|
La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"De dónde y hacia dónde vamos" (Sb. 5, 11-12)
Por Antonio Pavía
"Como pájaro que volando atraviesa el aire, y de su vuelo no se encuentra vestigio alguno; con el golpe de sus remos azota el aire ligero, lo corta con agudos silbidos, se abre camino batiendo las alas y después no se descubre señal de su paso; como flecha disparada al blanco; el aire hendido refluye al instante sobre sí y no se sabe el camino que la flecha siguió (Sb 5,11-12).
Continúa el impío haciendo su confesión. Su vida ha discurrido fugazmente como una sombra que se desvanece, y su camino se asemeja al trazado por una flecha que no deja constancia de su vuelo. En el seno de esta confesión se palpa el fruto de la necedad. Necio es aquel que vive pero no sabe para qué, nunca se ha preguntado de dónde viene ni a dónde va. Su vida no es una intención y proyecto de Alguien, sino una casualidad; aceptado que es así hay que llenarla como sea.
Lo enormemente positivo de las disertaciones de los impíos ante la luz que arroja sobre ellos el justo, perseguido por su causa y ensalzado por Dios, es que cada lamento es un golpe dado a las puertas de la misericordia de Dios. Cuando un hombre reconoce la mentira en la que ha envuelto su existencia, está ya muy cerca de la Verdad, de Dios.
Israel es el pueblo de Yahvé. Ha sido bendecido por Él con su sabiduría. Todo su caminar en el desierto hasta llegar y conquistar la tierra prometida, ha sido un aprendizaje en vistas a conocer a Dios que, con su Palabra, le ha ido instruyendo y salvando. Sin embargo, llega un momento en que el pueblo se cansa de Dios. Prefiere la sabiduría que encuentra en el pozo de su corazón a la que mana con abundancia de la fuente inagotable que brota del seno de Dios. Necedad, desobediencia y perversión se asientan como un trípode en el corazón del hombre.
El libro del Deuteronomio nos transmite una denuncia en la que se evidencia la insensatez y necedad del pueblo así como su ingratitud hacia Yahvé. Sólo por perversidad, Israel deja de reconocer que Dios es su única garantía de supervivencia: "Voy a aclamar el nombre de Yahvé; ¡ensalzad a nuestro Dios! Él es la Roca, su obra es consumada, pues todos sus caminos son justicia... Se han pervertido los que Él engendró sin tara, generación perversa y tortuosa. ¿Así pagáis a Yahvé, pueblo insensato y necio? ¿No es él tu Padre, el que te creó, el que te hizo y te fundó?" (Dt 32,3-6).
Israel no es un pueblo más impío, más necio que los demás pueblos de la tierra. Dios lo escoge para que sea una especie de espejo en el que todos nos podamos ver y juzgar. Cuando está de cara a Dios, rebosa de sabiduría y sensatez; cuando se vuelve de espaldas, se dan de bruces con la insensatez, impotencia y fracaso. Es por ello que fue dominado, saqueado y sometido al destierro. Oigamos al profeta Jeremías lamentarse por la ruina que se avecina sobre Israel, y el por qué de su devastación: "¡Mis entrañas, mis entrañas!, ¡me duelen las telas del corazón, se me salta el corazón del pecho! No callaré, porque mi alma ha oído sones de cuerno, el clamoreo del combate. Se anuncia quebranto sobre quebranto, porque es saqueada toda la tierra. En un punto son saqueadas mis tiendas, y en un cerrar de ojos mis toldos... Es porque mi pueblo es necio: A mí no me conocen. Criaturas necias son, carecen de talento. Sabios son para 10 malo, ignorantes para el bien" (Ir 4,19-22)
Impresionante la denuncia del profeta. El pueblo santo ha perdido su identidad. Como decíamos antes hablando del necio, ha caído en la más cruel de las ignorancias, no sabe de dónde viene; no quiere hacer memoria de que nació como pueblo en Egipto, de que fue liberado por Yahvé de la más inhumana esclavitud. Tampoco sabe a dónde va; ha olvidado que Dios le había bendecido con un destino glorioso: ser luz de las naciones.
Israel somos todos, sabios para lo malo e ignorantes para el bien. Cuando el hombre ignora a Dios se ignora a sí mismo; su vida no es un camino, sino un paréntesis absurdo en la historia del universo. Paréntesis absurdo porque se circunscribe a un espacio cerrado y sin salida. Es esta ausencia de horizontes 10 que termina por fagocitar la propia existencia.
Sin embargo, Dios realiza su historia de salvación con el hombre por medio de Israel. Seguimos fijando nuestros ojos en el pueblo santo y, estremecidos de gozo, somos testigos de que en su seno se da el acontecimiento que devuelve al hombre la esperanza perdida.
De las entrañas de Israel, Dios, siempre fiel a sus promesas, a su Palabra, hace nacer a su Hijo. El es el Santo, la plenitud de la Sabiduría. El sí que sabe de dónde viene y a dónde va; lo sabe y lo proclama a fin de que se alegren nuestros oídos y nuestras almas: viene del Padre y vuelve al Padre. Así nos 10 hace saber Juan en su evangelio en la víspera en que Jesús entregó su vida por toda la humanidad: "Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía..." (Jn 13,2-3).
Sabio es aquel que conoce de dónde viene y a dónde va. El cristiano sabe que ha nacido de Dios y a Dios vuelve. Éste es el testimonio unánime que nos transmitió la primera generación de los discípulos del Señor Jesús.
|