Entre el polvo y la esperanza
Coordina P. Ramón Navarro
P. Longinos López
|
| - |
desde Kapedo (Uganda)
|
| MN marzo 2010, nº 549 |
 |
|
Después de mis vacaciones en España, volví en diciembre a Kapedo, uno de los más recónditos rincones del norte de Uganda, donde me llevé un choque tremendo. Kapedo se encuentra muy cerca de las fronteras de Sudán y Kenia. Lo primero que descubrí haciendo el camino que lleva desde Kampala hasta mi misión fue el polvo de la carretera y zonas adyacentes. No ha llovido en varios meses y está todo muy seco y desolado. La gente apenas ha podido recoger algo de sorgo y maíz. La situación es muy dura y espero que las ayudas no falten para así aliviar el sufrimiento de tanta gente mayor y mucho más el de los niños.
El viaje de Kampala a Kapedo me llevó hacerlo más de doce horas en coche. Lo quise hacer de un tirón, normalmente lo hacemos en dos etapas, y a la mañana siguiente mis huesos me recordaron el largo y difícil viaje, pues me dolía todo el cuerpo. Enseguida me di cuenta de lo que significa estar sin lluvia unos cuantos meses: polvo a montones por todas partes, dentro y fuera de casa. De las comidas, mejor no hablar. Cuando recuerdo lo que se come en España se me encoge el estómago.
He empezado a visitar las diferentes zonas de la misión y voy comprobando las diferentes situaciones tanto de la gente como de los proyectos que tenemos en marcha. Gracias a la cooperación de Manos Unidas he visto cómo la gente se beneficia de los distintos pozos que se han excavado cerca de sus poblados. Van a ellos a buscar agua potable y enseguida veo la diferencia que ésta ha significado para la higiene y la tranquilidad de madres y chicas jóvenes, que no tienen que hacer como antes varios kilómetros para acarrear en sus cabezas el peso de los cubos de agua hasta sus casas. Aún quedan algunos pozos más que excavar y espero tener la misma suerte que con los ya puestos en funcionamiento, pues hemos encontrado agua con cierta facilidad.
También he visitado una aldea donde, gracias a la organización Ayuda a la Iglesia Necesitada estamos construyendo una capilla. Hasta ahora aún rezamos a la sombra de un gran árbol o, a veces, cuando es posible, en un aula de la escuela vecina. Ignacio, el catequista, y el grupo de gente que se reunió allí me preguntaban sobre mis vacaciones. Me miraban asombrados y sonrientes pues comprobaban que me había ido bastante bien ya que había engordado unos cuantos kilos.
Mi regordeta silueta contrastaba bastante con las de ellos y, entre bromas y risas, les decía que no exageraba cuando les aseguraba que en España se vive muy bien y que volver a Karamoya y acostumbrarse a la vida tan dura y exigente del lugar resultaba duro y se hacía cuesta arriba. No quería ni podía insistir demasiado en ello pues veía que sus miradas y sonrisas se transformaban en caras de pena y en palabras de aliento para que no me echase atrás. “Dios te ayudará y verás que pronto volverás a estar feliz y contento aquí”, me decían. Estoy seguro de que llevan razón y lo único que me queda es confiar y vivir cada instante a su lado con todas las consecuencias. Y Dios seguro que no me dejará sucumbir.
Al volver a casa me quedé pensando y recé para que las palabras de la gente no se las llevara el viento. Salir de España me costó; puede que porque me voy haciendo mayor y, sobre todo, porque sabía lo que me esperaba. Me duele ver cómo vive la gente, especialmente los ancianos y los niños que en esta situación de falta de alimentos, sólo comen algo de harina de maíz y judías, parecen esqueletos vivientes.
Y si recuerdo el ambiente navideño español me doy cuenta de que aquí no hay luces, adornos, escaparates ni tiendas, aunque sí hay cantos y música. Pido para que el año nuevo traiga a estas comunidades de pastores comida, que puedan comer por lo menos un par de veces al día, y así sean felices. Que los niños y niñas que van descalzos puedan comprarse unas albarcas. Que puedan quejarse por la falta de lo necesario y alguien les pueda escuchar porque es seguro que el año nuevo para ellos no significa nada nuevo ni diferente a lo que viven cada día de sus miserables vidas.
|