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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Árbol y fruto" (Sb. 5, 13)
Por Antonio Pavía
"Lo mismo nosotros: apenas nacidos, dejamos de existir, y no podemos mostrar vestigio alguno de virtud,' nos gastamos en nuestra maldad" (Sb 5,13).
El autor describe la suerte que espera a todo aquel que no ha puesto su vida en manos de Dios. Escuetamente afirma: dejamos de existir. En términos del Nuevo Testamento, la realidad que se presenta son las tinieblas del corazón del hombre, que consisten en no aceptar ser salvado por Jesucristo. Él fue enviado por el Padre para que pusiéramos en sus manos nuestra congénita debilidad Somos débiles no sólo moralmente, lo somos incluso para creer. El hecho es que, en cierto sentido, la mayoría de los seres humanos, a lo largo de la historia, han creído y creemos en Dios. Otra cosa bastante diferente es creer en el Dios que Jesús nos manifiesta en el Evangelio. Conocer a Dios por medio de su revelador, Jesucristo, supone el paso de una fe infantil a la fe adulta, la que da la vida eterna.
Sumergimos en la nada: ésta es la catequesis de fondo que resuena en el pasaje de la Sabiduría. Hay quién vive para alcanzar la plenitud de la Vida, y quién para desvanecerse definitivamente en el abismo de la muerte. Acerca de estos últimos, oigamos lo que afirma el autor del salmo 49: "El hombre en la opulencia no comprende, se asemeja a las bestias mudas. Así andan ellos, seguros de sí mismos, y llegan al final, contentos de su suerte. Como ovejas son llevados al abismo, los pastorea la Muerte".
El pasaje es duro y descarnado. Retrata magistralmente al necio: "En su opulencia no comprende". No es necio por ser rico, es necio porque sus riquezas, la obra de sus manos, han cegado su mente y su corazón hasta el punto de no comprender ni siquiera quién es él. No comprende que su vida tiene más valor que sus haberes. Tampoco comprende que está en el mundo de paso, que su existencia es un peregrinar hacia el origen y plenitud de su ser, que es Dios. Por eso es pastoreado por la muerte. Sólo Jesucristo es el Pastor que da la Vida: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida" (Jn 6,53-55).
En contraposición con el necio, que no comprende no por ignorancia sino porque, al acogerse a otro pastor -la muerte-, se ha cerrado a toda comprensión, el sabio tiene abierta su mente a horizontes ilimitados. Vive en el mundo, trabaja por hacerlo más justo, más confortable, pero no echa raíces en él porque es consciente de que nació para algo más profundo: para echar raíces en Dios.
Ama y sirve a sus hermanos, trabaja a favor del mundo con la sabiduría que Pablo pedía a los cristianos de Corinto, a quienes exhortaba a comprar como si no comprasen, a disfrutar de los bienes como si no disfrutasen; conscientes de que la apariencia del mundo es eso: sólo apariencia y, por lo tanto, pasajera. En definitiva, les exhorta a no poner su corazón en las obras de sus manos (1 Co 7,30-31).
También el apóstol Pedro insiste, en sus catequesis a los cristianos, sobre este aspecto. Les hace ver que tienen una misión/servicio a favor de todos los hombres, y que consiste en iluminarlos. Esta misión/servicio se hace desde la libertad de quien vive en el mundo no como hijo suyo sino como extranjero. Les dice el apóstol que son forasteros y peregrinos, caminantes y buscadores de la vida eterna: "Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de las apetencias carnales que combaten contra el alma. Tened en medio de los gentiles una conducta ejemplar a fin de que, en lo mismo que os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras buenas obras den gloria a Dios en el día de la Visita" (IP 2,11-12).
Como hemos dicho, los necios son pastoreados por la Muerte, cuyos frutos son la negación y la nada. Los sabios son pastoreados por el Hijo de Dios, de cuya herencia participan, como proclama el apóstol Pablo: "En efecto, todos los que son guiados por el espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre...! Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados" (Rm 8,14-17).
Como vemos, se dan dos tipos de fruto: uno, que tiene el sabor de la muerte; y otro, el de la vida. Jesús habla de dos tipos de árboles con sus consiguientes frutos: el bueno y el malo. El desenlace de esta catequesis del Señor Jesús se impone por su lógica: "Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos" (Mt 7,17-19).
Ser buen o mal árbol no depende del azar ni de la casualidad. Es elección nuestra. Los dos árboles se presentan a lo largo de nuestra vida. Plantarse a la sombra de uno u otro, definen y manifiestan nuestra sabiduría o necedad. Sabio es aquel que escoge vivir; necio el que se abraza al morir. Sabio, el que mantiene, por su experiencia de Dios, siempre viva su esperanza. Necio, el que renuncia a comprender que su vida es preciosa, valiosísima y única a los ojos de Dios.
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