Página Inicial
Misioneros Combonianos. Ir a página principal
   


Click para ver más información


 

La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Llamados a la conversión" (Sb. 4, 16)

Por Antonio Pavía

"El justo muerto condena a los impíos vivos, y la juventud pronto consumada, la larga ancianidad del inicuo" (Sb 4,16).

La enseñanza que se desprende de este pasaje subraya que la misericordia de Dios prevalece siempre sobre la impiedad del hombre. Por más que los seres inicuos hayan hecho sufrir al justo llevándolo incluso a la muerte, ésta se convierte para ellos en denuncia medicinal, una luz en sus tinieblas. Es cierto que el autor habla de la condena de los impíos ante la muerte del justo, mas hemos de ver, dentro del contexto de la Escritura, que es una condena/denuncia que abre la puerta al reconocimiento de la culpa y, por lo tanto, al perdón ya la salvación. Esta realidad cobra su máxima expresión en Jesucristo.

Efectivamente, a la muerte del Hijo de Dios hemos podido observar la reacción de los asistentes al Calvario, que tuvieron conciencia de que todos ellos, por medio de su impiedad e iniquidad, habían colaborado a fin de que su crucifixión fuera llevada a término. Levantado el Justo en la cruz, se abrieron los corazones de los allí presentes: "Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: Ciertamente este hombre era justo. Y todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho" (Luc 23,47-48).

Nos llama la atención que es un pagano, un centurión del ejército de Roma, el primero que toma conciencia de que aquel a quien han ejecutado era inocente. Dios se sirve de un gentil, un incircunciso, como así llamaban despectivamente los israelitas a los no pertenecientes al pueblo elegido, para abrir los ojos a aquellos que, llevados por su iniquidad, dieron muerte al Justo.

La denuncia es una puerta que abre paso a la luz. Recordemos lo que dice san Lucas: Los que habían acudido a ese "espectáculo" fueron alcanzados por la gracia y misericordia de Dios. De ahí que se volvieran a sus casas doloridos y golpeándose el pecho, que es el primer signo de una verdadera conversión.

Sin duda, muchos de ellos habían oído aquella catequesis de Jesús en la que comparaba la oración entre el fariseo y el publicano (Le 18,9-14). Hagamos presentes los puntos más destacados: El fariseo, un buen hombre, al menos así lo creía él, se planta ante Dios sólo para decirle que lo hacía todo muy bien; ni un asomo de denuncia en su forma de obrar. El publicano, empero, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí que soy pecador!".

Este buen hombre, no según él pero sí según Dios, no acertaba sino a golpearse el corazón y a balbucir entrecortadamente: ¡Ten piedad, ten compasión, ten misericordia de mí que soy un pobre pecador!

Volvamos nuestros ojos nuevamente a la escena del Calvario, en cuya cima el Hijo de Dios fue levantado. Como ya he dicho anteriormente, la mayoría de los que estaban presentes en ese espectáculo degradante e infame, habían escuchado esta parábola del Hijo de Dios. Por supuesto que no entendieron la catequesis.

Más aún, lo más probable es que sus corazones se escandalizaran cuando el Señor Jesús afirmó rotundamente que el publicano, el indeseable e impresentable según la Ley, salió del Templo justificado; mientras que el fariseo, el del buen hacer y obrar, no. Insisto en que es evidente que no habían entendido nada... hasta que, plantados al pie de la cruz, vieron morir al Justo al son de las burlas y las afrentas.

Murió el Justo, murió amando, perdonando. En Él derramó Dios toda su misericordia hacia los hombres. De la cruz maldita se abrió paso la luz que llegó hasta los corazones de aquellos espectadores. Fue entonces cuando comprendieron que todos ellos eran el fariseo que, con sus corazones torcidos, habían juzgado y condenado como impío al Hijo de Dios. Sólo entonces comprendieron que ellos eran los impíos. Desde la cruz, la condena del Justo dio paso a su conversión. Golpeándose el pecho, brotó de su espíritu la fuente de la salvación.

Misterio de la cruz, misterio del corazón del hombre. El Justo nos pone a todos en la verdad. Ante la impiedad, que no deja de ser una ignorancia respecto a Dios y su voluntad, el Señor Jesús actúa, ilumina y salva.

Escuchemos la exhortación que el apóstol Pedro dirige a los judíos reunidos en tomo a él con ocasión de la curación del paralítico que pedía limosna a la puerta del Templo. Fijémonos que Pedro, antes de llamar a sus oyentes al arrepentimiento y conversión, les puntualiza que sabe bien que obraron inicuamente por ignorancia: "Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un asesino, y matasteis al Jefe que lleva la Vida. Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes... Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados" (Hch 3,14-19).

     

C/ Arturo Soria, 101. Madrid (España) - madridcombo@combonianos.com - http://www.combonianos.com