingresar en la vida religiosa cuando tenía 20 años.

Llegamos a nuestro primer punto de encuentro. El lugar donde un coronel quiso abusar de una monja llamada Clementina Anuarite. Ella se resistió. Le costó la vida. En el lugar donde fue maltratada la Hna. Anuarite hay un pequeño monumento en forma de corazón. Allí fue golpeada: puñetazos, bofetadas, patadas y golpes con el fusil. En cierto momento Anuarite cayó desmayada. Pero todavía tuvo fuerzas para solicitar perdón a Dios para sus verdugos. Enfurecido, el coronel mandó a un soldado que traspasase a Anuarite con su bayoneta. Luego, el coronel disparó su revólver hiriéndola en un brazo.

Pintura de la beata AnuariteUna de las religiosas, que vivió esos momentos con Anuarite, nos enseña el lugar exacto donde dio el último suspiro. Una sencilla cruz en el suelo en una pequeña habitación. A un lado una vitrina encierra la toca ensangrentada de la Hna. Anuarite. Ella, junto a otras tres Hermanas tomaron el cuerpo, lo introdujeron en la casa y lo colocaron en el suelo. En esos momentos muere Anuarite. Era la mañana del 1 de diciembre de 1964. Tenía tan sólo 25 años.

Los soldados, a las seis de la mañana, piden el cadáver de la Hna. Anuarite. Las Hermanas se oponen. El sepulturero, el señor M. Manday, apoya a las Hermanas y llevan el cadáver al cementerio de Dingilipi, un cementerio cercano en medio de la selva donde hay que buscar concienzudamente el lugar de las tumbas. La de la Hna. Anuarite está especialmente cuidada, aunque su cuerpo ya no reposa allí. Sólo estuvo siete meses y 15 días. Fue exhumada y llevada a otro cementerio de la ciudad, el de Kinkole, donde 23 años más tarde también sería enterrado su padre, que falleció a los 66 años.

Una sencilla cerca de caña de bambú encierra las dos tumbas. La de Anuarite con una sencilla cruz y una verja de hierro; la de su padre, una cruz azul de madera con un pequeño letrero con la inscripción de la fecha de su nacimiento y de su muerte. Pero el cuerpo de la Hna. Anuarite tampoco está allí. Nos explica la Hermana que esta tumba, como la otra que hemos visitado, son pequeños monumentos donde se recuerda a esta gran mujer que defendió su dignidad hasta la muerte.

Nos queda la última etapa de esta especial peregrinación. Y hacia la catedral de Isiro nos dirigimos. Allí en un hermoso monumento se conservan y se veneran los restos de la “mártir de ébano”. Un gran mural a la izquierda recuerda la vida de Anuarite –nacimiento, bautismo, ingreso en la vida religiosa, trabajo y oración, educación y martirio–. De frente, junto a su tumba, otra gran pintura donde Cristo la recibe en su Reino.

Cuando, en 1985, Juan Pablo II beatificó a la Hna. Anuarite en Kinshasa, capital de la República Democrática de Congo, asistieron sus padres y sus tres hermanas. La nueva beata, que tenía un carácter abierto y estaba siempre dispuesta a ayudar a los demás, es hoy un símbolo viviente de la capacidad de fidelidad que los cristianos africanos saben demostrar en los momentos difíciles. La fuerza de su testimonio se extiende por el mundo entero y es un signo de la dignidad de la mujer, sea madre o no.



Leo Salvador

 


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