Pascua en Teticha
Coordina P. Ramón Navarro
P. J O S É M I G U E L C Ó R D O V A
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D e s d e E T I O P Í A
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| MN abril ´08, nº 528 |
Nuestra Semana Santa empezó el Martes Santo con la concelebración de la Misa Crismal presidida por el obispo. Es interesante poder ver que cada vez son más los sacerdotes africanos que trabajan en este vicariato, no solamente clero local (sidamo), sino también congregaciones nacidas en otros países de África que se abren a la dimensión misionera de la Iglesia universal.
Se hace realidad el ideal profético de nuestro santo fundador, Daniel Comboni: “Salvar África con África”. Después de 44 años de trabajo misionero de los combonianos en este Vicariato de Awasa el 50 por ciento de los sacerdotes son ya de origen africano.
El Jueves Santo fui a celebrar la Misa de la Cena del Señor a Samalo, una de las 85 capillas que tiene la misión de Teticha, donde se iban a reunir los cristianos de cuatro capillas vecinas (a tres o cuatro horas de camino). Esperar es algo que he aprendido aquí en África, donde tenemos que ir al ritmo de la gente y no la gente al ritmo nuestro. Así que después de un par de horas viendo llegar a grupos de niños, jóvenes, mujeres y ancianos empezamos la celebración de la Misa con el tradicional lavatorio de los pies.
Fueron doce los hombres que se adelantaron a sentarse delante del altar para cumplir con el rito. Algunos llevaban sus zapatos; otros, los más, se los habían quitado para no ensuciárselos con el fango de los caminos. Podéis imaginaros cómo llevaban los pies después de caminar durante horas en el barro pues había estado lloviendo durante toda la noche anterior. El acto en sí dice que eres parte de la gente y que compartes con ellos la vida. Para los adultos y ancianos el acto de lavar los pies de los huéspedes es algo que se “debe hacer” como parte natural de la acogida dispensada a quien viene a verte.
Después de la Misa, me ofrecieron de comer la “wasa”, producto del falso plátano, comida tradicional de los sidamo. Fue algo rápido y sin muchos protocolos; mi mayor preocupación era el cielo cubierto de nubes. Caso de que lloviera me iba a ser poco menos que imposible salir de donde me encontraba, y me arriesgaba a tener que quedarme a pasar la noche por el camino. La gente me permitió ponerme en marcha inmediatamente y así pude llegar a casa cuando empezaban a caer las primeras gotas del “diluvio”.
El Viernes Santo me tocó ir a la capilla de Kolisho para la adoración de la Cruz. Antes de empezar hicimos el Vía Crucis con mucho fervor y devoción por parte de la gente. Lo que más me impresionó fue el fervor, respeto y recogimiento, además de las lágrimas que derramaba la gente cuando se levantaban delante de la Cruz. Primero los más ancianos y luego los niños. Fue muy emocionante.
El sábado por la noche, junto con P. Mansueto, fui a celebrar la Misa de la Vigilia Pascual a una capilla a tan sólo 15 kms. de la misión. Habían preparado una gran hoguera delante de la iglesia. Alrededor de las 8 bendijimos el fuego y en procesión, detrás del cirio, pascual nos dirigimos a la iglesia. El grupo de catecúmenos que se había preparado para recibir el bautismo esa noche santa estaba radiante y sus voces resonaban por encima de las de los demás feligreses que en gran número abarrotaban la iglesia. “¡Aleluya, Aleluya, Yesus Kristosi Ka’ino! (¡Aleluya, Aleluya, Jesucristo ha resucitado!), proclamaban a voz en grito y con entusiasmo juvenil.
Cristo había resucitado nuevamente y la vida de los cristianos se había llenado de alegría inusitada. La Pascua de este año milenario nos da nueva vida a todos los que nos encontramos trabajando en la misión. Misión que no es otra que compartir a Jesús Resucitado que vive entre nosotros, con los más pobres y abandonados que buscan a Dios con el corazón y no con la razón ni por interés.
Que Jesús ha resucitado es verdad porque Jesús ya está vivo en el corazón de esta gente, nuestra gente que se abre al maravilloso don de un Dios que se entrega totalmente por nosotros; está vivo porque lo sentimos en nuestros corazones cuando celebramos la Eucaristía unidos a nuestra gente, a estos nuestros hermanos más pobres y abandonados materialmente pero ricos en fe y amor.
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