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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Guardar las cosas santas" (Sb. 6, 10a)
Por Antonio Pavía
"A vosotros, pues, soberanos, se dirigen mis palabras para que aprendáis sabiduría y no faltéis; porque los que guarden santamente las cosas santas, serán reconocidos santos" (Sb 6, l0a).
Una vez que el autor se ha extendido ampliamente en lo que respecta a la responsabilidad que recae sobre las personas que imparten justicia o tienen autoridad de gobierno, responsabilidades que no dejan de ser una carga si se quiere actuar con equidad, culmina con una recomendación esperanzadora.
En efecto, invita a estos soberanos a acoger sus palabras ya que ellas son simiente de la sabiduría que necesitan para gobernar con acierto. A continuación proclama que aquellos que guarden esta sabiduría en su corazón serán reconocidos santos. El título de santo está asociado al de amigo, en este caso, amigo de Dios. Lo que está anunciando es que Dios mismo reconoce a estas personas como amigas suyas.
Vamos a analizar catequéticamente la doble proclamación que acabamos de transcribir, de forma que Dios purifique nuestras inclinaciones internas y podamos así orientar nuestro corazón y todo nuestro ser hacia la búsqueda de la verdadera sabiduría, aquella por la cual Dios mismo, como ya hemos dicho, nos mira y nos reconoce como santos, es decir, como amigos suyos.
La primera parte de la proclamación no deja lugar a la menor duda: es una apremiante invitación a todo mandatario a prender la sabiduría en su alma para no ser inducidos diríamos casi irremediablemente al error. Ampliando los términos, podemos afirmar que mandatarios y soberanos somos en general todos. Para empezar, somos soberanos de nuestro actuar y decidir; soberanos para amar u odiar, para acoger o rechazar la fe, etc.
Siendo, pues, soberanos para decidir y escoger, necesitamos aprender la sabiduría que viene de Dios. A lo largo de nuestra vida se nos presentan sin cesar dos caminos. Uno lleva la marca de la impiedad y hace al hombre impío; el otro está revestido de santidad y hace al hombre justo, santo, amigo de Dios.
Acudimos al libro del Eclesiástico y extraemos de él dos semblanzas: la del sabio y la del impío. Empezamos por la del sabio, considerando como tal al que escoge el camino de Dios y se deja instruir por Él: "La sabiduría exalta a sus hijos y cuida de los que la buscan. El que la ama, ama la vida; los que madrugan en su busca serán colmados de contento. El que la posee tendrá gloria en herencia, dondequiera que él entre, le bendecirá el Señor. Los que la sirven, rinden culto al Santo..." (Si 4,11-14).
Pasamos ahora a la descripción del impío, es decir, aquel que está desprovisto de la gracia de Dios, vacío de toda sabiduría: "Hay hombre diestro que adoctrina a muchos, y para sí mismo es un inútil... Pues no se le dio la gracia que viene del Señor, porque estaba vacío de toda sabiduría" (Si 37,19-21).
Analizamos la segunda parte de la proclamación del texto bíblico que nos depara una bellísima sorpresa, una feliz y liberadora noticia: "Los que guardan las cosas santas, serán reconocidos santos". Se nos presenta la santidad, la amistad suprema con Dios, no como fruto de esfuerzos ascéticos ni de heroicos sacrificios acompañados de oraciones interminables, sino como fruto de haber albergado cuidadosamente en nuestro interior las cosas santas de Dios: su Palabra, que es su Sabiduría. Así como cuando la buena tierra alberga y guarda con cuidado en sus entrañas la semilla de una manzana, y con el tiempo brota de ella un manzano cargado de sus frutos, así también, el corazón del hombre que guarda la Palabra con amor, con perseverancia, defendiéndola de todo viento y tempestad, de incredulidad o desánimo, produce el fruto de Dios: su santidad, su amor en plenitud.
María de Nazaret, imagen de la Iglesia, es decir, de lo que es un verdadero discípulo del Señor Jesús, nos es presentada en el Evangelio como aquella que guardaba las cosas de Dios, sus palabras, aun cuando no las entendiese, incluso cuando eran desconcertantes para ella.
Desconcertada quedó cuando, al dar a luz al Salvador del mundo, al Ungido de Dios, al deseado y esperado por el pueblo santo de Israel, tuvo como cortejo de bienvenida un insignificante y poco recomendable grupo de pastores. Ante su desconcierto más que justificado, Lucas nos dice que "María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2,19).
Lo mismo cuando Jesús a los doce años se quedó en el Templo provocando un enorme susto y desazón en José y María. No entendieron el por qué su hijo había actuado así (Lc 2,48-50). Sin embargo, el evangelista añade que "su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón" (Lc 2,51 b).
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