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La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Siempre en pie" (Sb. 5, 1-2)
Por Antonio Pavía
"Estará entonces' el justo en pie con gran confianza en presencia de los que le afligieron y despreciaron sus trabajos. Al verle, quedarán estremecidos de terrible espanto, estupefactos por lo inesperado de su salvación" (Sb 5,1-2).
El justo, entendiendo por justo el buscador de Dios, sobrelleva sobre su cuerpo y su alma un sin fin de persecuciones y vejaciones. Sabe que el poder del mal tiene su hora sobre él. Su experiencia de Dios le dice que, pasado el tiempo de la prueba, Él le hará justicia, le levantará sobre sus enemigos haciendo resplandecer ante sus ojos su victoria. Estar y permanecer de pie son imágenes 'bíblicas que manifiestan el estado victorioso de los que han permanecido fieles a Dios.
Hecha esta apreciación catequética, hacemos referencia al Justo entre los justos, el Hijo de Dios. Crucificado y depositado en la lóbrega estancia de un sepulcro, fue levantado por Dios, dando así cumplimiento a las Escrituras de que el Mesías no conocería la corrupción propia de la muerte. Así lo proclamó el apóstol Pedro en su primera predicación a los judíos de Jerusalén el día que recibió, junto con los demás apóstoles, el don del Espíritu Santo: "Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio... dice de Él David: Veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que está a mi derecha para que no vacile. Por eso se ha alegrado mi corazón y se ha alborotado mi lengua, y hasta mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el Abismo ni permitirás que tu santo experimente la corrupción" (Hch 2,22-25).
En la misma línea de estar de pie -victorioso de la muerte- nos acercamos al libro del Apocalipsis del que entresacamos la siguiente visión de Juan, su autor: "Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro Vivientes y de los Ancianos, un Cordero como degollado; tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra" (Ap 5,6).
Parece como que este pasaje encierra una contradicción. Por una parte vemos el triunfo de Jesucristo, que nos es presentado de pie en medio del trono y provisto de los símbolos bíblicos del poder -los siete cuernos-, y la sabiduría - los siete ojos-o Paradójicamente el Cordero aparece como degollado. Degollado, es cierto, pero de pie para indicar que el príncipe del mal que manipuló a los hombres para que lo condenaran a muerte, fue vencido y aplastado.
De pie y a la derecha del Padre, ve el protomártir Esteban a Jesús momentos antes de dar su vida por Él: "Pero él -Esteban- lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios" (Hch 7,55-56).
De pie, con poder para salvar. En los juicios los testigos se ponen de pie para testificar. Esteban ve con sus ojos que el Señor Jesús está testificando a su favor ante su Padre, dando así cumplimiento a la promesa que había dado a sus discípulos: "Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé par él ante mi Padre que está en los cielos" (Mt 10,32).
El apóstol Pablo nos ofrece en la segunda carta a los Corintios una catequesis que podríamos llamar antológica. Ante la persecución y rechazo que todo discípulo de Jesús lleva consigo, proclama que nada ni nadie puede derribar la fortaleza de aquellos que han puesto su vida en manos do su Señor. El vivir de Jesús les mantiene en pie porque es más fuerte que el morir" que son sometidos por los hombres. Oigamos la bellísima exposición del apóstol: "Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados" (II Co 4,8-10).
El mismo Pablo nos ha dejado en su carta a los Colosenses, un legado precioso en el que exhorta a los discípulos de Colosas a adherirse firmemente al Evangelio que les ha anunciado. Él es la roca que les mantendrá firmes e inconmovibles en medio de la agitación del mundo: "Os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles delante de él; con tal que permanezcáis solidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis..." (I Col 1,22-23).
Los discípulos de Jesucristo vivimos en el mundo, inmersos en el mal que Satanás sembró en él (Mt 13,24-30). Sin embargo, nos dejamos moldear por el Evangelio del Señor Jesús para que cambie nuestro ser cizaña, en ser trigo; de la misma forma que cambió el agua insípida en vino, en las bodas de Caná. Movidos, sostenidos y levantados por la comunión de nuestro Señor, el Cordero que de pie y victorioso nos fortalece y alienta, elevamos nuestra cabeza hacia lo alto, tal y como él nos lo dijo: "... Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación" (Lc 21,28).
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