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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Cordero sin maldad" (Sb. 4, 8-9)

Por Antonio Pavía

"La ancianidad venerable no es la de muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia, y la edad provecta, una vida inmaculada" (Sb 4,8-9).

La ancianidad, es decir, la sabiduría de un hombre, no se mide por el número de años sino que es el fruto de una vida asentada en la prudencia y sin mancha ni malicia. Ésta es la enseñanza que nos intenta transmitir la cita del libro de la Sabiduría.

Ya hemos visto anteriormente el significado bíblico de la virtud de la prudencia. Prudente es aquel que presta toda su atención a Dios cuando le habla. Con su oído abierto a la Palabra que recibe, el hombre prudente aprovecha la fuerza de salvación que ella contiene para erradicar la malicia de su corazón. Prudencia y ausencia de maldad se complementan en el crecimiento espiritual del hombre.

Nos ilumina profundamente a este respecto la experiencia del salmista cuando dijo: "Tengo más prudencia que todos mis maestros porque medito tus palabras" (SI 119,99). Nos está indicando que, aunque sus maestros le superen en edad, él es sabio ante ellos por su prudencia; lo es por la acción de la Palabra que llega hasta su corazón donde la medita profundamente. Ya sabemos que meditar, en la espiritualidad bíblica, no apunta tanto a un ejercicio de la mente sino del corazón. Al acoger la Palabra, el corazón de este hombre la hace suya. Se da en su interior una especie de ósmosis con la Palabra escuchada.

El Antiguo Testamento alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es el hombre prudente, el del oído permanentemente abierto a la voluntad del Padre. El profeta Isaías presenta la figura del Mesías como aquel que, por tener el oído abierto, está capacitado para aceptar su muerte afrentosa, puerta de salvación para toda la humanidad: "...mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahvé me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba..." (Is 50,4-6).

Lleno de la sabiduría del Padre, el Hijo acepta su voluntad; y no como una carga sino como su alimento, su fuerza para dirigir sus pasos hacia el misterio de la cruz que culmina con su resurrección. Escuchemos lo que dice a sus discípulos acerca de este su alimento: "... Los discípulos le insistían diciendo: Maestro, come. Pero él les dijo: Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis... Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4,31-34).

Acerca de una vida sin mancha y sin maldad por la que un hombre puede presentarse ante Dios, tres veces santo, vamos a sondear la catequesis que nos ofrece el salmo 24. Ante la majestad y santidad de Dios, el salmista lanza una pregunta: "¿Quién subirá al monte de Yahvé? ¿Quién podrá estar en su recinto santo? El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura. Él logrará la bendición de Yahvé, la justicia del Dios de su salvación" (Si 24,3-5).

Es más que evidente que, ante estos "requisitos", todos nos echamos para atrás. Nadie está lo suficientemente limpio de culpa para poder presentarse ante Dios. Tendrá que ser Dios quien venga a presentarse ante el hombre: Jesucristo, el Emmanuel, el Dios con nosotros.

A lo largo de su vida y, por supuesto, después de su muerte, está en presencia de Dios, su Padre. Nunca hubo en Él maldad ni malicia; en Él se cumplen los requisitos inasumibles que proclamaba el salmista y que nos dejaban a todos perplejos.

El apóstol Pedro presenta a los destinatarios de su primera carta, que somos todos, al Hijo de Dios bajo la figura del Cordero sin mancha. En Él desaparece nuestra perplejidad y desánimo. Al abrir la puerta inaccesible a la presencia de Dios, nos rescató y nos introdujo a todos: "...Conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro, sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo" (lP 1,17-19).

Desde Jesucristo, todo hombre revestido de Él (Gá 3,27), no sólo está capacitado para llegarse hasta la presencia de Dios, sino que tenemos un lugar, una morada junto a Él: "En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros" (Jn 14,2-3).

A la luz de la obra inaudita de Jesús en nuestro favor, podemos penetrar en el corazón del apóstol Pablo, y ponemos en comunión con sus sentimientos cuando escribía las primeras líneas de su carta a los Efesios. Son unos versículos en los que derrama impetuosamente su amor por Jesucristo, ya que, por Él, todo hombre es purificado hasta el punto de llegar a ser santos e inmaculados ante la presencia de Dios y su santidad: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor..." (Ef 1,3-4).

     

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