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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Del agrado de Dios" (Sb. 4, 10)
Por Antonio Pavía
"Agradó a Dios y fue amado, y como vivía entre pecadores, fue trasladado" (Sb 4,10).
Como todo el Antiguo Testamento, estas palabras tienen su cumplimiento perfecto en Jesucristo. Él es el Justo, cuya vida en todas sus dimensiones fue del agrado de Dios. El Padre y el Hijo no sumaron dos voluntades sino una sola. No se trata de absorción de personalidades sino de amor, comunión. Amor y comunión que excluye todo afán posesivo y que hace resplandecer la integración. Es por esto que decimos que Jesucristo fue del agrado del Padre. Se fiaba tanto de Él que integró su voluntad en la suya. Damos paso a algunos textos bíblicos en los que aparecen con meridiana claridad, por una parte, el testimonio del Padre quien manifiesta públicamente su agrado y complacencia por su Hijo; y, por otra, el testimonio de éste proclamando que su hacer y obrar están en la línea de agradar al Padre.
Acerca del testimonio del Padre sobre su Hijo, nos acercamos a Isaías en quien constatamos que, en sus profecías relativas al Mesías, proclama enfáticamente que éste llenará de complacencia el alma de Dios. Él mismo le sostendrá con la fuerza de su espíritu para llevar a cabo su misión: "He aquí a mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma..." (Is 42,1).
Yahvé se complace en Él porque, por su medio, los hombres serán liberados del poder de las tinieblas. Él abrirá los ojos de los ciegos y liberará de la cárcel a todos los que viven en la oscuridad: "Yo, Yahvé, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas" (ls 42,6-7).
Con ocasión del bautismo del Mesías a manos de Juan Bautista, Dios testifica que ese hombre que se sumerge y emerge de las aguas del Jordán, es su propio Hijo, el anunciado por los profetas y al que todo Israel esperaba. Él es su amado, en Él se complace. Es de su agrado: "Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco" (Mt 3,16-17).
El mismo testimonio encontramos en el hecho glorioso de la transfiguración. Recordemos que Jesús había subido al monte Tabor, y allí manifestó su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Quería fortalecerles ante el escándalo de la cruz, del que también iban a ser testigos. Una muerte afrentosa de alguien que se proclama Hijo de Dios, ya es de por sí un escándalo. Pero si su condena iba a acontecer a causa de que el Sanedrín había de encontrarle culpable de blasfemia contra Yahvé, entonces el escándalo toma proporciones dramáticas.
Sabiendo Jesús que sus discípulos serían golpeados por la más cruel de las incredulidades, manifestó su gloria ante ellos. En el seno de la gloria que envolvió a Jesús, y con Él a todo el Tabor, resonó la voz del Padre testificando a favor de su Hijo en términos parecidos a lo que proclamó en su bautismo: "... y se transfiguró delante de ellos: Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se pusieron blancos como la luz... y de la nube salía una voz que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle" (Mt 17,2-5).
Por su parte, el Hijo testifica una y otra vez que no ha venido al mundo para hacer su voluntad sino la voluntad del Padre que le ha enviado: la salvación del hombre. A esta actitud de integrar su voluntad a la del Padre, Jesús la llama agradarle. Es un agrado, integración, lleno de amor filial. Esta integración amorosa hace que el Padre no deje al Hijo a su suerte, a merced de la impiedad del hombre. Nadie mejor que el mismo Jesucristo para explicamos cómo vivía su integración de amor y agrado con el Padre: "... Cuando halláis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8,28-29).
La maravillosa relación de mutuo amor y agrado entre el Padre y el Hijo, hace que éste viva en el mundo pero no pertenezca a él: Jesús pertenece al Padre, quien a su vez lo entrega al mundo. El Señor Jesús tiene conciencia clarísima de esta realidad, por eso dice a sus oyentes: "Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo" (Jn 8,23).
Perteneciente al Padre, sabe que, cumplida su misión, volverá a Él. Consciente de la inminencia de su muerte, anuncia su victoria proclamando que el mismo Padre que le envió al mundo, le trasladará desde el sepulcro hacia Él. Así lo proclama a sus discípulos durante la última cena: "Padre Santo, cuida en tu nombre a los que me has dado para que sean uno como nosotros... Ahora voy a ti y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada..." (Jn 17,11-13).
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