Compartir vida y esperanza Coordina P. Ramón Navarro
| F R A N CA C A T T O R I N I |
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D e s d e J U B A
( S U D Á N ) |
| MN febrero ´08, nº 526 |
Las palabras del Papa para el Domund
2007 expresan maravillosamente
lo que vivo cada día
en Juba. Por una parte, la urgencia,
el deseo profundo de que los hombres
y mujeres que me encuentro cada día
puedan encontrarse con Cristo. Por
otra, la necesidad absoluta de creer
que Dios me guía, sostiene y acompaña
todos los días. Sin eso estoy segura de
que no podría estar aquí. Porque no se
puede aceptar la pobreza, el dolor, la injusticia
sin creer que está todo impregnado
por Dios. No puedes aceptar
que un pueblo no conozca la paz, la posibilidad
de proyectar una vida mejor,
ni trabajar por conseguirlo sin estar segura
de que todo se ha resuelto ya en el
misterio del amor de Dios.
El tratado de paz, firmado en enero
de 2005, se apoya sobre un equilibrio
tremendamente inestable. Cada día
está amenazado por unos y otros. La
provisionalidad es muy fuerte, a pesar
de que se ven signos de reconstrucción
y desarrollo. A nivel político los
rifirrafes entre norte y sur son inevitables.
Siguen las pobrezas de siempre:
falta de medicinas, agua limpia, energía
eléctrica, una mínima asistencia sanitaria,
a las que se suman las nuevas
pobrezas: alcoholismo, desechos y el
tráfico caótico ocasionado por el nuevo
comercio. No digo que esto sea negativo,
pues la gente tiene más alimentos,
vestidos, algo más de dinero,
pero eso crea nuevos problemas
que la gente no puede afrontar por no
tener los medios para hacerlo.
Cuando sales a 4 ó 5 kms. de Juba
todo cambia. Encuentras las cabañas
cercanas al Nilo rodeadas de verde, la
gente pobre que vive con lo indispensable,
envuelta en la naturaleza tranquila
y silenciosa. Algunas gallinas y
cabras, campos de lentejas o alubias,
gentes que caminan incansablemente
en busca de agua, leña o carbón.
Hace tan sólo unos días salí a Khorromola,
una aldea cercana a nuestra casa.
Llegué en coche hasta donde pude
y luego tuve que cruzar un riachuelo.
Hay unas cincuenta chozas, gente sencilla
y poco más. Algunas mujeres cocinaban
alubias sobre unos carbones.
Me acogieron estupendamente. Encontré
a Daniel, un chico de 18 años.
Me habló unas palabras en inglés. Me
extrañó que lo supiera porque estaba
convencida de que nadie lo hablase
en la aldea. Me explicó que había terminado
la escuela superior en Juba y
que esperaba empezar la Universidad.
Le pregunté si para ir a la escuela
tenía que hacer todos los días la
carretera que acababa de recorrer yo.
Sonriendo me contestó: “Claro que sí,
¿acaso hay otros caminos? Algún día
voy en la bicicleta que me presta un
amigo”. Sus grandes ojos y su sencillez
me hicieron pensar que Daniel era un
signo de esperanza.
Cuando me siento cansada o desconfiada
me voy a dar una vuelta por
estas pequeñas aldeas. La gente que me
sale al encuentro es feliz sólo por haberme
acercado hasta ellos. Me hacen
pensar en lo relativo que es todo;
me pacifican con mis fallos, con las preguntas
que me surgen en lo profundo de
mi ser: ¿Qué es lo mejor para estas gentes?
¿Cuál el verdadero desarrollo?
¿Qué puedo hacer por ellos? ¿Cómo
preservarlos de los peligros de nuestro
estilo de vida occidental? ¿Se puede hacer
o es un paso obligado, una experiencia
que tarde o temprano deben
hacer? ¿Qué me hace más mal, su sufrimiento
o mi miedo e incapacidad de
sufrir con ellos?
Querría hacer tanto, todo, enseguida,
ver resultados gratificantes; ver a toda
esta gente sana, limpia, instruida, realizada,
borrar todo tipo de pobreza y
sufrimiento. ¡No se puede! Se nos pide
caminar al lado de estas personas,
poner a su disposición lo que somos y
tenemos pero sin evitar lo más importante:
compartir sus fatigas y su pobreza.
El Señor tampoco nos lo pide.
Podemos y debemos dar lo nuestro
pero la salvación viene sólo de Dios.
Ojalá la pobreza de estas gentes sane
nuestro corazón, que tiene miedo de
compartir, sane nuestras mentes soberbias,
sane nuestras ansias de perfección.
El Señor nos ayude a dar sólo
aquello de lo que cada hombre y mujer
tiene necesidad verdadera: el amor, la
estima, el respeto y el bien verdadero.
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