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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Grandes y pequeños" (Sb. 6, 6-8)
Por Antonio Pavía
"Al pequeño, por piedad, se le perdona, pero los poderosos serán poderosamente examinados. Que el Señor de todos ante nadie retrocede, no hay grandeza que se le imponga; al pequeño como al grande él mismo los hizo y de todos tiene igual cuidado, pero una investigación severa espera a los que están en el poder" (Sb. 6,6-8).
El texto que se nos ofrece afirma con rotundidad que Dios tiene facultad para juzgar tanto a los grandes como a los pequeños. Todos son responsables de sus actos, mas no todos serán igualmente juzgados. Los poderosos, los que han impartido autoridad y justicia sobre los demás tendrán un juicio más exhaustivo. Y esto no sólo porque su responsabilidad es mayor, sino también porque sus oportunidades de una formación más esmerada, por ejemplo de cara a la sabiduría, han sido también mayores. Es lógico pensar que una persona alcanza, por ejemplo, un cargo de juez porque ha tenido mayores oportunidades de estudio y formación.
Se señala, pues, enfáticamente que todo ser humano tiene sus responsabilidades y que según éstas será juzgado. Sin embargo, el autor, en su disertación, está apuntando a un tema catequético que es en sí mismo respuesta a un problema que siempre es y será de actualidad. Estamos hablando de la justicia que se niega a los débiles, a los pequeños; estamos tratando del abuso del poder, de corrupciones y sobornos cuyas consecuencias nefastas recaen siempre sobre los mismos, los débiles, aquellos que no tienen ninguna influencia para hacer valer sus derechos.
El autor nos da una luz que ilumina este problema. En efecto, le oímos decir que '''el Señor ante nadie retrocede, no hay grandeza que se le imponga". Nos está diciendo que Dios, juez supremo y universal, es insobornable, que no hace acepción de personas, que Él tiene la última palabra y que ninguna riqueza de este mundo puede deslumbrar sus ojos ofuscando así la visión y percepción de la verdad. En Él puede poner su confianza y esperanza todo hombre afrentado y agraviado. A Él se acogen los débiles porque saben que su juicio, el definitivo, es promulgado a su favor.
El problema del mal, de la aparente victoria de los corruptos e injustos, aparece con frecuencia a lo largo de la Escritura, sobre todo en los llamados libros sapienciales. Es tan ultrajante la prepotencia de los que crecen haciendo el mal que no pocas veces provoca el escándalo y desconcierto de los fieles de Yahvé.
Dios, que es Palabra y Luz, y que, por supuesto, es Padre, no deja a sus amigos, a sus buscadores, inmersos en un mar de tinieblas silenciosas que elevan sus dudas hacia el absurdo y la desesperación. Habla a su pueblo, tantas veces desconcertado, por medio de sus enviados, y levanta sus ánimos haciéndoles comprender que Él mismo es su justicia en la adversidad y en la opresión.
A este respecto, podemos saborear una catequesis preciosa que nos ofrece el sabio escritor del libro del Eclesiástico y que versa sobre la justicia divina: "No trates de corromperle con presentes, porque no los acepta, no te apoyes en sacrificio injusto. Porque el Señor es juez, y no cuenta para él la gloria de nadie. No hace acepción de personas contra el pobre, y la plegaria del agraviado escucha" (Si 35,11-13).
Dios es insobornable, incorruptible. Su justicia no puede ser desviada no sólo por medio de regalos o prebendas, lo cual es más que lógico, es que ni siquiera la oración o sacrificio injusto llega a su presencia. Se está proclamando que un corazón pervertido por el robo, la extorsión, el abuso de poder…, por cualquier injusticia cometida, no puede llegar hasta Dios por más que multiplique sus sacrificios, actos de piedad, promesas, etc.
Dios es libre frente a todo ser humano, por eso no se deja influir en absoluto por la gloria de nadie, sea quien sea, ostente el rango o la dignidad que ostente. Tal y como acabamos de leer, no hace acepción de personas contra el pobre. Todos seremos juzgados, y como hemos dicho anteriormente, la responsabilidad de unos es mayor que la de otros.
Podemos hacer una analogía del texto y vedo bajo una luz catequética. También en orden a la fe las oportunidades de los hombres no son las mismas; es por ello que el mismo Jesucristo nos dice que a la hora del juicio, éste no será igual para todos. Unos habrán tenido más posibilidades de acceso a la escucha del Evangelio que otros. Oigamos, pues, 10 que nos dice acerca de esto: "Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más" (Lc 12,47-48).
No es que Jesucristo pretenda asustar ni meter miedo a sus discípulos ni a nadie con amenazas de un juicio espantoso y terrible. Sus palabras son siempre catequesis en las que, como sabemos, siempre resplandece la misericordia. A ella nos acogemos todos, y en ella nos apoyamos para reconocer en Jesucristo no a nuestro juez sino a nuestro Salvador.
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