Érase una vez un huerto
Coordina P. Ramón Navarro
P. M A R I A N O P É R E Z
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D e s d e M O U N T F R E R E (SUDÁFRICA)
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| MN mayo ´08, nº 530 |
La ciudad de Mount Frere acoge
cada día a miles de personas
que llegan de las aldeas para
hacer sus compras. Las tiendas
abren diariamente y hacen negocios
redondos. La ciudad carece de
industrias que puedan ofrecer trabajo
a la gente local; la tasa de desempleo
supera el 40 por ciento, y nada
hace pensar que las cosas vayan a
mejorar en los próximos años.
Los fundadores de la misión de
Mount Frere en 1892 sabían muy
bien que el florecimiento de una
misión no se basa solamente en la
construcción de una bonita iglesia y
una residencia para los sacerdotes y
hermanos.
Desde el principio de la misión
se dedicaron al desarrollo humano
y material de la gente, y así construyeron
primero un molino y, en
los años posteriores, una carpintería,
un huerto, una pequeña granja
avícola, una sala para que las mujeres
puedan coser y dos salones
parroquiales donde se imparten
charlas, cursillos, encuentros con
jóvenes, catequesis, danzas y actividades
varias.
Con todo, es el huerto de la
misión la joya más preciada y que
más atenciones requiere. El pozo de
la misión suministra agua suficiente
para regar el huerto y para abastecer
a los vecinos que a veces, en
ininterrumpida procesión, se acercan
a recoger agua. El ministerio de
Sanidad nos ha asegurado que el
agua es excelente para el consumo
humano.
El Hno. Hermann, misionero
comboniano, ha hecho del huerto de
la misión de Mount Frere un vergel,
envidia de los vecinos y asombro de
todos los que pasan frente a ella. La
pasión del Hno. Hermann por los
huertos y el desarrollo agrícola le
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viene de lejos. A la temprana edad
de quince años ya tuvo sus primeras
lecciones de jardinería y horticultura
en la finca que los misioneros
combonianos poseen en Palencia.
Allí, otro Hno. comboniano, Paul
Zeller, despertó en el Hno. Hermann
el deseo de cultivar los campos y
hacer del desierto un vergel.
En 1976 fue destinado –cosas del
destino– a Sudáfrica, donde seis
años antes su hermano había perdido
la vida. Desde entonces trabaja
en este país y con su trabajo y su
ejemplo ha llegado a muchos miles
de personas.
Dos jóvenes trabajan a tiempo
completo con el Hno. Hermann en el
huerto y con bastante frecuencia
otros dos jóvenes tienen que ser
empleados en épocas de mayor
demanda para abastecer a las personas
que compran verduras ya crecidas
o bien pequeñas verduras que
luego ellos plantan en sus huertos
alrededor de las casas para consumo
familiar.
La espinaca es la verdura preferida
de la gente casi durante todo el
año, pero dependiendo de la estación
del año, el huerto proporciona
lechugas, zanahorias, calabacines,
repollos, cebollas, pimientos, berenjenas,
tomates, calabazas, rábanos...
y ¡hasta pimientos de Padrón! En
menor cantidad, unos pocos árboles
producen frutas variadas –ciruelas,
manzanas, melocotones, higos y
cerezas– para que podamos tener
suficiente variedad para nosotros, e
incluso para los intrusos que no
escatiman artimañas para hacerse
con frutas que no les pertenecen.
Difícilmente un huerto puede
mantenerse sin agua. Consciente de
ello el Hno. Hermann insiste a todos
los que se acercan a él en busca de
ayuda para comenzar un pequeño
huerto que no basta con poseer un
trozo de tierra para cultivar y plantar verduras. El agua es a un huerto
lo que la gasolina es a los coches:
funcionan durante un cierto tiempo
pero más pronto que tarde necesitan
reponer combustible.
A menudo, el Hno. Hermann se
compromete a vallar los futuros
huertos y a proporcionar gratis los
tubos para el agua; a cambio, los
dueños de los huertos han de hacer
las zanjas para las tuberías y proporcionar
el cemento para que las
vallas sean suficientemente sólidas
y resistan con garantías de éxito las
frecuentes embestidas de cabras,
caballos, vacas y burros que ven en
los huertos el manjar preciado que
desde siempre anhelan.
Reducir las actividades de la
misión de Mount Frere al huerto y
las hortalizas y verduras que produce
sería una simplicidad y no reflejaría
en absoluto toda la realidad de
la misión. En los últimos años, los
combonianos que han pasado por la
misión han diversificado las actividades
de promoción y desarrollo
con el fin de proporcionar trabajo a
varias personas y acariciar así el
sueño del desarrollo local.
Nada hace pensar que un pequeño
huerto en la misión católica de
Mount Frere vaya a solucionar los
problemas de la gente. Pecaríamos
de ilusos si así lo creyéramos. Lo
que intentamos es concienciar a la
gente para que, viendo el huerto de
la misión, se animen y comiencen a
pensar que el futuro puede ser más
esperanzador si se trabaja con ganas
y sin desánimo.
Las hortalizas del huerto con su
lento crecimiento hablan por sí
solas: hay razón para la esperanza
si con paciencia, esfuerzo y regularidad
se trabaja para crecer. Sin trabajo
no hay recompensa; sin esfuerzo
difícilmente puede haber futuro.
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