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Ser madre en África

Coordina P. Ramón Navarro

Hna. Mª Silvia Fiorentino  
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desde Parakou (Benín) 
MN febrero  2010, nº 548




Difícil tarea la que se me encomendó, hablar de cómo ser madre en África. Estuve dando vueltas a la idea y se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era preguntarles a ellas mismas. Lo primero que logré fueron miradas de sorpresa, sonrisas de cortesía por no decir de lástima, timidez y mutismo frente a tan descabellada osadía, respuestas imprecisas, descripciones de lo que es tener un hijo.

Formulé la pregunta de distintas maneras. ¿Qué significa para ti ser madre? Muy teórico ¿Por qué tienes hijos? Muy personal y vaga. ¿Qué harías para convencer a una joven que tener hijos es muy bonito? Muy inquisidora y ridícula. ¿Por qué hay que convencer a alguien de hacer algo? Simplemente se hace. Tomé la actitud de abogado del diablo: los niños son un perfecto engorro, lloran, comen, enferman, hay que gastar en ellos y sin embargo los tienen y siguen teniéndolos una y otra vez. Miradas horrorizadas. Los mismos resultados, lo preguntara con el método que fuera.

Otra vez me encuentro con que la cultura determina muchas cosas y entre ellas las más importantes. ¿Cómo puede ser que llevando diez años aquí aún no pueda hablar de ellas si todos los días trabajamos juntas, las veo luchar día a día, construimos proyectos, casas, pozos, las veo llorar y sufrir y reímos y festejamos, haya motivos o no? Ser madre es siempre difícil pero os aseguro que en África es heroico.

Las mujeres en África tienen una vida muy complicada, son las más olvidadas a la hora de otorgarles derechos y las más solicitadas a la hora de exigirles deberes. Al tener un hijo y antes, por ser mujeres deben trabajar el doble, en casa y en el campo, ser capaces de olvidarse de sí mismas, porque van dando vida y eso les consume la existencia.

Velar por ellas ha sido nuestra tarea principal, su salud, sus ingresos, los trabajos que van haciendo para que sean dignos y les ayuden a crecer como seres humanos. Nos preocupan sus derechos, las leyes se los van reconociendo poco a poco, como si antes hubiera que demostrar que son personas para poder garantizar herencias, separaciones y hasta matrimonios.

Nos asombra su capacidad de superarse, prácticamente a todas se les ha muerto un hijo o varios y siguen adelante sin grandes lamentaciones, porque es parte de lo que les toca vivir. Compartimos un proyecto diocesano de promoción de la mujer y mediante sesiones de formación, clases prácticas y microcréditos tratamos de tomar conciencia junto a ellas de la enorme dignidad de su papel, y poco a poco las ayudamos a salir de situaciones de verdadera esclavitud.

Esclavas de matrimonios forzados o por intercambio familiar, de la ignorancia y el sometimiento, de la pobreza y los escasos recursos, de enfermedades incurables y desconocidas hasta hace poco, de partos reiterados en condiciones humillantes, de una situación de injusticia y trabajo agotador.

Se dice que sobre las espaldas de la mujer camina y avanza África, y creo que es así: ellas son el motor de muchas cosas: de la vida, del comercio, de la familia. Apoyarlas y estar a su lado es un compromiso asumido como respuesta a lo que Jesús dice en el Evangelio: “Todo lo que hagáis a alguno de estos pequeños, conmigo lo haceis”.

Un día estaba en una aldea pesando niños, algo que hacemos para evitar que caigan en estado de desnutrición irreversible y poder actuar a tiempo. Se arma un pequeño revuelo fuera y veo entrar a una anciana con un bulto muy pequeño en la mano. Lo desenvuelve y aparece ante mis ojos uno de los niños más feos que he visto en mi vida. No medía más que mi mano, estaba totalmente colorado, apenas respiraba, pero lo hacía con una convicción bastante grande para alguien tan pequeño.

La mujer me mira y con frases entrecortadas me dice que viene de lejos y a pie (de un pueblo al que yo empecé a ir hace poco y en coche me cuesta lo suyo llegar), su nuera dio a luz ese niño el día anterior y como se estaba desangrando la llevaron en una moto a la ciudad y dejó al niño dándolo por perdido. No había comido desde su nacimiento y no le sobraba aliento para sobrevivir si no salíamos ya en busca de ayuda médica y de su madre, estuviera donde estuviera.

Las abuelas aquí y en todo el mundo despliegan una capacidad de amor por sus nietos que quizás no pudieron tener con sus propios hijos. Se crea una complicidad que se salta generaciones y los iguala, es el amor de madre multiplicado por los años y la experiencia.

Partimos con la abuela y el niño a buscar al resto de la familia. Eran de la etnia peúl y los encontramos en el hospital de Parakou. La madre llegó medio muerta, pero ya estaba mejor, y allí pudimos internar a un niño tan pequeño que merecía el esfuerzo por el sólo hecho de haber nacido.

Volví a la carga con mis preguntas ridículas: ¿Es tu primer parto? No, hermana, y contando con los dedos y nombrando a cada uno, llegó hasta siete. Lo que pasa es que sólo han sobrevivido dos y éste que acaba de llegar. Se me cayó el alma a los pies. ¡Cómo se puede ser tan fuerte para superar estas cosas y seguir adelante! Muy sencillo: son madres, son fuertes, son capaces de dar vida, luchan porque no pueden bajar los brazos, porque a veces todo lo que tienen y atesoran son sus hijos.

En un mundo donde todo se calcula, se mide, se vende y se compra, aquí sigue habiendo excesos, pero de vida. No entro en cuestiones morales, si está bien o mal, sólo me paro a observar y muchas veces a admirar. Yo no soy capaz de tanta grandeza.


     

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