Portadoras de luz y esperanza
Coordina P. Ramón Navarro
POSTULANTES COMBONIANAS
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D e s d e C H I N C H A (PERÚ)
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| MN mayo ´08, nº 529 |
Enviadas y movidas por el Espíritu
del Señor, tuvimos la
oportunidad de llegar a compartir
con nuestros hermanos del Sur
Chico, en Chincha (Perú), las terribles
consecuencias del terremoto de
agosto de 2007. Nosotras llegamos a la
zona un mes después. Nuestros hermanos
combonianos llevan varios
años en Chincha y ofrecen sus cuidados
pastorales a 29 aldeas, siete de
las cuales se vieron muy afectadas
por el movimiento telúrico.
Hoja Redonda es un pueblo muy
acogedor; apenas llegamos pudimos
experimentar su apertura, generosidad,
interés y docilidad. Se sintieron
muy contentos al vernos y comprobar
que les escuchábamos. Nuestra
presencia física les demostraba el
gran amor que Dios les tiene, donde
más que palabras se necesitaban actitudes
concretas y oportunas que
pudieran ayudarles a recrear esperanza
y confianza en ellos mismos y
en Dios.
Encontramos a la gente organizada
para proveerse la alimentación
básica; por grupos de familias y a
turnos cocinaban para todos y se repartían
los alimentos, lo llamaban
“olla común”. Algunos habían recibido
tiendas donde cobijarse, otros
habían rescatado de entre los escombros
palos y esteras para hacerse
pequeñas chozas, y los menos
permanecían en sus hogares a la espera
de que sus casas fueran demolidas.
Los servicios básicos, como
agua, luz, medicinas, escaseaban.
Así de postrados encontramos a
nuestros amigos y hermanos de Hoja
Redonda. Sentimos que tenían
más necesidad de trabajar, de ser
apoyados y escuchados. “Esto nos
ha servido para reflexionar sobre la
vida que llevábamos, cómo aprovechábamos
el tiempo y cómo valorábamos a los otros: ¡la vida es un regalo!
Ésta continúa y es bueno
aprender y levantarse”, nos decían.
Visitamos las familias, compartimos
la fe a través de pequeñas catequesis
a los niños y jóvenes, nos unimos
a un grupo de señoras que llevaban
algunas actividades en la
parroquia y que nos brindaron un
espacio para compartir la Palabra.
Existe una gran riqueza espiritual:
¡qué sed de Dios y de escucha atenta
y disponible para acoger el mensaje!
Esta experiencia nos hizo darnos
cuenta de la gran esperanza del pueblo,
su fe, su fidelidad, su fortaleza y
perseverancia. Para ellos, lo vivido
les había ayudado a darse cuenta de
que estamos llamados a una vida
más plena, más gozosa y más alta
que nada de lo material puede sustituir,
y allí ahondamos más, en la
parte de corresponsabilidad con el
hermano: si cada uno trabaja por su
lado podrá abarcar mucho, pero no
construye, desparrama; y así estaban
trabajando todos, tendiéndose las
manos superando cualquier barrera.
Dimos un apoyo también en el
campo de la salud, más en lo que se
refiere a enfermería: atención a los
pacientes, vendajes y limpieza de
heridas, inyecciones, reparto de medicinas
donadas. Más allá de cumplir
nuestro rol profesional nos prodigamos
en la escucha y consuelo,
en ser portadoras de luz y esperanza,
pues nuestros pacientes más que
nada querían contarnos lo que cada
uno vivió; eso les daba paz y tranquilidad.
No nos faltó, gracias a
Dios, alguna palabra oportuna que
les ayudase a seguir adelante y sentirse
con menos carga psicológicoespiritual.
Pudimos visitar a nuestros hermanos
de Pisco, lugar más afectado,
donde ya estaban manos a la obra
con sus labores cotidianas y tratando
de edificar nuevamente sus viviendas.
Al pasar por otros sectores como
Sunampe, San Matías, Lourdes y
San José, vimos que se encontraban
en las mismas condiciones que los
otros sitios, pues el desastre había
sido de una magnitud inmensa.
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