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La oración de y con Jesuscristo


Libro de la Sabiduría:
"Instrucción y amor" (Sb. 6, 17)

Por Antonio Pavía

"Pues su comienzo es el deseo más verdadero de instrucción, la preocupación por la instrucción es el amor" (Sb 6,17).

Los versículos que tenemos a continuación y que se suceden hasta el fin de este apartado están escritos según un género literario propio de la literatura clásica. Dicho estilo se reconoce por la concordancia o, más bien, la secuencia de sus términos. Digamos que el atributo o virtud que cierra un verso se convierte en el sujeto del verso -en nuestro caso, versículo- siguiente.

Una vez aclarado esto, leemos que el comienzo, el punto de partida por el cual podremos alcanzar la sabiduría, consiste en tener el deseo, la auténtica pasión por poseerla. Más aún, la calidad y fuerza de este deseo, de esta pasión, se convierten en el termómetro que mide la calidad y fuerza del amor que nos mueve para llegar a alcanzar la sabiduría.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos un acontecimiento en el que se nos describe a alguien que alcanzó el don de la fe gracias a su esfuerzo personal en su apasionada búsqueda de la verdad y de la sabiduría. Nos estamos refiriendo a un funcionario de la reina de Etiopía y que fue bautizado por el apóstol Felipe. El acto en sí, con todos sus pormenores y peculiaridades, nos viene referido en los Hechos de los Apóstoles (8, 26 Y ss.) Nos interesa enormemente hacer un análisis detallado de todo el proceso de este hombre en lo que fue su búsqueda.

Acerca de él no se nos dan muchos datos. Sabemos únicamente que era un eunuco al servicio de Candace, reina de los etíopes. Había acudido a Jerusalén para adorar a Yahvé. Este extranjero --en terminología israelita diríamos incircunciso-- nos recuerda a otros como, por ejemplo, los citados por Juan (Jn 12,20). No son israelitas, sino lo que podríamos llamar simpatizantes con la religión del pueblo elegido. Digamos que se sentían atraídos por el monoteísmo propio de Israel, y que era, sin duda, mucho más razonable para sus mentes que el politeísmo que practicaban las demás religiones.

Nuestro hombre etíope, así le llamaremos ya que no se nos ha transmitido su nombre, se ha tomado la molestia de hacer un viaje hasta Jerusalén a fin de contactar con el Dios único. No sabemos cómo ha sido su experiencia religiosa, pero podemos intuir que fue bastante fuerte, ya que le vemos aprovechando su viaje de regreso para instruirse en la verdad que busca con toda su alma: "He aquí que un etíope eunuco, alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros, y había venido a adorar en Jerusalén, regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías".

No hay duda de que su vivencia en Jerusalén, las asambleas litúrgicas de su Templo, las melodías salmódicas, han atravesado profundamente su espíritu. Tanto que, de vuelta a su ciudad, pasa por alto los vaivenes a los que la carroza se ve sometida por la dureza del camino. Ajeno a toda molestia e incomodidad, toma en sus manos unos pergaminos del profeta Isaías y se pone a leerlos. No nos cabe la menor duda de que éste es un hombre que tiene encendido el verdadero deseo de instrucción. Esto sí que es mover Roma con Santiago para encontrar la verdad. Nuestro hombre no tiene curiosidad por conocer la verdad, es mucho más que eso, ¡ama la verdad! De ahí su interés y su prestar atención al texto profético que tiene en sus manos.

Dios, a quien nada se le escapa, mira con ternura el amor que el etíope demuestra por la instrucción y le envía a Felipe para que le instruya: "El Espíritu dijo a Felipe: Acércate y ponte junto a ese carro". El apóstol sube y le pregunta: ¿Entiendes lo que estás leyendo? El etíope respondió casi como quien suplica: ¿Cómo lo puedo entender si no tengo quien me instruya? Yo he llegado hasta donde he podido; sin embargo, ahora necesito alguien que me lo explique. En términos nuestros, diríamos alguien que me lo haga entender catequéticamente.

El texto profético que estaba leyendo era: "Fue llevado como una oveja al matadero; y como cordero, mudo delante del que lo trasquila, así él no abre la boca. En su humillación le fue negada la justicia; ¿quién podrá contar su descendencia? Porque su vida fue arrancada de la tierra".

Viendo Felipe la disposición de este hombre, su anhelo por conocer al cordero inocente profetizado por Isaías, le anunció la Buena Nueva de Jesucristo; Buena Nueva para toda la humanidad, en este caso para nuestro hombre buscador.

No se nos relata cuánto duró la catequesis. No han trascendido las preguntas y respuestas que afloraron a lo largo del viaje. Lo que sí sabemos es que el etíope escuchaba con auténtica hambre. Cada palabra que salía de la boca del apóstol era un aldabonazo que le invitaba a vivir. Creemos que fue así porque cuando llegaron a una especie de oasis en el que había agua, pidió encarecidamente a Felipe que le bautizara:

"Siguiendo el camino llegaron a un sitio donde había agua. El eunuco dijo: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? Y mandó detener el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y lo bautizó".

     

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