Madres y hermanas de los pobres
Coordina P. Ramón Navarro
| Hna. AMIE ABRAHAO DA COSTA |
| - |
D e s d e L I M A
( P E R Ú ) ) |
| MN marzo ´08, nº 527 |
Hace cinco años algunas combonianas
empezaron una presencia
misionera en la periferia
de Lima. Permanecen allí con el
mismo espíritu de los comienzos, viviendo
como la gente en un suburbio
llamado “La Chanchería” (de los cerdos).
Llegamos como huéspedes, pisando
con las puntas de los pies, preocupadas
y dispuestas a caminar en esta tierra
santa, deseosas de descubrir en la brisa
el paso del Señor. Enseguida nos sorprendió
la precariedad de las casas, la
convivencia con los puercos... éstos
tenían un techo, las personas no.
La gente se preguntaba quienes éramos,
por qué habíamos ido a caer precisamente
a Pamplona Alta siendo de
tres continentes diferentes (África,
América, Europa). Se maravillaban
de que siendo de países tan distintos viviésemos
en comunidad. Pienso que éste
fue nuestro primer testimonio. Es posible
vivir la comunión en la diversidad
y anunciar el Reino de Dios con la
sola presencia fraterna y solidaria.
Desde entonces, cada mañana vamos
al mercado a hacer las compras:
como todos los que cada mañana compran
cuatro patatas, arroz y tomates.
Este gesto nos une a la gente que no
puede acumular y que tiene que vivir
al día. Las que compran y venden en el
mercado son sobre todo las mujeres.
Hablamos con ellas y entablamos un
contacto vital sencillo, entrañable y
aleccionador. Nos sentimos identificadas
con nuestra vocación de mujeres
También nos damos cuenta de que
la gente vive esperanzada. Cuando no
tienen una casa, cogen una estera, se la
cuelgan al cuello y se van a la ciudad
en busca de una tierra prometida. En
ella se han organizado metiéndose en
tugurios informales –asentamientos
humanos, se les llama–. Se construyeron
una barraca de cartón, madera
o plástico. Obtuvieron con mucho esfuerzo
que un camión cisterna les lleve
el agua, aunque tengan que pagarla.
Y todo eso nos hace comprender que su
esperanza es ilimitada porque de otra
forma nunca lo hubiesen logrado.
Los nombres con que han “bautizado”
estos asentamientos lo prueba:
Nuevo Amanecer, El Paraíso, El Alba,
Los Girasoles, Vista Alegre... Por nuestra
parte tratamos de que esa esperanza
no desaparezca viviendo solidariamente
con ellos y alimentándola con la Palabra de Dios que fortalece su
fe y su vida.
Desde el primer momento tuvimos
bien claro que debíamos evitar todo tipo
de asistencialismo. Nada se regala
a nadie. Todo es fruto de la lucha y de
organizarse. Somos vecinos como cualquier
otro, no una institución o una
ONG. Encontramos a las personas
por las calles, en los medios de transporte
públicos, en el mercado... Llevamos
una vida lo más posible igual
que la de ellos. No somos amos de
nada. Queremos ser compañeros de
viaje.
Metidas de lleno en la historia del
pueblo de Pamplona Alta, muy a menudo
vivimos la experiencia de una
contemplación dolorosa y silenciosa;
como mujeres del Evangelio nos dejamos
coger en cuerpo y alma por la
realidad que nos circunda, nos alimentamos
de la Palabra de Dios que reflexionamos
cada día y la aplicamos a
la realidad en que vivimos. Tal y como
quería Comboni, vivimos la fidelidad
a nuestra vocación siendo madres y
hermanas de todos los pobres que nos
rodean.
Soñamos cielos nuevos y tierra nueva
compartiendo los deseos de la gente:
tener un dispensario, algo para
ayudar a los niños que tienen dificultades
para sobrevivir y estudiar, grupos
de mujeres mayores que quieren
aprender a leer y escribir, mesas populares,
catequesis, formación de líderes,
formación de grupos bíblicos,
creación y crecimiento de pequeñas
comunidades de fe y de vida...
El contacto continuo con los pobres
nos ofrece una nueva sensibilidad pastoral
y teológica. Compartimos su comida,
somos tratadas como hermanas.
Y aprendemos de ellos: “Te doy
gracias, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado estas cosas a los
pobres y sencillos”.
|