|
La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Descanso del justo" (Sb. 4, 7)
Por Antonio Pavía
"El justo aunque muera prematuramente, halla el descanso" (Sb 4,7).
Uno de los principios que podríamos decir que es común a todas las religiones, es que Dios, o los dioses, bendicen a las personas que viven rectamente con largos años de vida. Se dice que llegarán hasta la ancianidad rodeados con el cariño y atención de sus descendientes, hijos, nietos, biznietos, etc.
Israel, como cualquier otro pueblo, participa de esta máxima de sabiduría. Sabe que los justos llevan consigo una especial bendición de Dios, Él prolongará sus años. Sin embargo, la muerte no distingue entre justos e impíos. Ante una guerra o una epidemia, se lleva consigo a ambos, muchas veces en plena juventud. Su suerte es la misma ante la visita de la muerte.
No así ante la visita de Dios, de ahí el texto de la Sabiduría. Nos anuncia que el justo, aun cuando sea alcanzado por la muerte prematuramente, conoce el descanso. Descanso que, con la subsiguiente revelación de Dios a Israel y que culmina con Jesucristo, consiste en estar con Dios. Para el justo, la muerte no deja de ser una etapa en su trayectoria hacia Dios. Traspasada ésta, vive en plenitud su razón de ser y existir: vivir para, en y con Dios.
Esta revelación de Dios a su pueblo que, como ya sabemos, es progresiva, viene al encuentro de unos interrogantes que Israel se plantea y que a veces se convierten en dilema e incluso son motivo de escándalo: ¿Por qué hay justos, hombres y mujeres buenos que continuamente están haciendo el bien, que mueren prematuramente? Y a la inversa, ¿cómo es que hay hombres perversos, dañinos para la sociedad, que no se cansan de hacer el mal y que llegan a la más provecta ancianidad?
La Sagrada Escritura abunda en textos donde se muestra en toda su crudeza esta aparente contradicción. Nos detenemos en uno de ellos que es profundamente significativo y que recogemos del profeta Malaquías. En él vemos que Dios responde a las preguntas que hemos formulado y que son causa de desconcierto. Hasta el punto que los hombres que así inquieren a Dios, se plantean qué sentido o qué beneficio sacan con servirle, si al final los arrogantes no hacen sino crecer y prosperar. Escuchemos las preguntas formuladas a Yahvé: "Habéis dicho: Cosa vana es servir a Dios; ¿qué ganamos con guardar su mandamiento o con andar en duelo ante Yahvé Sebaot? Más bien, llamamos felices a los arrogantes: aun haciendo el mal prosperan, y aun tentando a Dios escapan libres" (Ml3, 14-15).
La respuesta de Yahvé no se hace esperar. Los justos son las niñas de sus ojos; son propiedad, pertenencia suya, por lo que tienen como herencia la vida eterna. "... Serán ellos para mí, dice Yahvé Sebaot, en el día que yo preparo, propiedad personal; y yo seré indulgente con ellos como es indulgente un padre con el hijo que le sirve. Entonces vosotros volveréis a distinguir entre el justo y el impío, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve" (Ml3, 17-18).
Prematuramente, en plena juventud, murió el Justo entre los justos. No murió de muerte natural. Las manos de los impíos le arrebataron la vida, las de todos los hombres que han y estamos recorriendo la historia. En su muerte se hizo presente la victoria de Dios: En su resurrección nuestras manos impías y asesinas fueron santificadas. Manos de odio y violencia fueron convertidas en instrumentos que bendicen a Dios y acarician las heridas del prójimo. El justo fue arrebatado hacia el sepulcro y volvió al Padre.
El Hijo cumple su misión. Se entrega voluntariamente a merced de nuestras manos pecadoras (Mt 26,45). Sabe que, por encima de éstas, hay otras manos que le van a recoger: las de su Padre. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Le 23,46).
Jesús, el Justo por excelencia, sabe que, más allá de la justicia de los hombres, permanece la justicia de su Padre; que, más allá de la maldad humana que engendra muerte, persiste la bondad y el amor del Padre que engendra vida. Porque sabe todo esto, en la última cena eleva su súplica confiada a su Padre. En un cuadro escénico en el que su intimidad con Él sobrepasa en belleza e intensidad, toda sublimidad que un alma poética pueda expresar, le dice que ya ha llegado su hora. Prematuramente. Es joven, pero ya ha llegado su hora. Su misión está ya a punto de cumplimiento.
Amorosamente, como sólo puede hacerlo el Hijo con su Padre, le susurra que, pasado el trance de su muerte inicua, le glorifique con la gloria que poseía a su lado antes de encarnarse en el mundo para salvar a la humanidad: "Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti... Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado..." (Jn 17,1-5).
Mueren a los ojos de los hombres los hijos de los hombres. Viven a los ojos de Dios los hijos de Dios. No importa si la muerte les visita prematuramente o en la ancianidad. Desde que revistieron su vida con el Evangelio, viven en el mundo pero no son, no pertenecen al mundo. Son y pertenecen a Dios. Él es su vida y su descanso.
|