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Médico del cuerpo y del alma

Coordina P. Ramón Navarro

P.  J OSÉ    OSCAR   FLORES
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D e s d e   K A R M O Y A   (U G A N D A)
MN mayo ´08, nº 530




Marko Loli era un pastorcillo de apenas 12 años. Él pudo terminar la primaria en la escuela de la misión gracias a que un sacerdote misionero pudo pagarle los estudios. Pero una vez terminada la primaria, que dura 7 años, no pudo continuar por falta de recursos materiales.

Volvió a su aldea a cuidar vacas. No es un trabajo muy fácil, ya que hay que llevar las vacas y cabras a lugares lejanos, donde puedan encontrar agua y pastos frescos. Luego existe el peligro de enfrentarse con quienes, armados con fusiles, pueden matarlas y robarlas. Marko Loli era consciente del peligro, pero aceptó ese trabajo para ayudar a sus papás, que eran bastante pobres.

Un día, Marko supo que el Gobierno abriría en la zona algunos centros de educación secundaria para alumnos que habían dejado la escuela. Él se inscribió en la secundaria e iba a clases por las tardes, después de apacentar sus rebaños. Su único alimento era alguna liebre o conejo que lograba matar en la sabana o robar un poco de leche de sus vacas. Con mucho sacrificio siguió estudiando al mismo tiempo que cuidaba sus animales durante el día.

Al cabo de tres años, Marko terminó su secundaria con buenos resultados. Su intención era proseguir los estudios en algún instituto superior. Tenía 18 años y sabía muy bien lo que quería. Su padre deseaba retenerlo en la aldea para que encontrara mujer y se casara.

Pero Marko tenía otras aspiraciones. Su padre le preguntó: “¿Qué quieres hacer ahora que has terminado tu secundaria?”. Él contestó seguro de sí mismo: “¡Voy a ser sacerdote y doctor!”. “¿Qué?”, le contestó su papá. “Sí, quiero ser sacerdote para enseñar a mis hermanos karimoyón la fe cristiana que yo he recibido desde muy niño. Y también quiero ser doctor, porque aquí en Karamoya hay tantos que mueren de muchas enfermedades fácilmente curables y todo por falta de médicos”.

La mamá de Marko había muerto poco antes de tuberculosis, una enfermedad que se puede curar, pero no habiendo doctores en toda esa región, acabó por llevársela de este mundo.

Marko acaba de ser seleccionado para entrar al seminario diocesano de Nadiket, diócesis de Moroto, y piensa ser sacerdote. La vida del seminario es muy diferente a la vida de los jóvenes y adolescentes karimoyón. Tienen que estudiar, orar mucho y prepararse para su futura labor de predicar el Evangelio a sus mismos paisanos.

Estos seminaristas representan el futuro de la Iglesia en esta parte de Uganda. Algunos de los misioneros ya somos ancianos y estamos cansados. Son ahora ellos, los karimoyón, quienes tienen que seguir adelante con el trabajo de evangelización. Más del 80 por ciento de esta tribu no está bautizada. Si no ayudamos a estos jóvenes, la Iglesia no podrá hacer nada en Karamoya.

Estoy convencido de que las nuevas generaciones de karimoyón, especialmente los estudiantes, serán quienes logren inculturar el Evangelio en la cultura karimoyón. Por ejemplo, las mujeres trabajan muchísimo mientras los hombres duermen bajo los árboles. Hoy en día, sin embargo, muchos estudiantes ya empiezan a lavarse su propia ropa y a prepararse la comida. Esto supone un gran cambio en esta tribu y Marko seguramente será uno de los que ayudarán a que estos cambios se sigan dando en una cultura tan cerrada como en la que vive.

Es verdad que los karimoyón han sido dejados de la mano de Dios. El Gobierno no ha hecho casi nada por ellos. Nosotros, como misioneros, tenemos que ayudarles a entender el amor de Dios y nada mejor que ayudar a los que, como Marko, quieren estudiar y hacerse sacerdotes.


     

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