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Fiestas y silencios de paz

Coordina P. Ramón Navarro

P. TOMÁS    HERREROS
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D e s d e    A M A K U R I A T O
( K E N I A )
MN febrero ´08, nº 526




Amediados de octubre llevé a un joven diácono a unos poblados que lindan con los turkana (tradicionales enemigos de los pokot), donde la gente nos estaba pidiendo que construyésemos una capilla y una escuela pequeña. No es que quieran escolarizar a todos los niños, les basta con llegar al cuarenta por ciento, y ya es mucho. Pero teniendo la pequeña escuela entran a formar parte del programa de alimentación escolar y eso les interesa al cien por cien. A partir de los siete años la mayoría de ellos y ellas tienen que cuidar de las cabras, ovejas y terneros. A medida que crecen suben de categoría y pasan a cuidar vacas y camellos.

Como la diócesis de Kitale, con el departamento de Justicia y Paz, ha subvencionado la apertura de un camino a través de un paso de montaña que facilite las relaciones entre estos dos pueblos, no nos fue difícil llegar allí. Además ese día tuvimos suerte porque nos encontramos que la gente celebraba una fiesta tradicional y pudimos encontrar a adultos y jóvenes reunidos.

Por desgracia, unas semanas antes aquellos poblados habían sido visitados por los turkana, que robaron parte del ganado; también habían matado a tres jóvenes, hijos de la misma madre. Una verdadera tragedia. Al mismo tiempo, algunos pokot aliados con karimojong hicieron una incursión en la zona este del territorio que atiende nuestra misión de Amakuriat, robando a los turkana. Como resultado de este último ataque morían trece jóvenes turkana y tres de los atacantes.

El Ejército y la policía de Kenia reaccionaron y vinieron esta vez con helicópteros a las montañas en busca de ganado robado, pero no lo encontraron. No obstante, hay que agradecer que se hubieran movido de modo que los jóvenes guerreros comprendan que ese tipo de prácticas, por muy tradicionales que sean, son delictivas, perniciosas y dolorosas.

A pesar de que las costumbres cambian con rapidez, no todas ellas lo hacen como nosotros quisiéramos. La gente misma ha de ser la que decida qué costumbres dejar y con cuáles continuar a medida que acogen el mensaje de Jesús en sus vidas. Por desgracia la costumbre de organizar razias para robarse el ganado entre los pokot y los turkana sigue muy arraigada. Todo el mundo sabe que nosotros las condenamos porque con frecuencia producen muertos, tanto entre los combatientes como entre la población que vive en sus casas cuidando el ganado del que dependen sus vidas. Ésta es una de las razones por las que hay pocos hombres cristianos entre las tribus de pueblos pastores. Otra es la poligamia. No hay que olvidar que la fe es gracia, y llega cuando llega, ya sea en condiciones favorables como desfavorables.

Todo el mundo sabe también que, como misioneros, llevamos años promoviendo actividades que fomentan la paz y el diálogo entre las partes beligerantes. Los resultados están siendo positivos, pues las grandes razias han disminuido, pero no desaparecido. Los gobiernos de Kenia, Uganda, Sudán y Etiopía se han propuesto confiscar las armas a los jóvenes. Pero les resulta difícil conseguirlo por la fuerza, mientras no garanticen seguridad, o mientras no ofrezcan mejores sistemas de educación.

Después del ataque a los turkana en la zona norte, los jóvenes escondieron el botín de animales en la montaña de Moroto. Cuando el Ejército volvió a sus cuarteles, ellos regresaron con su parte del botín a sus casas. Es costumbre que cuando llegan, las chicas jóvenes y mujeres les reciban con cantos y algarabía de victoria. Esta vez en un par de caseríos el silencio fue la acogida que les dispensaron. A los ‘guerreros’ no les gustó ni un pelo y se enfadaron con ellas. Su respuesta fue: “Como cristianas no podemos aceptarlo”. Algunos ancianos las amenazaron con no dejarles participar en los servicios dominicales. Al enterarnos, fuimos a hablarles para que comprendieran nuestras razones. Y a decir verdad que las van aceptando. Convencer a los jóvenes es más difícil. Para ellos esas peleas les sirven para matar el tiempo, demostrar su valía y valentía, conseguir ganado extra para matrimonios, socializar.

En los caseríos de Kases resonaron silencios de paz. Y cantos de júbilo en la capilla, aunque los participantes fueran menos de la mitad del total de muchachas y mujeres que vienen a los servicios desde distancias que superan los diez kilómetros. La inestabilidad creada por los ataques mantiene a la gente escondida y esparcida en la sabana espinosa de nuestra zona. Sólo cuando vuelvan las lluvias regresarán a sus residencias más permanentes para continuar cavando la tierra una vez más con la esperanza de que este año no les fallen las lluvias, como sucedió el año pasado.

Mientras las jóvenes siguen la vida tradicional, John Korir, el diácono que mencionaba, ha continuado organizando el trofeo "Madre de la Paz" entre jóvenes estudiantes de las parroquias vecinas: Tapach, Moroto, Lorengikipi y Amakuriat. Por culpa de la susodicha razía dos de ellas no pudieron venir; pero las otras dos sí que lo hicieron. Se trata de pasar un par de días juntos jugando, conviviendo, reflexionando sobre algún tema y rezando. Este año han incluido "tiro al blanco" con flechas, y ha sido de gran expectación. En ese deporte y en las carreras son maestros. El profeta Isaías quería hacer podaderas con las lanzas, hoy es más realista que las convirtamos en jabalinas. Las armas que hacen pupa de verdad son las de fuego, y también nuestros jóvenes las tienen, por desgracia. Ojalá que pronto se oxiden, para que todos vengan a cantar con ellas en las capillas, y ninguna madre tenga que llorar como le sucedió a nuestra amiga de Akelim, que perdió tres hijos jóvenes en un solo día.


     

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