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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"LA INSTRUCCIÓN DE DIOS" (Sb. 6, 11)

Por Antonio Pavía

"Desead, pues, mis palabras; ansiad las, que ellas os instruirán" (Sb 6,11)

Culmina el autor este apartado con una invitación apremiante y urgente. Personificándose con la sabiduría, cuyo bien ya ha descrito pormenorizadamente, lanza su proclama: ¡Desead, ansiad mis palabras, pues ellas son los cimientos de vuestra vida, cada una de ellas es un caudal de instrucción!

Es evidente que, tras el velo que cubre la Palabra a lo largo de todo el Antiguo Testamento, descubrimos la llamada de Dios a sus fieles a fin de que se dejen impregnar por su sabiduría. Dicho de otra forma, es una exhortación a buscar, desear y ansiar la espiritualidad que lleva al hombre a la plenitud de su alma: la espiritualidad de la Palabra, a cuyo lado todas las demás podemos consideradas caminos indirectos.

Es a la luz de Nuevo Testamento donde las intuiciones del autor del libro de la Sabiduría brillan en todo su esplendor y pasan a ser una realidad palpable y verificable. Los santos Evangelios son en sí mismos un canto ininterrumpido a la infinita belleza de la espiritualidad de la Palabra. Ella es la verdadera llave que el Hijo de Dios ha dado al hombre para penetrar en espíritu y en verdad el Misterio del Padre.

Ya en el Prólogo del evangelio de san Juan se nos ofrece un dato sorprendente, y es que antes de la creación ya existía la Palabra, que ella estaba con Dios y que era, se identificaba con Él: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios" (Jn 1, 1,2).

Aún no salimos de nuestro asombro ante la grandeza de esta noticia cuando oímos al evangelista que añade: "En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1,4).

Iluminados por el resplandor que nos transmiten estos textos joánicos, entendemos mejor la invitación del autor del libro de la Sabiduría, y de la que nos hemos hecho eco: ¡Desead mis palabras! ¡Ansiad mi instrucción! ¡Buscadme!

Invitación casi angustiosa que escuchamos de parte del mismo Dios y que llega hasta nosotros por medio del profeta Isaías: "Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma" (Is 55,3a). Es el mismo Dios el que nos exhorta, nos apremia, a que apliquemos, pongamos atento nuestro oído y le escuchemos. Es una invitación a buscar su Palabra para poder encontrar la vida, pues en ella está, tal y como nos lo ha confirmado Juan evangelista.

En la Palabra está la vida, en la Palabra está vivo Dios. Sabemos que Dios tiene la vida por sí y en sí mismo al igual que Jesucristo su Hijo. Él mismo nos confirma esta verdad: "Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo" (Jn 5,26).

Ambos participan del mismo nombre: "Yo soy el que soy". En esta misma línea, también la Palabra tiene la vida en sí misma, de forma que podríamos decir que también ella participa del nombre de Dios.

Así pues, ansiad y buscad con todas vuestras fuerzas la instrucción que contiene en su seno la sabiduría de Dios. Ella es como una luz que brota ininterrumpidamente de su Palabra. Ansiarla y buscarla es ansiar y buscar la vida que no muere, la que permanece para siempre. Es orientar nuestros pasos y todo nuestro ser hacia la vida que nace de Dios y que, como tal, es eterna.

Acoger la instrucción de Dios implica dejar que Él trabaje en nuestro espíritu, sin pausa ni receso, a lo largo de las veinticuatro horas de cada día. Es así porque la vida en cuanto tal, es ajena a todo bloqueo o interrupción. Es posible que no seamos del todo conscientes de esta bellísima realidad, es posible que escape a nuestra conciencia; sin embargo, para poner un ejemplo, constatamos que un hombre que lleva pongamos unos cinco años viviendo seriamente la espiritualidad de la Palabra, podría mirar hacia atrás ese periodo de tiempo, y es entonces cuando tomaría conciencia del trabajo exquisito que la Palabra de Dios ha hecho en él, en su corazón, en su mente, en sus juicios, en sus intenciones; en definitiva, en todo lo que él es como persona.

Toda persona que hace esta inigualable experiencia de fe se ve desbordada por un estremecimiento de gratitud. Aturdido por la emoción de lo que está viviendo, sabe que puede repetir la alabanza a Dios que brotó de los labios del salmista, a quien imaginamos igualmente aturdido y estremecido: "Bendigo al Señor que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente" (Si 16,7).

     

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