|
La oración de y con Jesuscristo
Libro de la Sabiduría:
"Sin rastro ni huellas" (Sb. 5, 9-10)
Por Antonio Pavía
"Todo aquello pasó como una sombra, como noticia que va corriendo; como nave que atraviesa las aguas agitadas, y no es posible descubrir la huella de su paso ni el rastro de su quilla en las olas" (Sb 5,9-10).
Continúan los impíos discurriendo acerca del vacío y la nada a donde han sido arrojadas sus vidas, por haber puesto su confianza en la obra de sus manos, sus dominios, riquezas y haberes. Se preguntan si realmente ha valido la pena tanto esfuerzo si al final no van a dejar ningún rastro, ninguna huella en su paso por la vida. Parece como que cae sobre ellos una especie de sopor que les abate y descorazona. Comprenden que su caminar por este mundo no será más que una sombra que se desvanece, o como una nave que, aun dejando un surco sobre las aguas, es engullida por ellas.
En la misma dirección, oímos la exhortación que el salmista hace al pueblo indicándole que el hombre que no ha puesto su confianza en Dios, bien sea sabio -según este mundo- o necio, queda relegado al más frustrante de los olvidos. La exhortación de este fiel israelita alcanza incluso a aquellos que, por su poder y conquistas, hayan dado su propio nombre a países, como solía acontecer entonces: "Se ve, en cambio, fenecer a los sabios, perecer a la par necio y estúpido, y dejar para otros sus riquezas. Sus tumbas son sus casas para siempre, sus moradas de edad en edad; ¡y a sus tierras habían puestos sus nombres!" (SI 49,11-12).
Países y naciones que, como dice el profeta Isaías, aun cuando perduren en la memoria de los hombres, son vanos y vacíos para Dios que escruta y examina el corazón de todas sus criaturas: "Todas las naciones son como nada ante él, como nada y vacío son estimadas por él. Pues ¿con quién asemejaréis a Dios, qué semejanza le aplicaréis?" (Is 40,17-18).
Los pasajes que hemos comentado nos pueden llevar a la conc1usión de que nada de lo que Dios ha creado subsiste para siempre, ni siquiera su obra maestra, el ser humano. Ante una posibilidad tan lúgubre, surge imperiosa la siguiente pregunta: Si nada ni nadie subsiste ante Dios, si los seres humanos existimos con fecha de caducidad, si el paso del tiempo, que es inexorable, nos va a conducir a no ser ni siquiera un resto difuso de materia, ¿qué sentido tiene relacionamos con Dios? ¿Tiene alguna utilidad el que le busquemos y conozcamos? Por supuesto que son preguntas hirientes, pero no por ello hay que ignorarlas.
Como siempre, Dios mismo, con su Palabra, viene al encuentro de nuestras dudas, vacilaciones y, en este caso concreto, de nuestras angustiosas y febriles preguntas. Sondeamos, pues, la Escritura para encontrar en ella una respuesta del mismo Dios a este nuestro interrogante existencial.
El profeta Isaías anuncia que, efectivamente, todo se marchita, todo muere menos la Palabra de Yahvé; ella es eterna, permanece para siempre. He aquí un dato que alza nuestra cabeza y que reanima nuestra esperanza. No todo muere, no todo queda reducido a la nada y al vacío: "La hierba se seca, la flor se marchita, mas la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre" (ls 40,8).
Anuncia el profeta que la Palabra de Dios subsiste por siempre. Lo realmente importante es que su Palabra está con Israel y hace parte esencial de su historia. Israel tiene conciencia de que es un pueblo único en el sentido de que Dios le ha hablado, ha depositado su Palabra subsistente y salvadora en su seno: "¿Hay algún pueblo que haya oído como tú has oído la voz del Dios vivo hablando en medio del fuego, y haya sobrevivido?... Desde el cielo te ha hecho oír su voz para instruirte, y en la tierra te ha mostrado su gran fuego, y de en medio del fuego has oído sus palabras" (Dt 4,33-36).
La revelación que Yahvé hace a su pueblo llega a su plenitud en su Hijo Jesucristo. Él es la Palabra de Dios eterna e inmortal en medio de nosotros. El atisbo de grandeza que veíamos en Israel, alcanza su plena realización, y esta vez para todos los pueblos de la tierra, en el Señor Jesús. Él, el eterno, el inmortal, aquel a quien la muerte no pudo reducir a la nada y al vacío, es nuestra inmortalidad. En Él y por Él, todos los impíos, injustos y necios, pasamos a ser justos y herederos de la vida eterna.
En Él, Dios Padre responde a todas y cada una de las preguntas existenciales que brotan impetuosas de nuestro interior. En Él se ha manifestado el amor indeleble e inaudito de Dios al hombre, tan fuertemente anunciado por Ezequiel, que proclamaba que Dios no quiere la muerte de nadie sino que cambie de conducta y que viva (Ez 18,31-32).
He aquí el deseo de Dios: que el hombre cambie de conducta y que viva. Como resulta que nosotros no podemos cambiar nuestra impiedad e infidelidad en piedad y fidelidad, nos envió a su propio Hijo. Es Él quien, con su Evangelio, -fuerza y salvación de Dios, como así lo define Pablo (Rm 1,16-17)- traspasa nuestro corazón y nuestra mente. Convierte nuestra ambición y jactancia de las riquezas en obediencia amorosa al Padre. El Señor Jesús es el Buen Pastor que, con su muerte y resurrección, alcanza a los alejados y los pone en comunión con Dios quien, a su vez, les otorga la condición de hijos... y los hijos de Dios no mueren nunca.
|