Esto es África
Coordina P. Ramón Navarro
| C R I S T I N A D E P A N O |
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D e s d e M O N G O U M B A
( REPÚBLICA CENTROAFRICANA) ) |
| MN febrero ´08, nº 526 |
El verano pasado logré realizar mi
sueño de ir a África. Mi destino,
como cooperante misionera, fue
Mongoumba, un pueblo de unos once
mil habitantes cerca de Bangui.
Mi llegada coincidió con la boda de
Rosa, laica misionera comboniana. No
podía creer en mi suerte.
Con Rosa experimenté lo que es verte
observada y escrutada por las gentes
que habitaban las calles embarradas
y sin urbanizar: mujeres transportando
inmensos hatillos sobre sus cabezas, niños
ofreciendo buñuelos, huevos, postales
o cualquier cosa vendible, corros
y corros de hombres pasando las horas
en un diálogo inacabable, animales domésticos
deambulando libremente, familias
comiendo a la puerta de sus casas,
envueltas en un crisol desbordante
de olores a frutas, especias, humos y
aromas extraños que, bajo un calor húmedo
difícil de respirar, perfumaba
unas vidas que se viven en la calle y llenaba
de fragancias y quietud un tiempo
personal que transcurre comunitario.
El viaje a Mongoumba fue una odisea:
lluvia, barrizales, socavones, árboles
caídos sobre el camino. Por fin, apareció
la selva y flanqueando el desdibujo
de la carretera, un desconcierto de pequeñas
chozas de barro con cañas, animales
sueltos y gente dispersa que formaban
la aldea por la que yo había
viajado miles de kilómetros.
primera
de las dos visitas que hice a los
campamentos pigmeos durante mi corto
mes de estancia. Un pigmeo nos hizo
de guía entre la maleza de la selva y los
caminos abiertos por los madereros.
De pronto, como salido de un documental
televisivo, apareció un claro de
tierra rojiza y llana con cinco chozas pequeñitas.
Recuerdo una mujer cortando
coco y machacando semillas en un
cuenco, un niño barriendo fuera de su
casa..., y los hombres, ausentes, que habían salido a buscar “macongo”, deliciosos
gusanos que truecan en el mercado.
Su espíritu noble y hospitalario
despertaba una confianza plena hacia
ellos y la felicidad de sentirse acogida
por un pueblo tan diferente al mío.
En Mongumba iba a nuestro dispensario,
a la farmacia del pueblo, al
mercado donde se abastecen de lo cotidiano,
asistía a las clases que dan de
formación para profesores, visitaba casas...,
en fin, un mirar y no tocar casi
exasperante por la falta de responsabilidad
que conllevaba, aunque, afortunadamente,
me dejaron hacer pequeñas
curas, que para algo soy ya casi
enfermera.
Las personas allí son extremadamente
acogedoras, salían a nuestro encuentro
por calles y caminos sin más objetivo
que mostrar sus sonrisas y envolvernos
en largos y cordiales saludos
que, aun no entendiéndolos, hacían fácil
y deseable su trato. Los niños no
diferencian entre trabajar y jugar, con lo
que hacen las dos cosas a un tiempo
desde una naturalidad encantadora.
Malvisten todos ropas muy gastadas,
por lo que cualquier prenda nueva tiene
más valor que otra más bonita, pero usada; así ocurre que se acercan a Misa
con una camiseta publicitaria o un
disfraz de princesa orgullosos de mostrar
a la comunidad que llevan algo
nuevo. En sus Eucaristías participan activamente
dando palmas, cantando y
ofreciendo su “amén” conjunto a cuanto
les suena a afirmación, no van a la
iglesia a escuchar o a calentar bancos,
sino a intervenir casi en diálogo con
el sacerdote.
sacerdote.
Termino con una anécdota que, acaso,
refleja mejor que mis palabras el talante
de aquellas gentes. Un día Susana
y yo pretendíamos hablar con el enfermero
del hospital para que nos descifrase
una receta ilegible. Durante más
de media hora estuvimos dando vueltas
por el hospital buscándolo pero no vimos
a nadie, los pacientes estaban
completamente solos. Al fin, cansadas
y de vuelta a casa, nos encontramos con
uno de los catequistas y le explicamos
lo sucedido. Cuando quisimos hacerle
ver el trastorno que nos había causado,
y nuestra intención de recriminarles
al día siguiente por su pachorra y su desatención,
el catequista, por toda contestación,
parsimoniosamente, nos dijo:
“C’est l’Afrique”.
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