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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Pecado y gracia" (Sb. 4, 19-20)
Por Antonio Pavía
"Después serán cadáveres despreciables, objeto de ultraje entre los muertos para siempre. Porque el Señor los quebrará lanzándolos de cabeza, sin habla, los sacudirá de sus cimientos; quedarán totalmente asolados, sumidos en el dolor, y su recuerdo se perderá. Al tiempo de dar cuenta de sus pecados irán acobardados, y sus iniquidades se les enfrentarán acusándoles (Sb 4,19-20).
Tenemos ante nuestros ojos una descripción profundamente pesimista acerca de la suerte final del impío. Expresiones como "el Señor les quebrará lanzándolos de cabeza", o bien, "su recuerdo se perderá", nos sumen en el más completo desconcierto. Empleo a propósito este lenguaje descorazonador para lanzar unas preguntas. Si no hay esperanza para el impío, ¿quién se podrá salvar?, ¿hay alguien que no conozca la maldad en su propio corazón como para asegurar que la condenación de los impíos no le alcanza? ¿No hay lugar para la misericordia de Dios?
Son numerosos los textos bíblicos que, aun incidiendo en la abundancia del mal en el hombre, dan paso a la misericordia de Dios. Es cierto que la Sagrada Escritura habla con frecuencia de los delitos del hombre; pero también lo es que encontramos pasajes en los que éstos interpelan a Dios algo así como despertándole, urgiéndole a que despliegue su compasión. Insisten en que si no actúa con misericordia, nadie podrá salvarse. Es como si trataran de despertar a Dios preguntándole incisivamente: ¿Para qué has creado al hombre si al final, a causa de sus pecados, lo vas a arrojar al polvo de donde lo creaste?
Recordemos, por ejemplo, al salmista que, desde lo más hondo de su desesperación, se dirige a Dios con el siguiente lamento: "Desde lo más profundo grito a ti, Yahvé: iSeñor, escucha mi clamor! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas! Si en cuenta tomas las culpas, oh Yahvé, ¿quién, Señor, resistirá? Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido" (SI l30, 2-4). Quiero puntualizar que el verbo temer tiene diversos significados en la Escritura. En el contexto de este salmo, significa buscado con amor.
Oigamos también a David, quien al constatar que el pecado se ha adueñado de todo su ser, eleva a Dios su súplica cargada de dolor y aflicción: "Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame... Mira que en culpa ya nací, pecador me concibió mi madre" (SI 51,1-7).
Encerramos este apartado con la oración doliente y, al mismo tiempo, confiada de Jeremías, testigo cualificado de la decadencia religiosa de Israel: "Aunque nuestras culpas atesten contra nosotros, Yahvé, obra por amor de tu Nombre. Cierto, son muchas nuestras apostasías, contra ti hemos pecado. ¡Oh esperanza de Israel, Yahvé, Salvador suyo en tiempo de angustia! ¿Por qué has de ser cual forastero en la tierra, o cual viajero que se tumba para hacer noche?" (Jr 14,7-8).
Somos pecadores, nuestros pies están disponibles para correr ligeros al encuentro del mal. Nuestros buenos deseos y propósitos sinceros de cambio suelen ser, como dice el profeta Oseas, una nube mañanera que se disipa en el horizonte casi sin damos cuenta. Y Dios ¿se va a quedar impasible ante nuestra radical pobreza?, ¿no se va a compadecer ante tanta impotencia?, ¿nos quebrará y abatirá como, con tanto pesimismo, se pronuncia el autor del libro de la Sabiduría?
Dios va mucho más allá de lo que puede ser una lectura literal de la Escritura. Es cierto que dice que la impiedad se ha adueñado del corazón del hombre, pero su solución no está en castigar sino en derramar su misericordia, porque no desea la muerte del impío sino que se convierta y viva: "Descargaos de todos los crímenes que habéis cometido contra mí, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere, oráculo del Señor Yahvé. Convertíos y vivid" (Ez 18,31-32).
¡Descargaos de vuestros pecados, convertíos y vivid! He aquí el clamor de Dios. Sin embargo, ¿cómo puede el hombre descargarse de sus pecados si se han adherido a todo su ser? Puesto que no podemos y no hay sacrificio humano que nos libere de carga tan enraizada, Dios envía a su Hijo para liberamos.
Él, el Justo e Inocente, va a ser el que cargue con los pecados de toda la humanidad y sus secuelas sangrantes. Liberador de nuestras cargas, taras y pecados, así es como presentó Juan Bautista al Hijo de Dios ante el pueblo de Israel: "Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29).
Pablo expresa magistralmente en su carta a los Efesios lo que es la vida del hombre antes y después de su encuentro con Jesucristo. El apóstol habla de muertos y vivificados. Muertos cuando estamos sometidos a la impiedad, como nos señalaba el texto de la Sabiduría. Vivificados cuando el Señor Jesucristo ha penetrado en nuestro espíritu: "Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales vivisteis en otro tiempo según el proceder de este mundo... siguiendo las apetencias de la carne... pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo" (Ef 2, 15).;
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