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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Los dos caminos"
(Sb. 5, 7-8)

Por Antonio Pavía

“Nos hartamos de andar por sendas de iniquidad y perdición, atravesamos desiertos intransitables; pero el camino del Señor, no lo conocimos. ¿De qué nos sirvió nuestro orgullo? ¿De qué la riqueza y la jactancia? (Sb 5,7-8).

Los impíos, testigos del favor con que Dios bendice a los justos, son golpeados en lo más profundo de su conciencia. No son golpes de muerte lo que reciben sino de vida. Causan un dolor del corazón que no les lleva a la desesperación; al contrario, por primera vez en su vida se abren a la verdad, de ahí su pregunta: ¿No nos habremos equivocado?, ¿no será que el orgullo, la jactancia y la opulencia cegaron nuestros ojos y nos hemos dejado llevar por caminos sin rumbo? Una vez más vemos cómo los justos abren caminos de luz y verdad para aquellos que les persiguieron y humillaron.

Acerca de dirigir nuestros pasos por el camino de la verdad o el de la mentira, encontramos una catequesis profundísima que Dios ofrece al pueblo de Israel. Yahvé ha acompañado a los israelitas a lo largo del desierto y están a las puertas de la tierra prometida. Se dirige a ellos y les exhorta: "Mira, yo pongo ante ti vida Y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas los mandamientos de Yahvé tu Dios que yo te prescribo hoy, si amas a Yahvé tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás..." (Dt 30,15-16).

Fijémonos que Dios establece un paralelismo entre sus mandamientos/palabras y sus caminos. Escuchar su Palabra y seguir su camino van de la mano, tanto que se establece una identidad entre ambos. De hecho, Jesucristo es la Palabra de Dios y también el Camino. Hecho este inciso, continuamos la exhortación: "Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio y que no viviréis muchos días en el suelo que vas a tomar en posesión al pasar el Jordán" (Dt 30,17-18).

Si nos damos cuenta, el que Israel tome el camino que le lleve a la vida y a la bendición, o bien a la muerte o a la desgracia, depende sólo de una cosa: que escuche o no a Dios. Si le escucha, Israel tendrá discernimiento para saber escoger y decidir lo más conveniente a lo largo de su historia. Si no le escucha, su corazón será prisionero de la necedad e incompetencia y se desviará. Sabemos que la decadencia de todos los reinos e imperios de la tierra ha sobrevenido cuando sus gobernantes han actuado bajo la necedad de sus corazones y la incompetencia de sus mentes.

Jesucristo habla de esta actitud de búsqueda y escucha de Dios. La analiza y la denomina con el término esfuerzo/lucha. Lo hace en aquella ocasión en que un israelita le preguntó si era difícil salvarse. Jesús respondió: "Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán" (Lc 13,22-23).

Es evidente que el Hijo de Dios no pone a nadie difícil la salvación, como podría pensar el israelita que le interpeló. Se trata de saber discernir. La lucha y esfuerzo que se nos pide no es otro que el de asimilar la sabiduría de Dios a fin de tener la libertad de escoger entre su Palabra, que lleva a la vida, y las palabras de muerte que engendra nuestro corazón, siempre inclinado a la desobediencia.

Los impíos de los que nos habla el libro de la Sabiduría, encontraron la luz justo cuando se dieron cuenta de que habían sido necios. Dios iluminó su insensatez haciéndoles ver que el justo a quien perseguían y acosaban, aquel a quien consideraban un fracasado, en realidad había acertado en su vida y había alcanzado su bendición.

Es una iluminación que hace resplandecer su misericordia y que mueve a estos hombres a proclamar la confesión que les limpia y que les salva: ¿No nos habremos equivocado? Nos hemos apoyado en nuestro orgullo y riquezas y ¿de qué nos ha servido? Caminamos erguidos por nuestros senderos con la altivez de quien no necesita a nadie, ni siquiera a Dios; y ahora nos damos cuenta de que no hemos hecho sino patear desiertos intransitables que no nos conducen a ninguna parte.

La misericordia de Dios para con nuestras veleidades es infinita. Conociendo nuestro corazón, siempre orgulloso para escoger su camino sin contar ni consultar con Él, decide enviamos a su propio Hijo, de forma que Él sea el Camino luminoso para nuestros pies cansados y rebeldes. El Señor Jesús, conocedor de nuestras tinieblas y también de nuestro empecinamiento en el error y la mentira, susurra a nuestros oídos este maravilloso mensaje de liberación y de salvación: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12).

El evangelista Juan que, al igual que los demás apóstoles, hizo la experiencia de ser rescatado del camino de las tinieblas y conducido al de la luz por el mismo Jesucristo, proclamó, agradecido y gozoso, este anuncio de esperanza válido para todo hombre que desee ser liberado: "Éste es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna... Si caminamos en la luz, como Él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado" (Un 1,5-7).

     

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