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De paseo por Mongoumba

Coordina P. Ramón Navarro

C A R M E N    S Á N C H E Z
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D e s d e   G R A N A D A
MN mayo ´08, nº 529




Pertenezco al movimiento de Laicos Misioneros Combonianos. En agosto de 2007 volví a España tras cinco años en Mongumba, un pueblecito de la República Centroafricana. Al llegar a mi casa, la gente me comenta que cinco años es mucho tiempo, pero a mí me parece que han pasado como un suspiro.

De la llegada a Mongoumba recuerdo el choque del clima, porque aunque en Granada estamos acostumbrados al calor, no lo estamos tanto a la mezcla del calor con la humedad, combinación que te deja sin fuerzas mientras dura el período de aclimatación.

Sin embargo, lo que más me impresionó fue el paisaje. Durante los paseos que daba cuando me encontraba preocupada por no avanzar en el aprendizaje de la lengua o por no comprender casi nada de lo que me rodeaba, descubrí la grandeza y cercanía de Dios en el colorido del cielo, en la espesura de la selva o en la altura de los árboles de ese paisaje impresionante.

Estos paseos, que en un principio hacía para despejarme, se convirtieron en un momento de encuentro muy bonito con la gente. Al principio se extrañaban de verme caminando por gusto. Ellos van al campo, a coger agua, buscar leña, vender, comprar... Pero pasear por pasear lo hacen muy pocas veces, y menos aún si eres mujer. Fue así como fui haciendo mis primeras amistades, conociendo a las familias, su forma de vida y parte de su cultura también.

Según la hora, sabías más o menos a quién ibas a encontrar. Si era muy temprano, entre seis y seis y media, coincidías con algunos hombres que volvían de la selva tras recoger el vino de palma y a muchos niños que regresaban de buscar con gran habilidad su desayuno, que solía componerse de ratoncillos de campo, pequeños peces o algún pajarillo.

Un poco más tarde, alrededor de las siete y media u ocho, te encontrabas casi exclusivamente con las mujeres que portaban a los niños más pequeños a sus espaldas mientras los más mayorcitos corrían a su lado para mantener el ritmo de la mamá, que se dirigía a pasar el día entero trabajando en el campo.

También a esa misma hora me cruzaba en el pueblo con los niños que iban, llenos de ilusión, al colegio. Los mismos niños que, con demasiada frecuencia, volvía a ver al cabo de un rato regresando a sus casas porque ese día tampoco había clase.

Al caer la tarde coincidías con los hombres que salían a vender y beber la kangoya, el vino de palma, y con las mujeres que, después de la jornada de trabajo, se encaminaban a casa cargadas con los niños, la leña y algo de comida, fundamentalmente verduras, frutas, tubérculos… De esa comida, una pequeña parte es destinada a la venta y otra a la alimentación de la familia.

En cada uno de esos paseos he disfrutado de la compañía y conversaciones más diversas, he aprendido mucho sobre sus vidas, con las alegrías y tristezas que ésta conlleva. Y, a la vez, me han ofrecido la oportunidad de compartir con ellos lo que yo estaba viviendo. Ese gesto sencillo de pasear me ha enseñado lo importante que es para ellos acoger al prójimo, y esa actitud hospitalaria provoca cercanía, camaradería, alegría y, en suma, vida compartida.

Todas estas experiencias, y muchas otras vividas en Mongoumba, forman ahora parte de mí, me han renovado y de alguna manera transformado en una persona nueva. Me siento más atenta a captar y apreciar los detalles y gestos más cotidianos y sencillos del día a día, que antes por las prisas, o por la preocupación del hacer, se me escapaban. También me han enseñado lo importante que es tener confianza ante las adversidades, y a mirar al futuro con esperanza. Ésta es una de las muchas lecciones aprendidas allí.


     

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