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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Luz inextinguible" (Sb. 6, 12)
Por Antonio Pavía
"Radiante e inmarcesible es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan" (Sb 6,12).
Hemos sido aconsejados ampliamente acerca de ansiar y desear las palabras llenas de sabiduría que brotan del seno de Dios porque son la roca fuerte y el agua viva de nuestra existencia. A continuación, el autor, como si estuviese cara a cara con la Sabiduría, nos hace partícipes de la impresionante belleza que contempla en ella.
Da la impresión de que hasta le oímos musitar: ¡Qué luz radiante refleja la Sabiduría! ¡Qué asequible se hace a todos aquellos que la aman y buscan de corazón! ¡SU luz es inextinguible y su belleza inmarchitable! ¡Bienaventurado el que la desea porque se llenará de la divinidad de Dios, ya que ésta es irradiada por su resplandor!
Estas profundísimas reflexiones de nuestro autor nos conducen a señalar el abismo existente entre la sabiduría divina y la humana. Con todos los valores que tiene en sí la sabiduría humana, constatamos cómo, a lo largo de la historia, está sujeta al dictado de modas y tendencias, incluso a la arbitrariedad de grupos de poder. También es sabido que el canon de belleza literaria o pictórica no es el mismo a lo largo de los siglos. Autores y artistas que fueron admirados en su tiempo, hoy día, exceptuando algunas figuras, están relegados a categorías secundarias.
Sin embargo, en el texto que nos ocupa escuchamos que la sabiduría de Dios es inmarcesible, inmarchitable. Su esplendor no está sujeto al vaivén del tiempo ni al capricho de tendencias o grupos. Es indudable que también a este aspecto se refería Jesús cuando dijo: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Lc 21,33).
La Palabra de Dios es, como dijo Juan, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (Jn 1,9). Entremos en profundidad en la apreciación que hace el apóstol evangelista. Llama a la Palabra la luz verdadera, la que no lleva al hombre a engaño, la que no alimenta la mentira que es propia de Satanás. La Palabra no es que nos lleve a la verdad, ella misma es la verdad (Jn 17,17).
Recordemos que entre los distintos nombres que la Escritura nos ofrece acerca de Satanás, encontramos dos que son entre sí contrapuestos. Por una parte, se le llama Lucifer, que significa astro luminoso; y por otra, es nombrado príncipe de las tinieblas. Esto nos da una idea de la ambigüedad de la luz con la que Satanás pretende invadir nuestras almas; es una luz cegadora que nos deja sumidos y sometidos a su reinado: el de las tinieblas.
Tinieblas que se hacen presentes en las más diversas manifestaciones, como, por ejemplo, el sin sentido de muchas de las cosas que hacemos, el vacío que experimentamos una vez conquistada la meta que iba a colmar nuestros sueños, el aburrimiento existencia! que nos mueve a buscar con frenesí nuevas y excitantes experiencias ... En definitiva, el marchitarse de tantas ilusiones y esperanzas no obstante haberlas coronado con éxito.
Antes de que nos invada una sensación de pesimismo, quiero señalar que Dios creó al hombre para la felicidad. Sin embargo, el que la alcancemos o no, depende de que lo que hagamos, las metas que nos propongamos, los ideales que nos motiven, estén iluminados por "la luz verdadera" de la que hemos oído hablar a Juan.
Cuando nuestro hacer y obrar están iluminados por esta luz, por la Palabra/Sabiduría de Dios, nada se marchita, porque la luz que alimenta y sostiene nuestro actuar es inmarchitable.
Dicho de otra forma, en nuestro proyectar y actuar, no interviene aquel cuya misión es sembrar tinieblas de las que es su príncipe; arrojar al hombre al absurdo, y con él, todos sus anhelos, deseos y esfuerzos. Al contrario del príncipe de las tinieblas, la Palabra encarnada en Jesús es luz. El Hijo de Dios es luz en sí mismo y es luz del mundo, luz para el hombre. Luz a la que el príncipe de las tinieblas quiso aprisionar y sofocar, pero que no lo consiguió, como nos dice el Evangelio: “En ella la Palabra estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,4-5).
Jesucristo, verdadera Palabra y Sabiduría tantas veces ensalzadas a lo largo de la Sagrada Escritura, proclama con autoridad -la que tiene como Hijo de Dios- que ha sido enviado por el Padre como luz. Tan verdadera, real e imperecedera es su luz que ninguna oscuridad y tinieblas tienen poder sobre ella. Es por ello que puede invitar al hombre a seguir sus pasos... que culminan en el Padre: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8,12).
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