Un buen samaritano apaleado
Coordina P. Ramón Navarro
P. R A F F A E L E C E F A L O
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D e s d e K E N I A
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| MN mayo ´08, nº 530 |
Se nos ha dicho por activa y
por pasiva, tanto por autoridades
civiles como religiosas,
que cuando en África uno se
encuentra ante un accidente mientras
viaja no se debe parar sino
acudir lo antes posible a la estación
de policía más cercana y dar cuenta
de ello.
La razón de semejante recomendación
es muy sencilla: dados los
tiempos en que vivimos, hay que
evitar que sean dos las tragedias en
vez de una. La gente se puede revolver
desesperada contra uno que no
pinta nada allí y herir o matar a
quien ninguna culpa tiene. Sucede a
menudo también que a uno que tiene
sentimientos cristianos esas
advertencias le resbalen y no sean
tan fáciles de observar como parecería
a primera vista.
Hace unas semanas, a eso de las
cuatro de la tarde, después de
haber dejado Nairobi de buena
mañana, volvía a mi misión en el
noreste de Kenia. Iba solo. En eso
que de pronto me parece ver algo
delante de mí en medio de la carretera
mientras un coche estaba aparcado
a un lado de ella. Disminuyo
la velocidad y veo que lo que había
en la carretera era el cuerpo de una
niña de unos siete años de edad.
Freno en seco inmediatamente y
salgo del coche. Me encuentro a
una mujer llorando que se pone a
gritar desconsolada y con gestos
terroríficos en su cara. Acercándome
a la niña, me doy cuenta de que
estaba muerta. En ese momento un
indio de media edad sale del coche
aparcado al lado de la carretera y
me grita: “Padre, lo siento. No tuve
culpa alguna. La niña se avalanzó
sobre mi coche sin que me diera
cuenta ni pudiera esquivarla”.
En ese momento, la mujer, viendo
que la niña estaba muerta empezó
a gritar la ‘señal’ de alarma africana.
En cosa de segundos se arremolinó
una ingente multitud. Imaginando
lo que iba a pasar, que lo
iban a linchar en el lugar, me dirigí
58 MUNDO NEGRO JUNIO 2008
hacia el indio y le dije que se escapara
corriendo y fuera a dar parte
al puesto de policía más cercano.
Apenas le dio tiempo de ponerse en
marcha y escapar con el coche donde
se veía clarísimamente las manchas
de sangre del accidente.
Lo que pasó os lo podéis imaginar.
La gente se dio cuenta de lo
sucedido y se volvió hacia mí con
cara de pocos amigos. “Mzungu
(europeo), asesino, asesino”, me
gritaban. Estaba asustadísimo y
temblaba de pies a cabeza. Sabía
que mis días estaban contados. En
mis 50 años de vida misionera en
África he contemplado varios linchamientos
bárbaros sin ninguna
posibilidad de hacer nada. Grité
desaforadamente que no era el conductor
del coche y que me había
parado para ayudar. No se me ocurrió
otra cosa que correr hacia mi
coche y encerrarme dentro.
Afortunadamente la turba encorajinada
no había tenido tiempo de
coger piedras y palos y golpeaban
mi coche con sus pies y manos sin
conseguir dañarlo demasiado ni
abrir las puertas. Recé a mi ángel
de la guarda como nunca lo había
hecho hasta entonces. Después de
intentar arrancar el coche sin conseguirlo,
por fin conseguí ponerlo
en marcha y salí de estampida
rezando para no coger a nadie bajo
las ruedas.
Aquella noche dormí mal, con
muchas pesadillas. Veía a la gente
pegándome con sus bastones, pateándome
y dejándome muerto en la
misma carretera. Debo decir con
amargura que, hoy en África, lo
mejor que se puede hacer en estos
casos es olvidarse del ejemplo del
buen samaritano para mejores ocasiones
y “pasar de largo” sin volver
la vista atrás.
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