Una Semana Santa diferente
Coordina P. Ramón Navarro
P. M I G U E L Á N G E L V I L L E G A S
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D e s d e G U A N A J U A T O
M É X I C O
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| MN abril ´08, nº 528 |
Sabía que este año no podía celebrar la Semana Santa completa en el mismo lugar debido a que tenía que trabajar en la oficina. El miércoles por la noche salí para San Luis de la Paz y de ahí a Xichú, siempre en el Estado de Guanajuato. Había hablado con el párroco de Xichú y me sentí más tranquilo cuando me dijo que era bienvenido y que el lugar a donde iría se llamaba Puerto de Tablas. “Tráigase un suéter y una chamarra porque el lugar es fresco; bueno, ahora estamos en tiempo de calor, pero quién sabe”, me dijo.
Llegué a Xichú el jueves temprano. Hacía tiempo que deseaba conocer este recóndito lugar. La carretera está ahora asfaltada y parece nueva. Han pasado muchos años hasta que este lugar, en los linderos de la Sierra Gorda, ha podido contar con una buena carretera que lo conecte con el resto del Estado. El pueblo está enclavado en el fondo de un valle. Hace muchos años había, sobre todo, minas de cobre pero también de oro y plata. Con el tiempo se agotaron o simplemente las empresas se retiraron. Por aquí vivieron grupos muy aguerridos que se opusieron a los conquistadores españoles.
El párroco de Xichú, el P. Rey (Raimundo), como lo conoce la gente, es joven y dinámico. Es originario de un pueblo pegado a la ciudad de Querétaro y desde hace casi seis años es el párroco de este lugar. El P. Rey, en las primeras horas de la tarde, decidió llevarme a Puerto de Tablas para presentarme a la comunidad. La tromba de agua con granizo que había caído unos días antes había provocado un derrumbe y sólo cuando llegamos al lugar y nos encontramos con el paso cortado nos dimos cuenta de que no podíamos hacer otra cosa que volvernos para Xichú y tomar otro camino.
Un joven se ofreció a llevarme a mi destino. Llegamos a Puerto de Tablas y preguntamos por Máximo, el joven que se encarga de la capilla. Nos dimos cuenta de que estaba un poco preocupado porque no llegaba el sacerdote prometido. Había avisado de antemano a la gente que, por primera vez, tendrían un sacerdote durante esos días de la Semana Santa.
El párroco me había dicho que habría encontrado a unas 20 ó 30 familias. Enseguida noté que las casas estaban muy desperdigadas por las colinas. La capilla luce una fachada de piedra tallada. Vista de lejos, aparece en el centro de un pequeño valle. En el interior hay una docena de bancos de buena hechura. Máximo me llevó a comer con su familia, que está compuesta por la mamá y cuatro muchachas entre los 11 y los 18 años. Es gente buena y humilde. Ellas serían durante tres días mis mejores interlocutores, junto con Máximo. La madre, María Candelaria, merecería un capítulo aparte.
El Jueves Santo por la tarde llamamos a Misa. La voz había corrido: ¡había llegado un sacerdote! No fue fácil convencer a 12 varones que tomaran el lugar de los apóstoles para el lavatorio de los pies. No estaban preparados y les daba pena por llevar los pies llenos del polvo o el barro del camino y de los campos. Se animaron 11 y luego comenté que Judas se había perdido el lavatorio de los pies. Después de la Misa de la Cena del Señor no hubo el tradicional monumento, como se acostumbra este día, sino que hicimos un poco de oración con el Santísimo sobre el altar. Despedimos a la gente y la citamos para el día siguiente a las dos de la tarde para el Vía Crucis.
El Viernes Santo, a las dos de la tarde, se reunió la gente en la iglesia. Comenzamos con las dos lecturas de la celebración propia del día. Acto seguido, nos pusimos en marcha por los caminos que nos habrían de llevar hasta la cima de un promontorio rocoso donde está plantada una cruz y desde donde se pueden contemplar las montañas y, a lo lejos, el pueblo de Xichú. En la última parte del trayecto, las últimas estaciones del Vía Crucis, no había ningún camino señalado.
Subíamos por el cerro empinado mientras un par de hombres cantaban a todo pulmón un canto tradicional sobre la Pasión de Jesús. En lo alto del peñón hicimos las oraciones del día y la adoración de la Cruz, para luego bajar devotamente a la iglesia y concluir el rito de la celebración propia de este día.
Citamos a la gente para las 7 de la tarde del día siguiente, Sábado Santo, pero entre una cosa y otra no pudimos comenzar hasta pasadas las 8. Estuvo mejor porque comenzaba a oscurecer. Llevamos a cabo la bendición del fuego nuevo y la entronización del cirio pascual.
Máximo había estado preparando las lecturas y los cantos. Recortamos un poco la bendición de la pila bautismal, ya que parece que aquí nunca hay bautismos, pero sí rocié a la gente con el agua que bendije y luego procedimos a la renovación de las promesas del bautismo y a la profesión solemne de fe
Yo mismo estaba sorprendido de la respuesta de la gente, sobre todo de los varones. Alguien me había comentado en Xichú que en Puerto de Tablas cantaba toda la comunidad, incluidos los hombres. Como había estado confesando el día anterior y antes de la Vigilia Pascual, fueron numerosas las comuniones. La capilla estaba llena, no sólo con gente de Tablas sino con personas que llegaron del rancho cercano, el Contadero. Terminamos después de las 10 de la noche, pero seguramente la feligresía había experimentado algo nuevo y diferente: la presencia de Jesús resucitado en parajes nunca antes visitados en este tiempo por un sacerdote.
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