Página Inicial
Misioneros Combonianos. Ir a página principal
   



 
Área Reservada

 



La inocencia de mi gente

Coordina P. Ramón Navarro

P.   V Í C T O R   HUGO
-
D e s d e N A M P U L A
( M O Z A M B I Q U E )
MN marzo ´08, nº 527



Aquella tarde regresábamos a casa cansados, después de haber visitado una comunidad a un par de horas de la misión. Un anciano catequista que viajaba conmigo, al ver que en dirección hacia donde nos dirigíamos caía un aguacero torrencial, me dijo: “¡Que grande es Dios! Ya ves padre, esas nubes negras tienen mucha agua y, sin embargo, no se caen sobre nuestras cabezas como los mangos de los árboles. ¿Por qué no cae toda junta a un mismo tiempo? ¿Y ves ese bonito arco iris? Dicen mis antepasados que es la lengua del cielo y allá donde llega su extremo es donde bebe más agua. ¿Por qué las cosas siempre caen para abajo y nunca para arriba? ¿Cómo es posible que aquí sea día y en tu tierra noche, como nos contaste una vez?”.

Y mientras seguíamos nuestro camino él continuaba interrogándome y yo pensaba en las veces que había intentado explicar a la gente de la montaña lo que era el mar o a la gente del mar lo que era una montaña, cuando nunca lo habían visto. Recordaba las caras que habían puesto la noche en que me senté a la mesa, abrí mi ordenador y me puse a trabajar con él. “¿No te cansas de mirar tanto tiempo a esa luz? ¿Ahí dentro tienes muchas hojas?”, me preguntaban asombrados.

Y la primera vez que vieron un generador eléctrico no salían de su asombro. Les proyecté una película sobre la pared de la iglesia y pensaban que “los blancos” éramos sorprendentes al meter en una máquina ruidosa a gente y animales que corrían, comían y reían. Me acordé de cuando colocaron una antena de teléfonos celulares en la ciudad. Pocos éramos los que teníamos teléfono y pocos también los que sabíamos para qué servía. La gente nos veía hablando por la calle con la mano al oído y exclamaba: “¡Esos blancos se han vuelto locos, ahora hablan solos!”. Cuando pusieron la primera cabina de teléfono publico, me tocó ver a gente que llevaba sus moneditas, las sacaba de entre un pedazo de tela amarrada a la cintura, se las entregaba al telefonista y le decía: “Quiero hacer una llamada”, a lo que el telefonista respondía: “Sí, con mucho gusto, a dónde quiere hablar y con quién”. La gente alzando los brazos respondía: “A donde sea y con quien sea, yo sólo quiero hablar con alguien”.

Cuando el anciano que me acompañaba en el viaje terminó de hablar, yo me quedé sin saber exactamente qué responder. Tenía cien respuestas científicas a sus preguntas pero pensé que sería demasiado comprometer la sencillez y la fantasía de mi gran amigo en un solo momento. Yo lo escuchaba con agrado pues me recordaba todas las anécdotas precientíficas de mis parroquianos desde que llegué a estas tierras africanas. Pensaba también que quizás no hubiera dado crédito a mis múltiples explicaciones para él “inverosímiles”, como le pasó a tanta gente en los tiempos de Tolomeo, Copérnico, Marco Polo, Galileo, Cristóbal Colón, Savonarola, entre otros.

¿Cómo explicarle a una persona lo que es un tren si a duras penas conocen mi coche? ¿Cómo explicarles el efecto de los virus y microbios y el beneficio de las vacunas? ¿Cómo convencerlos de que las enfermedades no son hechizos de los antepasados sino cosas naturales y a veces trágicas?

Llegamos a la aldea donde él tenía que bajarse y mi cabeza aún daba vueltas, no sabía si valía la pena intentar explicarle todo o si convenía más sonreír y esperar otro tiempo oportuno. Lo que yo había aprendido en años de estudio no lo iba a poder explicar en minutos.

Los últimos kilómetros de recorrido los hice solo reflexionando sobre cómo la tecnología nos ha hecho aprender el funcionamiento de muchas cosas pero nos ha quitado la sencillez de quienes todavía tienen tiempo para contemplar la creación. Me di cuenta de cómo muchos de nosotros hemos perdido la capacidad de asombro que nos hace reconocer al Creador detrás de la creación, al artista detrás de la obra de arte.


     

C/ Arturo Soria, 101. Madrid (España) - madridcombo@combonianos.com - http://www.combonianos.com