Emociones de un viaje
Coordina P. Ramón Navarro
INMACULADA DE LA TORRE
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D e s d e A N C H I L O (MOZAMBIQUE)
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| MN mayo ´08, nº 529 |
Viajamos a un país desconocido.
Con la misma ilusión, el
mismo ánimo y los mismos
planes que para cualquier otro destino.
Pero no contábamos con lo que nos
hemos traído, algo que ha crecido, que
nos impide seguir adelante sin plantearnos
ni cuestionarnos nuestro estilo
de vida, cómo vivimos.
Una vez que has conocido esa “otra
realidad”, es difícil cerrar los ojos.
Aunque lo intentes, sus risas, su amabilidad,
su inocencia acuden a tu mente
sin pedir permiso, y hacen que te
quedes mirando al infinito con una
sonrisa agridulce y un pequeño nudo
en tu alma.
Con cada amanecer, con cada nuevo
día, África se despereza y camina. Camina
silenciosa, interrumpida sólo por
los “tatá” de los niños que con emoción
corren tras el polvo que dejan los escasos
coches que recorren sus caminos. Cómo
se ríen, cómo bailan, cómo nos miran…
Qué tendrán esos ojos profundos
que hablan sin decir palabras.
En cada pequeño poblado, con sus casas
de adobe y tejados de paja, viven personas
que apenas comen más que tubérculos
y arroz, que caminan kilómetros
para recoger agua, que mueren sin
dejar nada. Personas de otro color, de
otra raza, de otra cultura; personas
“pobres”, como los llamamos, y, sin embargo embargo,
su riqueza personal, de sentimientos,
de ilusión, su capacidad de sorpresa,
su imaginación, su fuerza, es la
pobreza de nuestros países ricos. Ellos
se mueren de hambre y no es justo, pero
¿y nosotros? Nos morimos de infartos,
de estrés, de soledad. Nuestros ancianos,
de tristeza y abandono, y nuestros
niños, de aburrimiento. ¿Dónde está
nuestra riqueza en estas situaciones?
Con cada día vivido en Mozambique
hemos abierto un poquito más el horizonte
de nuestra mirada. Horizonte
de esperanza, de cambios, un horizonte positivo. Sólo ha hecho falta sentir,
implicarnos, mirar más allá de
nuestro propio ombligo. Con cada persona
conocida en el camino, nos hemos
convencido de que otra realidad es posible.
Personas como tú y como yo,
que lloran, que aman, que sueñan, que
trabajan… que nos han demostrado
que estamos tan equivocados, que quizás
por eso preferimos guardar silencio
y bajar la mirada.
los misioneros? Qué pesada sería si os
recordara la gran labor que desempeñan.
Qué pequeños nos sentiríamos
si relatara su dedicación a cambio de
nada. Pero no es ése mi ánimo ni mi deseo.
Desde el sentido de la misión
(“acción de enviar”), podríamos ser
misioneros, “los enviados”; así, cada
uno, en su día a día construiría su pequeña
misión. Ya veis que no es cuestión
de ir lejos, es sólo que aquellos
que nos quedamos cerca nos impliquemos,
y que realmente “enviemos” y
“seamos enviados”.
Cada sonrisa regalada en Mozambique
ha alimentado nuestra ilusión y
derribado la teoría del “no se puede
hacer nada”. No es la clave la solidaridad, lo que anhelamos es la justicia
bien administrada. Desde el respeto
profundo a su cultura, a sus ideas, a su
manera de vivir, haciéndonos partícipes
de esa otra realidad de la que os hablaba
al principio, las hermanas y hermanos
combonianos, los franciscanos, los
laicos que trabajan por toda la geografía
mozambiqueña, saben que, por supuesto,
merece la pena implicarse.
Y desde que hemos vuelto, no hay día
que pase que al cerrar los ojos no vea a
esos niños, a esas mamás, que no viaje
de nuevo a Chipene, Alua, Anchilo,
Nacala, Nampula, Isla de Mozambique,
y vea aún la chispa que transmiten
sus miradas, la ilusión con la que hablan,
el cariño de sus recibimientos,
la acogida de nuestros escasos regalos,
su esperanza, su fe.
No hay día que no me acuerde de Pablo,
y de su gran carisma humano, de su
vocación y de su entrega desinteresada.
Y abro los ojos y os cuento que, tras conocer,
hay que entender y permitirnos
sentir para poder hacer, hacer y hacer…
esperando que, cuando alcéis
vuestra mirada, también os entren ganas
de caminar por este nuevo camino,
con un alma nueva.
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