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De paseo por Mongoumba

Coordina P. Ramón Navarro

MONS.    J U A N   J O S É   A G U I R R E
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D e s d e   BANGASSOU   (R.P. CENTROAFRICANA)
MN mayo ´08, nº 529




El regalo de Navidad llegó para el pueblo de Bangassou a primeros de diciembre. No es normal que un cirujano de conocida fama, junto a un anestesista y un instrumentista, vengan desde Córdoba hasta el fin del mundo, aguanten 30 horas de coche por la selva de esta perdida diócesis de Centroáfrica, y se pongan a operar casos desesperados entre los pobres más pobres de la tierra.

No vinieron "cargaditos de regalos", como los Magos de Oriente. Lo que sí trajeron fueron kilos de suturas, guantes de muchas tallas, bisturís, gasas y una voluntad férrea de hacer el bien a cuantas más personas mejor. Llegaron sin apabullar al inexperto personal local, con ganas de trabajar y de adaptarse al ritmo de África, vieron enfermedades inimaginables que tan sólo los pobres saben soportar años y décadas enteras, entraron en un quirófano al que le faltaba lo esencial, empezando por la lámpara, y se pusieron a operar hernias gigantes en personas muy humildes (con una bombilla y varias linternas) sin dar más vueltas a lo irremediable.

Estos pobres, mi buena gente de Bangassou, se pusieron en cola, viendo a un médico vestido de verde como Dios manda, después de muchos años esperándolo. Y "esta vez nada más" en sus huertos y en sus corazones "nació la esperanza", la buena, la que te podría quitar un bocio grande como un balón de baloncesto que te agarrota la carótida y te tuerce la traquea. A primeros de diciembre les nació la esperanza, más brillante que en Navidad, buena nueva para mi pueblo, niño entre pajas blancas, alumbrando en un "camino de su soledad". En algunos países se dice que la gente prefiere vivir poco tiempo y disfrutar de dinero que vivir mucho tiempo pero en la pobreza. Aquí no hay elección posible. En el quinto país más pobre del mundo, con una esperanza de vida al nacer de 43 años, se vive poco y con muy poca calidad de vida. Hay poca salud, la muerte ronda en cada esquina, miles de niños mueren antes de los cinco años y la confianza en el médico está aquí por los suelos, por no decir bajo tierra, porque hay que pagar todo, hasta un trocito de esparadrapo. Los pobres que ellos sí han operado están casi siempre excluidos de una intervención quirúrgica, que aquí es un artículo de lujo. Aquí no hay seguridad social, ni Inserso, ni jubilación anticipada. Aquí hay que ir tirando mientras que el cuerpo aguante. Cuando los médicos vieron las iglesias rebosantes y a sus propios pacientes cantando ritmos tropicales con maracas improvisadas se dijeron que, si bien no con mucha salud, este pueblo no carece de fe.

En los días de fiestas de guardar pudimos enseñarles las escuelas de la misión, el colegio técnico a donde están destinadas las máquinas de carpintería que llegarán en el próximo contenedor, 7.000 alumnos vestidos de amarillo, de verde o de azul, según su escuela, el quirófano de la misión en construcción (a él será destinada una buena lámpara de sala y otros muchos aparatos), la pediatría, la leprosería, el orfanato "Mama Tongolo" o el seminario menor para los candidatos al sacerdocio. Es la fe de este pueblo la que nos permite tener estos proyectos y otros más fuera de Bangassou.

De esperanza rebosaba el aire en esa cálida mañana en que los tres médicos empezaron a pasar consulta. En la cola se pusieron 150 pacientes y fueron avanzando como quien está pasando por taquilla para comprar una entrada. No había enfermera llamando por números, ni una sala de espera en condiciones. Únicamente había un montón de personas, agarrándose a la cola como a un clavo ardiendo, ansiosas por enseñar a los médicos cordobeses una hernia descomunal, un bocio como una sandía, un mioma de varios kilos (como descubrirían más tarde) o unos pies carcomidos por la lepra.

Era una fila kilométrica de trozos de humanidad cosidos a la esperanza de ser operados como regalo de Navidad. Pasaron consulta en una salita abarrotada, salvada la intimidad con una sabanita discreta. Aunque la privacidad, como la entendían nuestros doctores mientras consultaban un inmenso hidroceles, era relativa viendo una hilera de chiquillos, la nariz pegada al cristal de la ventana, contemplando aquellas manos enguantadas de blanco hurgando intimidades.

En la prisión de Bangassou encontraron un viejito acusado de brujería al que diagnosticaron hernia inguinal sin necesidad de desvestirlo. Era tan grande que el encarcelado vestía un pantalón varias tallas más grandes y no podía cerrar ni el botón ni la cremallera. Mientras lo operaban unos días más tarde, ayudados por la "dulce Marcela" (nuestra laica misionera argentina) y la Hermana Julieta (responsable del centro para enfermos terminales de sida), el abuelo no paraba de pedir bendiciones para las familias de todos los presentes, parientes próximos y futuros.

Al mediodía, cuando aquí el sol pega en vertical como un rayo láser directamente sobre la coronilla, pasamos junto a la cama de una mujer a la que habían operado de un embarazo extrauterino. Su marido se había sentado en la parte de la almohada y ella se había recostado sobre él, tanto como para cambiar de postura. El anestesista decía que parecía la Piedad de Miguel Ángel pero al revés.

Mis queridos doctores: ¡mil gracias por haber venido! Habéis hecho nacer la esperanza en todos los recién operados y en las tres cuartas partes de la larga cola a quien no os dio tiempo, en quince días de trabajo intenso, ni siquiera a consultar.


     

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