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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Dejarnos instruir por Dios" (Sb. 6, 10b)

Por Antonio Pavía

"Y los que se dejen instruir en ellas, encontrarán defensa" (Sb 6, l0b).

Se nos acaba de decir que aquellos que guardan en su corazón y en su espíritu las cosas santas de Dios -sus palabras- serán reconocidos santos, amigos suyos. Son santificados, como ya dijimos y nos confirma el presente texto, porque la Palabra de Dios guardada en el corazón se erige en defensora ante todo engaño y mentira del seductor por excelencia: Satanás.

Bienaventurados, pues, todos aquellos que tienen a Dios como Maestro, ya que, con la paciencia que es propia de Él, va colocando con sumo cuidado las piedras angulares de nuestra fe en lo más profundo de nuestro ser. Bienaventurados, dichosos, así llama el salmista a las personas que se dejan instruir y, por consiguiente, también corregir por Dios: "Dichoso el hombre a quien corriges tú, Yahvé, a quien instruyes por tu ley, para darle descanso en los días de desgracia, mientras se cava para el impío la fosa" (SI 94,12-13).

Son bienaventurados, son dichosos, porque en ellos se cumplirá la profecía y promesa que Isaías anuncia a Israel y, a partir de él, a todos los pueblos de la tierra. Promesa y profecía que señala al Mesías como el verdadero Maestro, el que enseñará a todos los hombres el camino hacia Dios; y no solamente eso, sino que también nos adiestrará con su sabiduría para seguirle; también enderezará nuestros pasos para caminar tras sus huellas. Escuchemos la promesa de Isaías: "Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahvé será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al monte de Yahvé, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos" (ls 2,2-3).

Muchos maestros había en Israel en tiempos de Jesús. No vamos a decir que eran todos perversos, que todos se servían de sus conocimientos para su propio provecho buscando un reconocimiento social o un beneficio económico. Sea como fuere, con buena voluntad o por motivaciones inicuas, ningún maestro de Israel podía ser camino, verdad y vida para sus discípulos. El Hijo de Dios sÍ. Tiene autoridad para proclamar que Él es el Maestro, tantas veces anunciado por los profetas, aquel que les puede revelar el rostro del Padre. Con esta conciencia clarísima de su misión y autoridad, declara: "...No os dejéis llamar Rabbí, porque uno solo es vuestro Maestro; y todos vosotros sois hermanos. Ni tampoco os dejéis llamar Directores, porque uno solo es vuestro Director: el Cristo" (Mt 23-8-10).

La instrucción del Hijo de Dios enriquece sobremanera nuestra alma haciéndola astuta y fuerte ante el enemigo: el tentador; el cual sólo busca nuestro aniquilamiento y destrucción. Dios mismo, que habita en el hombre por su Palabra, se convierte, como dicen los salmos, en nuestro baluarte, nuestro escudo ante toda acometida; Él es nuestra muralla inexpugnable, nuestra ayuda y defensa en nuestro camino de fe: "Porque Yahvé Dios es almena y escudo, él da la gracia y la gloria; Yahvé no niega la ventura a los que caminan en la perfección. ¡Oh Yahvé Sebaot, dichoso el hombre que confía en ti!" (Si 84,12-13).

En esta dirección, capta nuestra atención una preciosa y profundísima alocución que el apóstol Juan dirige a los jóvenes de las comunidades que han nacido como fruto de su predicación. Le oímos alegrarse vivamente al constatar y comprobar su fortaleza frente a todos los engaños, acometidas y seducciones de su Enemigo: Satanás. Al mismo tiempo les hace ver que si le han podido vencer, que si le tienen sometido bajo sus pies, es porque han dado cabida en su corazón a la Palabra, al Evangelio, que ha llegado hacia ellos por su ministerio apostólico. Oigamos al apóstol: "Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al Maligno. Os he escrito a vosotros, hijos míos, porque conocéis al Padre... Os he escrito, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al Maligno" (Jn 2,13-14).

Así pues, son bienaventurados, son dichosos todos aquellos que dejan un poco de lado sus seguridades y prepotencias y, sobre todo, cualquier asomo de jactancia, y se dejan instruir por el único Maestro, Jesús, el Hijo de Dios. Aquel que, como nos dice el mismo apóstol Juan, nos da sabiduría, inteligencia para que podamos conocer al Dios verdadero: "Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y la Vida eterna" (Jn 5,20).

Por el contrario, son necios y se mantienen en la iniquidad aquellos que se resisten, que no quieren dejarse instruir por el Señor Jesús. Él es la sabiduría del Padre, de Él recibimos la vida eterna. Escuchemos lo que dice a algunos judíos, hoy podríamos ser nosotros, que se resistían a reconocer en Él al enviado del Padre cerrando así sus oídos a su palabra de salvación: "Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida" (Jn 5,39-40).

     

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