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Recuerdos de vida y esperanza

Coordina P. Ramón Navarro

Hna.   P U R I   M U Ñ O Z
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D e s d e   A D Í S  A B E B A
( E T I O P Í A )
MN marzo ´08, nº 527




Hacía 13 años que había dejado la misión en África para ofrecer mis servicios en otros continentes y volver a trabajar de nuevo aquí ha sido una gracia. Tantos años cambian mucho, tanto al país que había salido de una revolución demasiado larga y dura, como a las personas. Hubo un momento en la historia de la misión en que las familias más cercanas ponían a sus hijos los nombres de algún Padre o Hermana que trabajase en ella.

La madre de Ramón murió cuando él dio sus primeros llantos y balbuceos. Si esto de por sí es una tragedia en todo el mundo, en una familia con varios hijos y una sola chica lo es mucho más. Ella se encargaría de hacerlos crecer hasta el momento en que se casaran, normalmente en edad muy joven, y se fueran a vivir con la familia del marido según la tradición Sidamo.

Ramón fue creciendo ayudado y observado por la atenta mirada de las Hermanas que trabajaban en la clínica de la misión. Fue para mí un ejemplo de lo que es la tenacidad de la vida por afianzarse; vivía, sobrevivía a duras penas, pero no crecía. Fue siempre un niño mucho más pequeño de lo que su edad requería. Merodeaba por los alrededores de la misión como si sólo él creyese que, no obstante todo, merecía la pena vivir, y se aferraba a la vida con una fuerza y tenacidad casi imposibles de imaginar.

Fue creciendo poco a poco, luchando contra viento y marea. Hoy tiene ya 22 años y frecuenta la escuela muy contento, aunque sea con chicos mucho más jóvenes que él. Dentro de unos años acabará su carrera universitaria y tratará de encontrar un trabajo, cosa nada fácil en la sociedad en la que vive.

La historia de Dawit es distinta. La que en aquellos tiempos merodeaba por la misión era su madre, una chica sola, no muy espabilada y un poco extraña. Gracias a la ayuda que le prestó la misión logró estudiar algunos años y las familias que vivían cerca le echaban una mano dándole alojamiento. Sobrevivía gracias a los pequeños trabajos que se le ofrecían en la misión.

Un buen día cayó enferma y la trajeron al ambulatorio; después de realizarle las pruebas pertinentes resultó que además de la enfermedad se encontraba embarazada y nadie se había dado cuenta. Siendo una chica sola, sin familia cercana y con los tabúes sociales existentes, muy pronto empezaron a presionarla para que abortara. Según la cultura de su pueblo, un niño nacido sin un padre que lo reconozca (el suyo, aunque se sabía quién era, no lo reconoció) no puede vivir porque nunca será nadie, ya que es a través del padre como se pertenece a una familia o clan.

Ella se opuso tenazmente, y tanto durante el embarazo como después del nacimiento del niño no quiso escuchar a quienes la presionaban para que no llegase a dar a luz. Me recuerda la misma tenacidad que tuvo Ramón para lograr salir adelante.

Desde el momento en que tuvo el hijo su vida fue una lucha constante por hacerlo crecer sano y robusto y, de esa forma, demostrarles a todos que una chica, superados los momentos de debilidad que tuvo en su vida, podía criar a su hijo sano y fuerte. Naturalmente tuvo que dejar la escuela y vivir aislada y casi en un mundo irreal, pero encontró pequeños trabajos en la misión y de esa forma logró que las necesidades del niño estuviesen cubiertas lo mejor posible. Para él se permitía hasta algún pequeño capricho. Recuerdo el día que me dijo que le había comprado unos zapatos: eran de plástico color rosa y dudo mucho que el crío los soportase apenas un rato.

Hoy Dawit con sus 15 años es todo un mocetón que llena de orgullo a su madre y da sentido a su vida. Ahora su preocupación se centra en que pueda seguir estudiando para poder abrirse camino en la vida. Es todo un reto que conseguirá seguramente con la misma tenacidad de siempre. El chico es responsable y buen estudiante, y un día no muy lejano será el apoyo y sustento de su madre.


     

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