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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"El justo está en Dios" (Sb. 5, 15)
Por Antonio Pavía
«Los justos, en cambio, viven eternamente; en el Señor está su recompensa, y su cuidado a cargo del altísimo" (Sb 5,15).
Después de exponer las penalidades y frustraciones que envuelven a los impíos, el autor dedica varios versículos a describir la bendición y plenitud de vida que Dios tiene reservada a los justos, aquellos que vivieron con sus ojos puestos en Él.
Junto con la recompensa de la vida eterna que se anuncia en este texto, despunta poderosamente una buena noticia que, sin duda, alegra inmensamente el corazón de todos aquellos que buscan a Dios: su cuidado está a cargo de Él.
Afirmar que el cuidado de los justos está a cargo de Dios es, repito e insisto, una noticia reconfortante que viene al encuentro de todos aquellos que hacen de su vida un itinerario, a veces arduo, de búsqueda de Dios, de su luz y de su rostro. Voy a intentar explicado.
Todo hombre que busca a Dios se encuentra, tarde o temprano, con el desprecio de todos aquellos que no comparten su estilo y opción de vida; desprecio que se vuelca de mil formas sobre él. La terrible tentación que entonces acecha al justo es la de llegar a pensar que no sólo está dejado de la mano de los hombres sino también de la de Dios. No existe para Él o, como mucho, no es más que un número que le arroja al anonimato. Si fuera así, ¿para qué vivir y trabajar para Él? Ésta es sin duda la mayor y más cruel de las pruebas que planea sobre todo buscador de Dios. Llega a decirse a sí mismo: ni le importo ni estoy en sus manos...; y más aún: ¡quién sabe si Dios no es más que una ilusión o una quimera!
El autor del libro de la Sabiduría conoce bien esta realidad y, por ello, resalta la imponente buena noticia que, inspirado por el Espíritu Santo, nos comunica: Sí, el justo, su vida, desvelos, afanes y penalidades están bajo el cuidado de Dios. Hasta tal punto está atento hacia ellos que, como dice Jesucristo, "ni un cabello de sus cabezas cae al suelo sin que Él lo consienta" (Lc 21,18).
Todo en la vida de los justos, incluido sus sufrimientos y humillaciones por mantenerse en la fe, tiene valor y sentido para Aquel que les llamó. Es más, Él mismo es su recompensa. Leemos a este respecto la exhortación del apóstol Pablo a los cristianos de Colosa, en la que afirma que todo discípulo del Señor Jesús está llamado a participar de su gloria: "Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él" (Col 3,4).
He aquí la inapreciable promesa de Dios, inaudita, asombrosa, pero realmente cierta. Promete hacer partícipes de la gloria de su Hijo a todos aquellos que siguen sus pasos a la luz del Evangelio. Este caminar supone vivir en la propia carne y alma las pruebas que sobrellevó el Hijo de Dios. Vividas con el mismo espíritu y confianza con que las vivió Él, con la firme convicción de que el amor del Padre hacia Él era mayor y más fuerte que toda tentación, por más profunda y tenebrosa que fuese. Jesús apoyaba su certeza en la misma Escritura que le decía: "Yahvé está cerca de los que tienen roto el corazón, él salva a los espíritus hundidos. Muchas son las desgracias del justo, pero de todas le libera Yahvé" (Sal 34,19-20).
Por supuesto que Jesús sintió en lo más profundo de su alma el peso aterrador de la prueba, al constatar que su propio pueblo despreciaba la misión a la que había sido enviado por su Padre. De hecho, los judíos sólo se mostraban entusiasmados y acogedores ante sus milagros. Sin embargo, su predicación dio lugar primero a la burla y el desprecio, después al rechazo y, por último, a la muerte y muerte de cruz.
Isaías, en una de sus profecías acerca del Mesías, anuncia la muy insidiosa tentación que atravesó su corazón. ¿Vale para algo mi misión? Si terrible y desgarradora es esta pregunta, no encontramos palabras para describir la tempestad que azotó todo su ser ante la que viene a continuación: ¿Le interesa a Dios lo que estoy haciendo? ¿No estará mirando para otro lado mientras me fatigo y afano intentado despertar el corazón de este pueblo? "Pues yo me decía: por poco me he fatigado, en vano e inútilmente mi vigor he gastado. ¿De veras que Yahvé se ocupa de mi causa y mi Dios de mi trabajo?" (Is 49,4).
La vida del justo está al cuidado de Dios, como ya hemos visto. Él, que siempre cumple su palabra, levantó a la gloria a su Hijo por más que su misión le llevó a lo más profundo de la tierra. En la misma profecía de Isaías, en la que hemos escuchado los lamentos del Mesías, se nos ofrece la respuesta de Dios: "Así dice Yahvé, el que rescata a Israel, el Santo suyo, a aquel cuya vida es despreciada, y es abominado de las gentes, al esclavo de los dominadores: Lo verán los reyes y se pondrán en pie, los príncipes y se postrarán..." (Is 49,7).
Todo justo tiene la vida despreciada por todos aquellos que no son capaces de entender sus pasos hacia Dios. Pero sabe también que su vida está al cuidado de Dios. Él la levantará hacia sí como lo hizo con la de su Hijo. Tiene la certeza de que su recompensa es el mismo Dios, llegar a vivir en Él.
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