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La historia de Brian

Coordina P. Ramón Navarro

P.   J O H N    W E B O O T S A
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D e s d e   K O R O G O C H O
(K E N I A)
MN abril ´08, nº 528




Hace ahora diez meses que llegué a Korogocho. Había estado aquí antes mientras estudiaba, siendo postulante y diácono. Era un lugar que me gustaba y cuando fui ordenado sacerdote pedí ser destinado aquí, aunque mis superiores me mandaron a Eritrea. Ahora he vuelto y veo que esto no ha cambiado mucho. Conozco a muchas personas pero me he encontrado también con gente nueva. Uno de ellos es Brian Oketch. Lo conocí cuando entró a formar parte del grupo de monaguillos. Un día me llevó a su casa y me contó su historia.

Tiene 14 años y tres hermanos. Como muchos niños en esta zona, Brian nació en una familia humilde. Su madre es la que se encarga de proporcionarles la comida. Esto es muy común en las familias que viven en Korogocho. Cuando Brian se dio cuenta de que su madre no podía alimentarlos a todos decidió irse de casa y buscarse la vida a la vez que ayudaba a su madre.

Se unió a otras pandillas de niños y con ellos se dedicó a escarbar en los estercoleros que abundan alrededor de Korogocho y a vender lo que encontraban. Conforme fue creciendo vio que no podía quedarse ahí el resto de su vida y que tenía que buscarse otra forma de vivir. Acabó encontrándose con gente que le habló de las sectas y se unió a una de ellas. Lo engañaron prometiéndole dinero y otras lindezas. Como él buscaba dinero para ayudar a su madre, no tuvo elección. Un día fue a oír lo que decían y enseñaban. Pasaban por cristianos.

Asistió a sus cruzadas y a sus reuniones sin que su madre lo supiera. Lo hizo durante algunas semanas. Luego comprendió que aquello no le gustaba ni era lo que buscaba. Un día encontró a uno de los chicos con quienes había estudiado el catecismo y este amigo le propuso que se hiciera monaguillo. Brian le ijo que no le gustaba la idea y que prefería seguir haciendo otras cosas

Una casualidad hizo que otro día se encontrase con su antigua catequista, quien le preguntó lo que hacía y le invitó a volver a las clases de catecismo. No le dijo que no y después de pensárselo durante un tiempo volvió a las clases. Estudió muy atentamente la Palabra de Dios, que le exigía vivir respetuosamente con los demás y amarlos como Jesús.

Su vida pronto dio un cambio de 180 grados. Se bautizó, recibió la Primera Comunión y la Confirmación. Dejó de lado a los compañeros con quienes se había codeado por las calles y basureros y empezó a estudiar. Ahora es un joven maduro y responsable; trabaja con el grupo de monaguillos y está mucho más unido a su familia. Y lo mejor de todo, es capaz de decirles a sus antiguos compañeros que siguen proponiéndole que vuelva con ellos que no quiere saber nada de aquella vida y que prefiere seguir sus estudios y una vida normal en la familia y con sus amigos de escuela y parroquia.

La historia de Brian es la de muchos chicos africanos. Es la historia de mucha gente de Korogocho. A pesar de todas las desigualdades existentes en este ambiente, ellos quieren luchar para lograr que su dignidad sea respetada y aceptada por todos. Algunos son afortunados y lo consiguen; ven que sus sueños se hacen realidad. Otros andan luchando para conseguirlo y otros muchos mueren en el intento.

Hay muchas historias maravillosas y esperanzadoras en Korogocho. La de Brian es una de ellas. Estando aquí me he fortalecido en la convicción de que debo entregar mi vida con determinación y generosidad para que estas gentes ‘heridas’ puedan encontrar un modo de vida mejor. Sé que las dificultades no van a ser pocas pero las afrontaré con gozo siempre y cuando vea que hay quienes optan por la vida y luchan por mejorarla.

Continuemos trabajando por nuestra liberación ya que a ella estamos destinados y constituye nuestra identidad: ser hijos de Dios libres.

 

 


     

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