Accidentada visita pastoral
Coordina P. Ramón Navarro
P. T O M Á S H E R R E R O S
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D e s d e K E N I A
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| MN julio - agosto ´08, nº 531 |
La aldea de Natemeri está a 50
kilómetros de nuestra misión.
Tenía programado permanecer
en ella cinco días. Al llegar al lugar
me encontré con que las mujeres
se habían ido a edrar sus campos de
maíz y sorgo y los hombres andaban
sacrificando una ternera. El "kirket"
o sacrificio lo habían organizado
para bendecir los campos y asegurar
que continuasen las lluvias,
pues en esta zona nunca se sabe qué
año va a traer buena cosecha o hambruna.
No puedo decir si las oraciones
fueron eficaces o no, pero este
año las lluvias han sido abundantes.
Pasamos un buen rato de tertulia.
Un maestro estaba recogiendo lo que
cada familia tenía que contribuir para
reparar el pozo de agua. Tarea ardua
después de haber llovido tanto
ya que en cualquier charca podían
recogerla. Me explicó que era la enésima
vez que intentaba que se rascasen
los bolsillos y pasaba a “visitar”
a quienes trataban de escaquearse.
Justo cuando me disponía a sentarme
con el grupo de catecúmenos
llegó Stephen. Había caminado 40
kilómetros para pedirme dinero con
que llevar a su padre al hospital provincial
de Matany (Karamoya,
Uganda, pues estamos en la frontera).
Su padre, José, había sido catequista.
Llevaba enfermo más de un
mes. Su problema era el alcohol. Por
más que le insistiera para que dejase
de beber, no conseguía nada. Me
aseguraba que ya no bebía “como
antes”. Ahora estaba grave lejos de
su aldea y no había tiempo que perder.
Le di el dinero que llevaba encima
diciéndole que lo que faltase lo
pagaría más adelante.
Por la tarde de aquel mismo día,
el joven estaba de vuelta para informarme
de que su padre había fallecido.
No había tiempo que perder,
pues aquí oscurece a la siete, y a toda
prisa por las veredas de por aquí
hicimos el camino para llegar a hacerle
un responso y llevarlo a enterrar
a su aldea. Cuando acabamos
de rezar envolvimos el cadáver en
una manta y lo depositamos en una
estera de paja colocada en la trasera
del Land Rover. Nada de féretros.
Cuando llegamos, poca gente salió
a recibirnos. Hasta su mujer estaba
fuera de casa, se había ido a buscar
oro a las “minas” donde consiguen
algo cribando y limpiando barro
a carretadas. Nadie se había preocupado
de avisarle para que estuviera
presente en el entierro de su
marido. Aquí todos temen a la
muerte y evitan que los familiares
desesperados cometan alguna tontería.
Dan más importancia a los ritos
que siguen al entierro, cuando purifican
la casa y los utensilios del difunto,
y se afeitan las cabezas en señal
de luto.
Los hijos excavaron la tumba. Los
presentes hicimos lo que pudimos.
Colocamos el muerto como si estuviera
dormido. No sé si por despiste
o por ignorancia, el caso es que no
lo hicimos bien. No debía mirar al
oeste (lugar donde van a parar los
muertos), sino al este, por donde nace
el sol y de donde hace siglos emigraron
los pokot. Los jóvenes que
me acompañaban no se habían percatado
o no lo sabían. Fue al atardecer,
al regresar la esposa, cuando
tuvieron que desenterrarlo y ponerlo
en la posición correcta.
Acabado todo aún tuve tiempo de
volver a Natemeri, para continuar
ese mismo día con mi visita pastoral.
De noche pudimos juntarnos un
par de familias, hablar de sus cosas
y concluir el día rezando el rosario
encomendando a José a la misericordia
de Dios. Aunque yo, más que
rezar por los muertos rezaba por los
vivos, para que dejen sus malos hábitos
y aprendan a usar su tiempo y
a ser responsables con las ganancias
que consiguen, pocas o muchas,
de modo que puedan vivir mejor
aquí en la tierra, y consecuentemente
también en el cielo
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