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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Gemidos gloriosos"
(Sb. 5, 3-4)

Por Antonio Pavía

"Seguirán mudando de parecer, gimiendo en la angustia de su espíritu: éste es aquel a quien hicimos entonces objeto de nuestras burlas, a quien dirigíamos insensatos nuestros insultos. Locura nos pareció su vida y su muerte, una ignominia" (Sb 5,3-4).

Sorpresa y estupefacción se adueñaron del alma de los impíos al comprobar con sus propios ojos que Dios estaba con aquel que había sido objeto de sus ataques y burlas. Estas palabras que se proclaman a favor de todos los justos en general, tienen su cumplimiento pleno en Jesucristo, el Justo enviado por Dios para traer la salvación al mundo.

Objeto de todo tipo de burlas e ironías a lo largo de su vida, la impiedad del hombre se superó a sí misma pidiendo su muerte bajo el clamor estruendoso de todo el pueblo: ¡Crucifícale, crucifícale! Abrumado por esos gritos ensordecedores, Pilato, muy a su pesar, liberó a Barrabás y firmó la condena del Hijo de Dios. Se hizo presente el triunfo de lo que Jesús llamó "la hora de las tinieblas" (Lc 22,53).

Muy poco tiempo después, el triunfo de las tinieblas, de la impiedad, se tambalea bajo el efecto de un golpe mortal: empieza a correr la voz de que el maldito a quien acababan de crucificar está vivo, ha resucitado. Lo que al principio no es más que un rumor, va tomando cuerpo. Hay un hecho que indica que la noticia de la resurrección de Jesús es más que una fábula o una invención de mentes enfermas. Resulta que sus discípulos, unos simples galileos, que habían quedado amedrentados y confusos ante la ejecución de su maestro, testifican con su vida que han visto, hablado y hasta comido con Jesús resucitado.

Pedro, Juan, Santiago, así como todo el grupo apostólico, se sacuden el miedo y la cobardía que les acompañaron en la hora de la pasión. Esperan en el cenáculo el cumplimiento de la promesa de Jesús de que les había de enviar el Espíritu Santo para revestidos de su Sabiduría y Fortaleza. Jesús cumplió su promesa: "De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo..." (Hch 2,2-4).

Pedro, el que había sido vencido por el miedo, el que no había sido capaz de mantener la palabra dada, se adelantó y dirigió su primera predicación a la muchedumbre que se había congregado y que, atónitos, estupefactos, no daban crédito a lo que estaban viendo sus ojos: "Estupefactos y admirados decían: ¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?" (Hch 2,7-8)

Lleno de sabiduría, Pedro les dirige la palabra. Les habla del Justo, predica con fuerza la victoria de aquel a quien juzgaron y consideraron maldito. Dios le juzgó y consideró Santo y lo levantó del sepulcro: "A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís" (Hch 2,32-33).

Lo sorprendente de este primer anuncio de la Iglesia es que tiene poder para resquebrajar toda impiedad que el hombre pueda albergar. Provoca, como veíamos en el texto de la Sabiduría, gemidos de angustia en los espíritus de los oyentes. No son gemidos de desesperación; las palabras que el Espíritu Santo pone en la boca de Pedro no buscan la condenación de nadie sino la salvación gratuita que viene de parte de Dios.

El Señor Jesús viene, por medio de la predicación del Evangelio, no a ajustar cuentas ni a fustigar al impío, sino a herir de muerte su impiedad. Viene a provocar los gemidos que, saliendo de 10 más profundo del ser humano, claman y gritan por un cambio de actitud y de vida. De ahí que, cuando Pedro terminó de hablar, se dirigieron a él y al resto de los apóstoles en estos términos: "Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué hemos de hacer, hermanos?" (Hch 2,37)

Pedro toma nuevamente la palabra. No hay ninguna censura en él. Si el Señor Jesús no le había censurado en absoluto sus tres negaciones, ¿quién era él para pedir cuentas a estos hombres a quienes la impiedad había engañado?, ¿no había sido también él engañado por la cobardía y el miedo?, ¿acaso en sus encuentros con Jesús resucitado, éste le había siquiera insinuado su deserción?

Revestido por el perdón y la misericordia que el Hijo de Dios había tenido con él, se dirigió a la multitud allí reunida, y se limitó a indicarles el camino: "Pedro les contestó: Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hch 2,38).

Una vez más hemos de afirmar que el Evangelio es el poder salvador de Dios que penetra el corazón del hombre, llegando hasta el centro de su impiedad e hiriéndola de muerte. Se cumple la palabra de Dios que proclama: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20).

     

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