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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Corona incorruptible" (Sb. 5, 16)

Por Antonio Pavía

"Recibirán por eso de mano del Señor la corona real del honor y la diadema de la hermosura; pues con su diestra los protegerá y/os escudará con su brazo" (Sb 5,16).

Hemos visto que los justos atraviesan el camino de su vida bajo el yugo de la incomprensión, y que culminan su caminar con éxito porque Dios los protege, los pone bajo su cuidado. Es por ello que, como leemos en el texto, recibirán del Señor la corona de la victoria; corona incorruptible hacia la que tienden sus ojos los sabios y por la que merece la pena esforzarse. El apóstol Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a vivir su vida de fe como si toda ella fuese una competición, que tiene como premio la corona y el honor que no se marchitan porque les vienen dados por el mismo Dios: "¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas sólo uno recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! Los atletas se privan de todo; yeso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible" (l Co 9,24-25).

En la misma línea nos dejamos catequizar por el apóstol Santiago, que también exhorta y anima a los que han creído en la predicación a ser fieles en medio de las pruebas: "¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman" (St 1,12).

Decía que los sabios tienen el discernimiento para saber valorar el premio que Dios les tiene preparado por su perseverancia y fidelidad. Son sabios porque a lo largo de su vida buscaron la Sabiduría; encontrándola, se abrazaron a ella. Son sabios porque sus ojos alcanzaron a ver más allá de lo visible; atisbaron a Dios, fuente de su sabiduría, y es el resplandor de su visión lo que les hizo fuertes ante toda prueba.

El libro de los proverbios invita a los hombres a buscar la sabiduría que viene de Dios. Está al alcance de todos, no es que caiga en suerte a algunos sino que hay que elegida, considerándola como mayor que todos los bienes y riquezas: "El comienzo de la sabiduría es: adquiere la sabiduría, a costa de todos tus bienes adquiere la inteligencia. Haz acopio de ella, y ella te ensalzará; ella te honrará, si tú la abrazas; pondrá en tu cabeza una diadema de gracia, una espléndida corona será tu regalo" (Pr 4,7-7).

Escoger esta sabiduría es escoger a Dios. Él mismo es quien corona a sus hijos/hijas con la diadema de la inmortalidad. El libro del Apocalipsis presenta a estas almas como esposas de Jesucristo. Él mismo las engalana para introducidas en sus bodas: "Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero y su Esposa se ha engalanado" (Ap 19,7).

Este ensalzamiento del alma fiel ya había sido preanunciado por Isaías cuando vio a lo lejos la salvación que nos vendría por medio del Mesías. Sus ojos proféticos le permiten contemplar al nuevo Israel, la Iglesia nacida del costado de Jesucristo; ella es la Esposa. Por ella, todas las almas fieles se desposan con su Señor. Oigamos al profeta: "Por amor de Sión no he de callar, por amor de Jerusalén no he de estar mudo, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación brille como antorcha... Serás corona de adorno en la mano de Yahvé, y tiara real en la palma de tu Dios..." (1s 62,1-3).

La victoria del justo, del sabio, es posible sólo porque, como se nos indica en el texto, vive en la prueba, sostenido por la fuerza de Dios; ésta está representada en su mano y en su brazo. "Recibirán la corona porque el Señor los protegerá con su diestra y los escudará con su brazo".

Israel tiene conciencia de que es un pueblo santo porque ha sido, primero, elegido y, después, liberado y protegido por la diestra de Yahvé. Son innumerables los signos litúrgicos que resuenan en las asambleas de su Templo y que ensalzan la obra salvífica que Dios hizo con ellos. Todos en la comunidad unen sus voces para alabar la diestra y el brazo de Yahvé que les hizo fuertes ante sus enemigos.

Veamos, por ejemplo, el salmo 118. "Me rodeaban todos los gentiles: en el nombre de Yahvé los derroté; me rodeaba, me asediaban: en el nombre de Yahvé los derroté" (Sal 118,10-11). En estos versos, Israel recuerda que sigue siendo pueblo santo y elegido aun en medio de los gentiles, siempre hostiles. La continuación del himno celebra que han podido volver del destierro de Babilonia porque, una vez más, la diestra del Señor ha actuado en su favor: "Clamor de júbilo y salvación, en las tiendas de los justos: ¡La diestra de Yahvé hace proezas, es excelsa la diestra de Yahvé, la diestra de Yahvé hace proezas!" (Sal 118, 15-16).

A nivel más personal podemos adentramos en la experiencia orante de David quien, en medio de la persecución a la que fue sometido por Saúl, en un bellísimo soliloquio con Dios, le dice: "Cuando pienso en ti sobre mi lecho, en ti medito en mis vigilias, porque tú eres mi socorro, y yo exulto a la sombra de tus alas; mi alma se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene" (Sal 63,7-9).

Mi alma se aprieta contra ti, tu diestra me sostiene, dice David cuando ve que su vida está prácticamente perdida. La misma experiencia que la de Pedro, quien se debate en medio de la noche en el seno de las aguas agitadas por la tempestad. Grita: ¡Señor, sálvame! La diestra salvadora del Señor Jesús le sacó de la profundidad de las aguas para que pudiera creer en Él: "...Como comenzara a hundirse, gritó: ¡Señor, sálvame! Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (Mt 14,30-31).

     

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