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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"En manos de Dios" (Sb. 4, 11-12)
Por Antonio Pavía
Fue arrebatado para que la maldad no pervirtiera su inteligencia o el engaño sedujera su alma; pues la fascinación del mal empaña el bien y los vaivenes de la concupiscencia corrompen el espíritu ingenuo" (Sb 4,11-12).
Una vez que hemos expuesto en profundidad que el Justo por excelencia, el Señor Jesús, agradó a Dios, fue amado por Él y, consumada su misión, alcanzó el triunfo de la resurrección, hablamos ahora de los demás justos. Aquellos que se adhirieron a Jesucristo y, de su mano, emprenden un camino que, como el suyo, también culmina en el Padre. Los discípulos del Señor Jesús no están llamados a huir del mundo sino a manifestar la trascendencia dentro de él. En el seno del mundo conviven con el mal, el cual ejerce una fascinación deslumbrante sobre todos sus habitantes. El discípulo de Jesús se ata con toda su alma a Él quien, a su vez, le preserva del mal y el engaño que le rodea (Jn 17,15).
A la luz de estas reflexiones, penetramos en el sentido más profundo de uno de los enunciados que aparece en el texto: "Fue arrebatado para que la maldad no pervirtiera su inteligencia". En su sentido estrictamente literal, se puede deducir como que Dios acorta la vida de sus amigos para que la maldad no seduzca su mente y les arrastre a la nada.
Trascendemos el sentido estrictamente literal del enunciado y penetramos en él catequéticamente a la luz de Jesucristo, en quien toda Palabra de Dios alcanza su plenitud. Los Padres de la Iglesia coinciden en afirmar que Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, es el revelador de la Palabra. Él, por medio de la Palabra, arranca el velo que oculta las inagotables riquezas contenidas en la Revelación que Yahvé otorga a Israel.
Partimos de una catequesis que el Hijo de Dios da a los judíos, en la que afirma que Él es el Buen Pastor anunciado por los profetas, el Buen Pastor que Yahvé había prometido a su pueblo. La alocución de Jesús es la siguiente: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, nadie las arrebatará de mi mano" (Jn 10,27-28).
Jesucristo está señalando el sello identificador de todos y cada uno de sus discípulos. No hay otra señal identificadora. Hay la que Jesús ha manifestado. Son discípulos que le reconocen como su Maestro y por eso le escuchan: "mis ovejas escuchan mi voz".
Muchas son las palabras y voces con las que nos encontramos a lo largo de nuestra vida. Muchos los cantos de sirena halagadores e insinuantes que motivan nuestras decisiones y opciones. Los discípulos del Señor Jesús, en su sabiduría, están capacitados para distinguir entre palabras y la Palabra de su Maestro. Son hombres y mujeres que viven con el oído abierto hacia aquel que les enseña la Sabiduría: el Hijo de Dios.
El mismo Jesús, que es su Maestro, vivió toda su vida con el oído abierto hacia su Padre. Así lo profetiza y atestigua Isaías: "El Señor Yahvé me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos; el Señor Yahvé me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban..." (Is 50,4-6).
Porque tiene el oído abierto no se resiste a la misión de su Padre, no se vuelve hacia atrás en el cumplimiento de su voluntad. Lleno de sabiduría, sabe que ésta es buena para él y para toda la humanidad.
Seguimos con el texto anteriormente citado del evangelio de san Juan, donde Jesús afirma que, puesto que sus ovejas escuchan su voz -su Palabra-, puesto que tienen el oído abierto, han sido capacitados para seguirle. Es un seguimiento que lleva consigo la vida eterna. Concluye Jesús con una proclamación fuertemente alentadora: "nadie las arrebatará de mi mano". Como podemos comprender, Jesucristo trasciende por completo el sentido literal del pasaje de la Sabiduría que anunciaba cómo Dios arrebataba, arrastraba hacia Él a los justos, para que la seducción del mal y del engaño no corrompiera sus almas. No es necesario abandonar este mundo prematuramente. El Hijo de Dios, al mismo tiempo que nos envía al mundo, nos guarda y protege en su mano.
Sabemos que la mano en la espiritualidad bíblica significa el poder, la fuerza. Que el Señor Jesús nos proteja y cobije en su mano, nos hace fuertes ante el mal. La fascinación y seducción del tentador nos estará rodeando siempre. Podemos incluso caer. Mas, aún en la caída y el desánimo, la seducción de Dios, presente en nuestro espíritu gracias a Jesucristo, nos hace volver presurosos a cobijamos en el cuenco de su mano.
Toda la seducción de Dios, todo su poder y su fuerza están presentes en el santo Evangelio. Él es la mano de Dios que envuelve nuestra vida. Escuchemos cómo culmina Jesús la catequesis que estamos desarrollando: "El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre" (Jn 10,28-29).
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