Tormenta en la isla de Ñuar

MAYO 2008
Editorial
Telemundo
Tormenta en la isla de Ñuar
Madres niñas
Raíces
Flora africana
Hola África
Yo misionero
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TORMENTA EN LA ISLA DE ÑUAR

Ñuar es una isla cercana a Nyal, un poblado nuer de la región del Alto Nilo, en Sudán Meridional, un territorio azotado por 22 años de guerra y ataques por parte del Gobierno central de Sudán. Tanto en Nyal como en Ñuar habitan los nuer, uno de los pueblos que atrajo la atención de los etnólogos a principios del siglo XX.
Dos periodistas de Aguiluchos visitamos varias misiones combonianas entre los nuer. Ésta es una de las crónicas de aquel viaje inolvidable.

Nuestra llegada a Nyal en avioneta desde el norte de Kenia fue un momento memorable. Nada más aterrizar, decenas de chiquillos, jóvenes, hombres y mujeres con niños nos rodearon con cantos y tambores dándonos la bienvenida. Los misioneros que en aquel momento estaban en la misión se diseminaban entre la algarabía y se abrían paso para recibirnos.

Una vez en la misión, y después de echar un trago de agua, nos asignaron nuestras “habitaciones”. Cada uno estaría alojado en una cabaña, al estilo nuer. Un habitáculo hecho de troncos, paja y barro, provisto de un sencillo camastro también construido con materiales locales, sería nuestra suitte durante nuestra estancia de una semana en Nyal. La capilla está a la entrada del recinto de la misión y ha sido construida por los cristianos, con ayuda de los misioneros.

Cuando estuvimos allí, pocos meses después de firmarse los Acuerdos de paz de enero de 2005, Nyal permanecía todavía aislada del mundo. Sólo los misioneros, una ONG italiana que se encargaba del hospital y dos agencias internacionales (UNICEF y la OMS, con un programa de erradicación de la polio) se habían atrevido a establecerse en el poblado. “El trabajo humanitario es muy complicado aquí”, nos comenta Luis Vázquez, médico coordinador de la OMS. “No hay ninguna infraestructura sanitaria, no hay Ministerio de Salud establecido”.


Nyal, pantanos y guerra

En los últimos 20 años, la dinámica de la guerra, de los ataques a los poblados, con la táctica de tierra quemada y los bombardeos aéreos han marcado la vida de los nuer de Nyal, al igual que las otras 500 etnias de origen negroafricano que habitan en Sudán Meridional.

Rodeado de pantanos y grandes lagunas, fruto de las aguas desbordadas del Nilo Blanco, el pueblo nuer vive condicionado por el ritmo de las lluvias y de las necesidades de su preciado ganado de vacas. En tiempo de lluvias se quedan en los poblados, mientras que en época seca aprovechan para trasladar su ganado a otras zonas de pasto.

Cuando llueve la pista de aterrizaje se inunda y se encharca, lo que hace imposible el aterrizaje de los aviones que traen ayuda humanitaria y que llegan del norte de Kenia. No podrán descargar su preciosa carga: sacos de comida, paquetes de medicinas para el hospital, material de construcción, etcétera. Aquí todo, desde una sencilla carretilla al material necesario para la construcción de la escuela, llega vía aérea.

Todo esto supone un coste añadido, por lo que los misioneros que comparten misión en Nyal viven de una manera austera y sencilla. Con lo mínimo imprescindible. Incluso los palés de algún producto se reciclan como mesas o baldas para estanterías. Como la población, los misioneros, a falta de medios, agudizan el ingenio.

Ñuar, refugio en tiempos difíciles

Las gentes de Nyal, ante los ataques del Ejército del norte se buscaron sus triquiñuelas. Cuando eran avisados de un posible ataque, huían a las islas cercanas, para refugiarse de los bombardeos, de las llamas del fuego, de los saqueos y de las violaciones.

Una de estas islas es Ñuar. Los soldados del Gobierno del norte no conocían estas islas o quizás no se molestaban en llegar. También se han trasladado allí los nuer de Nyal en época de hambrunas.

Emprendemos nuestra visita a la isla de Ñuar, acompañados por el P. Guillermo, comboniano mexicano que lleva 10 años en Nyal. Conoce bien las 19 islas cercanas a Nyal, pues hace visitas pastorales a algunas de ellas, aunque no todas están habitadas.

Ñuar está a una hora de distancia de Nyal. Si se dispusiera de una lancha motora, se tardarían unos 10 minutos. Pero este medio de transporte es un auténtico lujo en un lugar donde todavía se siembra escarbando con las manos.

El viaje lo realizamos en pequeñas piraguas artesanales, conducidas con destreza por voluntariosos y musculosos nuer. Nos instalamos en los “asientos”, cuatro personas por canoa. Una vez acoplados, como las piezas del Tetrix para no volcar con el movimiento, nos preguntábamos si una pequeña canoa, tan ancha como nuestras caderas, podría mantener el equilibrio todo el camino. Más que el chapuzón, temíamos la bilarzia o el gusano de agua, que se contagia a través de aguas pantanosas. A pesar de algún susto y tener que achicar el agua que había entrado en la canoa, pudimos disfrutar de un bello y relajado paisaje, adornado por algunos pájaros exóticos de mil colores. Llegamos, sanos y salvos.


Bienvenida “a lo nuer”

Nada más encallar la canoa en la fangosa orilla, nos viene a recibir un grupo de cristianos, con tambores y banderines, entre cantos y danzas. En cuanto terminan la acogida, nos dan la mano al estilo nuer, “male, male”, deseándonos la paz.
Nos sorprende una mayor vegetación que en Nyal, árboles más frondosos, frutales, como el Deleb, una especie de mango salvaje del que se extrae un zumo muy nutritivo.

Las cabañas están diseminadas por toda la isla. Para acceder a un núcleo de ellas, donde nos recibe el catequista, tenemos que cruzar un campo sembrado de maíz. El P. Guillermo nos presenta a varias familias, que se suman a nuestra “expedición” por la isla. Las gentes de Ñuar, haciendo gala de la hospitalidad que caracteriza a los pueblos africanos, nos ofrecen un cuenco con un pescado tipo dorada. Nos da cierto apuro, pues sabemos que muchos de los niños que nos han seguido están más necesitados de alimentos que nosotros. Pero no comer de lo que te ofrecen hubiera significado un desprecio imperdonable. Así que Guillermo insiste en que lo probemos. Obedientes, cogemos un trozo de pescado con los dedos y lo pringamos en la salsa. ¡Está delicioso! Dejamos también que lo prueben los niños y chiquillos que corretean alrededor. ¡Lo devoran!

También nos traen jugo de Deleb. Lo cortan con una especie de catana y nos ofrecen el jugo que ha caído abundante en un vaso. El sabor es realmente amargo, pero refresca y, según dicen, tiene muchas vitaminas.

Después de este ágape, y descansar en las esterillas, hacemos un recorrido por la isla. La naturaleza es frondosa y abundante y entre algunas de las palmeras podemos vislumbrar dos marabúes que, ajenos a nuestra visita, reposan en las copas de los árboles para luego remontar el vuelo.

De nuevo, pasados por agua

A mitad de nuestra breve “expedición” por la isla, el cielo amenaza tormenta. El P. Guillermo nos avisa. ¡Tendremos que guarecernos rápidamente! Corremos apresuradamente hacia una cabaña. En escasos 30 segundos comienza a diluviar. Agazapados en nuestro refugio, nos asomamos por la minúscula puerta, sorprendidos por la bravura del temporal. En pocos minutos, se forman grandes regueros de agua alrededor de la cabaña. Aunque sólo duró una media hora, se nos hizo eterno y ya nos veíamos acogidos por estos generosos nuer, dejándonos sus esterillas, y compartiendo de nuevo sus escasos alimentos. Pero no. El cielo se despejó de nuevo y pudimos retornar, sanos y salvos, a Nyal. Aunque de nuevo, bastante pasados por agua.

Después de recorrer los pantanos formados por las mismas aguas desbordadas del Nilo Blanco, una evoca las expediciones de los grandes exploradores como Livingstone o Stanley en el siglo XIX o los viajes de los primeros misioneros por tierras sudanesas, como nuestra gran San Daniel Comboni, e imagina, aunque muy remotamente, claro, la de padecimientos y dificultades que tuvieron que pasar para adentrarse en estos territorios, bendecidos por las aguas del Nilo y... desgraciadamente condenados por hombres que, ávidos de riqueza, sólo han codiciado las riquezas del subsuelo de sus tierras ancestrales, obligándolos muy a menudo a huir de sus hogares para sobrevivir. Esperemos que los padecimientos de los nuer hayan terminado y que, por fin, se abra un nuevo horizonte de esperanza y porvenir.

África González Gómez

 

 


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