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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Perfecto es el camino" (Sb. 4, 13)
Por Antonio Pavía
"Alcanzando en breve la perfección, llenó largos años" (Sb 4,13).
Continuamos y ampliamos la catequesis iniciada. Profundiza en el tema de los justos que han hecho de la mano de Dios su refugio y espacio natural donde su espíritu crece y se desarrolla. Se nos dice que éstos alcanzan rápidamente la perfección y que llenan largos años, expresión que da a entender que tienen la puerta abierta a la eternidad. Para tranquilidad de nuestras almas, es bueno discernir, a la luz de la Palabra de Dios, qué quiere decimos el autor del libro de la Sabiduría al afirmar que estos hombres y mujeres justos alcanzan la perfección en poco tiempo. Empecemos por aclarar que es muy posible que el término perfección no signifique lo mismo en el contexto de la espiritualidad bíblica que en el ámbito del voluntarismo y del moralismo.
En un contexto voluntarista, hombre perfecto es aquel que, a fuerza de ímprobos esfuerzos y sacrificios, va limando sus imperfecciones hasta alcanzar la perfección. Esto no es más que una quimera y, además, muy peligrosa. Como mucho, puede dar la impresión de que se alcanza una "perfección exterior". Lo más probable es que lo profundo del hombre, allí donde el corazón es ingobernable, no haya sido alcanzado por tantos y tantos ejercicios mortificantes. Es algo así como si nuestras heridas internas, en vez de haber sido curadas, han sido cuidadosamente tapadas y relegadas al olvido. Como resultado, las heridas siguen estando ahí, e influyen, no poco, en el ámbito psicológico de nuestro espíritu.
El profeta Jeremías hace un análisis sumamente certero de lo que podríamos llamar las enfermedades profundas que se incuban en el corazón. El profeta conoce a fondo la espiritualidad de su pueblo; de hecho es uno de sus máximos exponentes. Desde su riquísima experiencia, comprende que el corazón del pueblo, incluido el suyo, es retorcido y rebelde por más que los hombres se llenen de prácticas piadosas y sacrificios. En su análisis espiritual llega incluso a afirmar que no tiene arreglo: "El corazón es lo más retorcido; no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?" (Jr 17,9).
Es evidente que entre el juicio de Jeremías y la afirmación del autor del libro de la Sabiduría, que dice que los justos que se acogen a Dios alcanzan en breve tiempo la perfección, se interpone un abismo infranqueable. Parece como si la Sagrada Escritura se contradijese a sí misma. El dilema es sólo aparente. Veamos, si no, la respuesta que Yahvé da al planteamiento pesimista de Jeremías: "Yo, Yahvé, exploro el corazón, pruebo los riñones, para dar a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras" (Jr 17,10).
Acabamos de oír a Dios decir que Él sí conoce el corazón del hombre; explora y sondea sus riñones. En la cultura de Israel, los riñones se asemejan al corazón. También ellos son fuente de los sentimientos, afectos, empatías, antipatías, etc. Dios está anunciando a Jeremías que Él mismo penetrará en lo más profundo de nuestro ser de forma que nuestras heridas escondidas, las que supuran frustraciones invadiendo nuestra mente y nuestros labios, serán curadas y cicatrizadas por Él.
Cuando esto acontece sí podemos hablar de brevedad en lo que respecta a la perfección. No es una perfección moral fruto del voluntarismo que, como hemos visto, es siempre engañosa. Estamos hablando de vivir bajo la Palabra. Ella es la que sondea todo nuestro interior arrojando luz y curación. Ella es la que, con su claridad, impide que ningún pliegue de tinieblas se asiente en nuestro espíritu: "La Palabra es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9).
Así pues, no es cuestión de hacer elucubraciones sobre nuestra perfección, algo que es una continua e interminable vuelta al mismo punto de partida sin aportar solución alguna. Es cuestión de dirigir nuestros pasos sobre el camino perfecto. Es el camino el que es perfecto, no el hombre.
Estamos llamados a seguir el camino perfecto con nuestras lámparas encendidas como vírgenes sabias. Son las lámparas, resplandecientes de luz, las que atestiguan que nuestros pasos siguen las huellas plasmadas por el Señor Jesús en su camino hacia el Padre. Recordemos la exhortación del apóstol Pedro: "... Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas" (l P 2,21).
A estas alturas, ya entendemos lo que se nos quería decir acerca de que los justos alcanzan la perfección en pocos años. Se trata de estar o no en el camino de Dios. Camino que es de por sí perfecto. En él se manifiesta y Se va cumpliendo la voluntad de Dios. Es el camino de la gracia y misericordia de Dios.
El discípulo de Jesucristo no se pregunta si es perfecto o no, y menos aún cuánto le falta para alcanzar la perfección. Simplemente se pregunta si está siguiendo las huellas de Aquel que le llamó y que atestiguó: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14,6).
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