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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"La elección de Dios" (Sb. 4, 14-15)

Por Antonio Pavía

"Su alma era del agrado del Señor, por eso se apresuró a sacarle de entre la maldad. Lo ven las gentes y no comprenden, ni caen en cuenta que la gracia y la misericordia son para sus elegidos y su visita para sus " (Sb 4,14-15).

Siguiendo el mismo tema, oímos decir que las almas que son agradables a Dios llevan el sello de la elección que las hace rebosar de gracia y de misericordia. Es posible que esta afirmación nos provoque un atisbo de desconcierto. De ella se podría deducir que, si Dios reserva su gracia y su misericordia para los que Él elige, el resto de los humanos queda en desventaja a la hora de recibir sus dones sólo por el hecho de no haber sido elegidos.

Empezaremos por decir que Dios es bueno con todas sus criaturas, tal y como viene atestiguado en numerosos pasajes bíblicos. A continuación es necesario subrayar que, a la hora de ofrecer la salvación, no hace ninguna distinción entre los hombres, ni siquiera entre buenos y malos, como lo vemos en la parábola de Jesús sobre el banquete nupcial. Recordemos que el rey -Dios- envió a sus mensajeros por doquier, con la consigna de invitar a todos los que encontrasen por los caminos sin preguntar si eran dignos o no: "Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales" (Mt 22, 9-10).

Con estos preliminares, ya podemos adentrarnos a comprender que la elección de Dios es universal, y que elegido es aquel que acepta la invitación de Dios. Es una elección que el hombre hace efectiva tras haber oído y creído, aceptado y acogido, el Evangelio, tal y como nos lo anuncia el apóstol Pablo: "...En Él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en Él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa que es prenda de nuestra herencia..." (Ef 1,13-14).

Tenemos un pasaje en el evangelio de Lucas que nos saca definitivamente de cualquier duda acerca del "privilegio" de los elegidos de Dios. Me refiero a aquel en el que Jesús decidió hospedarse en casa de Marta y María, hermanas de Lázaro (Lc 10,38-42).

Vamos a analizar catequéticamente con detalle el relato de Lucas. Marta, que recibe a Jesucristo en su casa, se esmera lo indecible para que esté cómodo y confortable. Jesús viene cansado de su caminar, y qué menos que ofrecerle el servicio caritativo del hospedaje de la mejor forma posible. No hay duda de que Marta ama intensamente al Señor Jesús.

Mientras se mueve y se afana para tener todo en orden y la comida a punto, su hermana María, sentada a los pies de Jesús, escuchaba, hambrienta, las palabras que salían de su boca: su Evangelio. Nos sorprende lo que podríamos llamar la negligencia y el egoísmo de María. La pobre Marta ya no puede más y se queja ante Jesús por la actitud de su hermana. La respuesta de éste es una bellísima catequesis acerca de lo que es prioritario en la relación del hombre con Dios. No le dice que su actuar no sea bueno.

Lo es, e incluso necesario, pero hay una prioridad. El primer alimento del hombre es la Palabra de Dios. Es el que está tomando María sentada a sus pies. Una vez que Jesús, cariñosamente, dice a Marta que si tiene que afanarse y agitarse en la vida lo haga por lo que realmente es lo más importante y necesario, le señala a su hermana y proclama una exhortación que se convierte en luz potentísima para todos nosotros: "María ha elegido la parte buena y no le será quitada."

Este hecho, con la subsiguiente catequesis de Jesús, nos ilumina el sentido de la elección. La imagen de Jesús entrando en casa de Marta y María es figura de la Encarnación. El Hijo de Dios viene a habitar en su gran casa que es el mundo. El mismo hecho de encarnarse entre todos nosotros hace que su elección sea universal. María reconoció en Jesús al enviado del Padre para su corazón, demasiado grande y ambicioso como para ser saciado por nada ni por nadie que no fuese el mismo Dios. Reconoció en el Señor Jesús al rey a quien el salmista dedicaba su poema describiéndole como aquel de quien la gracia fluye por sus labios: "Bulle mi corazón de palabras graciosas; voy a recitar mi poema para un rey; es mi lengua la pluma de un escriba veloz. Eres hermoso, el más hermoso de los hijos de Adán, la gracia está derramada en tus labios, por eso Dios te bendijo para siempre" (Si. 45,1-3).

María reconoce en Jesús al Hijo de Dios profetizado por el salmista y de cuya boca fluye la gracia. Le reconoce y decide elegir. Sin que parezca una redundancia o un juego de palabras, digamos que María elige ser elegida. Sabe que la gracia y misericordia de Dios, de la que está hambrienta su alma siempre insatisfecha, brotan de la boca de su huésped. Acontece un intercambio de amor inaudito. Al hospedar al Hijo de Dios, éste se hospeda en su espíritu haciendo llegar hasta él su Evangelio. Es inútil que busquemos hasta en los confines del mundo: No encontraremos amor mayor.

     

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