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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Dios se anticipa" (Sb. 6, 13)

Por Antonio Pavía

"Se anticipa a darse a conocer a todos los que la anhelan" (Sb 6,13).

Con esta proclamación, el autor desliza un enunciado que rebosa de esperanza. Es una buena, extraordinaria noticia para todos aquellos que buscan a Dios. Él, que es sabiduría, no espera de brazos cruzados para ser encontrado. No, no espera estático sino que, como hemos leído, se anticipa a nuestra búsqueda, se hace presente al hombre provocándole una sed insaciable que ni su corazón ni las obras de sus manos pueden satisfacer o calmar. Digamos que Dios se anticipa a nuestra búsqueda creándonos un corazón diríamos incompleto, y que sólo en Él encuentra la realización de todas sus aspiraciones.

Dios, pues, se presenta al mismo tiempo lejano y cercano, trascendente e inmanente. Si bien es cierto que su grandeza traspasa los cielos, también lo es que palpamos su inmanencia en el sentido en que nuestro corazón no halla descanso sino en Él, como muy bien lo expresó san Agustín: "Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón sólo encontrará descanso en ti".

El mismo Agustín nos ofrece la bellísima experiencia de su encuentro con Dios.En ella insiste en subrayar que Él se le anticipó en su búsqueda. En su obra más conocida,"Las confesiones", luminosa e inequívoca brújula para todo aquel que desea buscar y conocer a Dios, nos brinda su testimonio afirmando que no lo hubiese encontrado si Él no se hubiese anticipado golpeando su corazón. "¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba... Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti".

Profundizamos en el tema y nos remitimos a tantos Padres de la Iglesia que anuncian que Dios dejó las huellas de su presencia a lo largo de la creación para poder ser reconocido. Recordemos, por ejemplo, a san Justino del siglo n que acertadamente declara que las semillas del Verbo --Palabra-- están esparcidas en todos los pueblos y religiones del mundo. Dios no habita en el vacío ni en el caos; toda su obra creadora está llena de su gloria.

La presencia de la gloria de Dios en el mundo alcanza su culmen en la Encarnación. El Hijo de Dios es proclamado por Simeón luz no sólo para el pueblo de Israel sino para todas las naciones, tal y como ya 10 había profetizado Isaías. Oigamos la confesión de fe del anciano Simeón: "Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2,29-32). Jesucristo es la plenitud de lo que podríamos llamar el anticiparse de Dios al hombre para darse a conocer.

Ya Isaías había instruido catequéticamente a Israel acerca de la presencia de Yahvé en medio del pueblo, presencia que provoca un mutuo conocimiento; es una presencia lo suficientemente verificable como para que el profeta pueda decir en su nombre: ¡buscadme!, porque yo no os he hablado en lo oculto, ni tengo mi morada en el caos. Oigamos el anuncio tal y como salió de la boca del profeta: "Así dice Yahvé, creador de los cielos, él, que es Dios, plasmador de la tierra y su hacedor... Yo soy Yahvé, no existe ningún otro. No he hablado en lo oculto ni en lugar tenebroso. No he dicho al linaje de Jacob: buscadme en el caos. Yo soy Yahvé, que digo lo que es justo y anuncio lo que es recto" (Is 45,18-19).

Dios siempre se nos anticipa y lo hace por medio de señales profundas que sólo nuestro espíritu es capaz de entender. Se anticipa al perdón cuando somos conscientes que nos hundimos como Pedro (Mt 14,31); se adelanta a encendemos una luz cuando gritamos en nuestras tinieblas (Jn 8,12); se adelanta, en fin, a nuestro propio espíritu cuando la tentación de volver la vista atrás nos golpea de forma irresistible (Lc 9,62).

Dios se anticipa siempre, pero lo hace sobre todo en el amor. Él nos amó y ama primero. Esto es lo inaudito. Nos conoce bien, sabe de tantas promesas incumplidas, tanta debilidad, también tanta mezquindad, y, sin embargo, siempre se anticipa en el amor. Entendemos ahora el grito apremiante de Juan: "¡hermanos, amemos a Dios porque él nos amó primero entregándose como víctima por nuestros pecados!" (Jn 4,10).

Creo que el apóstol Pablo fue más impactado por esta realidad -cuando fue consciente de ella- que por su caída del caballo. Que su Señor Jesucristo le haya amado primero, y no con palabritas suaves sino entregándose a la muerte por él, fue lo que le hizo rendirse definitivamente. Oigamos su testimonio: "No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gá 2,20).

     

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