Nueva etapa de mi vida
Coordina P. Ramón Navarro
P. P A U L I N O A G U I L E R A
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D e s d e T R U J I L L O (P E R Ú )
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| MN f e b r e r o ´09, nº 537 |
El cambio de Uganda a Perú,
con casi cinco años de intervalo
en España, ha sido radical,
pero la afinidad del idioma y el
despreocuparme del paludismo han
sido ventajas que pesaron a la hora
de tomar la decisión. Tampoco aquí
la misión es fácil pues Perú está sufriendo
cambios que en nada favorecen
a los más pobres y marginados.
Me han destinado a la comunidad
de Trujillo, una ciudad a unos 545
kilómetros al norte de Lima.
Nada más llegar han sido
muchas las cosas que me han
impresionado y que, en un primer
momento, se me hacen difíciles
de comprender. La ciudad
tendrá unos 800.000 habitantes
y muchos de ellos proceden
de la sierra y otros lugares
de Perú. Al que llega por primera
vez pronto se le presentan
delante dos realidades: la
antigua, con barrios que se han
desarrollado lentamente a través
del tiempo, y la llamada
“pueblos jóvenes", que han ido
surgiendo como hongos con la
llegada de aluviones de gente
en busca de más oportunidades.
Os podéis imaginar las diferencias
entre la primera y la
segunda.
Salgo a dar una vuelta por la
ciudad y enseguida noto la
gran diferencia que hay entre
las dos zonas; en el centro la
vida es más o menos "normal",
caos del tráfico y mucho movimiento
de gentes; apenas llegas
al extrarradio, dejas de ver vehículos
privados para encontrarte con
los taxis colectivos y microbuses,
ningún vehículo privado; las calles
están sin asfaltar, hay arena y polvo
por todas partes, las casas son chabolas
y muchas de ellas están en perenne
construcción pues, al parecer,
la falta de medios impide que se
puedan acabar.
Las pocas tiendas que veo me dan
la impresión de que sean “cárceles”
pues todas tienen unas puertas correderas
de hierro y los tenderos
atienden a sus clientes a través de
los barrotes. Pregunto extrañado
por qué lo hacen así y me responden
que es por miedo a los robos; ¡y
eso durante el día!
Cuanto más subimos hacia los
cerros más me deprimo notando
que las casas se convierten en cuchitriles;
tienen el agua en medio de las calles, donde la gente acude con
sus garrafas de plástico o cubos de
metal; todo es en común, y las basuras
abundan por todas partes. Se
nota que la pobreza es galopante.
Levantan muchas “casas” encima
de un basurero y el olor que se siente
es insufrible.
Me dicen que ciertas zonas se
pueden visitar sólo si uno va acompañado acompañado
por alguien del barrio o en
grupo, nunca solo, ya que el robo se
ha convertido en la forma normal de
vivir de la mayoría de la gente. Las
pandillas se han distribuido los barrios
y actúan como mafias: los secuestros,
muertes violentas y abusos
varios están a la orden del día.
Nosotros nos libramos de asaltos
indeseados porque vamos siempre
acompañados y, además, cuando
conocen al “padrecito” se vuelven
muy pacíficos.
Nuestro trabajo abarca varios
campos, pues además de
la pastoral de los domingos
(Misas y sacramentos) tenemos
que organizar las escuelas
y los centros sociales, atender
a los diversos grupos y asistir
a muchas reuniones. En estos
centros sociales los niños reciben
el desayuno y lo ideal sería
darles la comida, pero no hay
recursos para tanto. Sus padres
no trabajan o tienen sueldos de
miseria (unos 40 euros al mes);
acudir hasta el centro a trabajar
supone gastarse la mitad
del salario en transportes, y así
lo que les queda es una miseria,
después de haber trabajado
diez o doce horas diarias.
Muchas madres no tienen
marido y viven con lo poco que
logran trabajando en casas privadas,
lavando ropa o vendiendo
algo por las calles.
El grupo de misioneros lo
formamos dos sacerdotes, cuatro
hermanas italianas y dos
matrimonios laicos norteamericanos.
Entre todos llevamos adelante
el trabajo en la zona: grupos de mujeres,
escuelas, animación... y nuestros
proyectos siguen aumentando
porque el alubión de gente que llega
a estos “pueblos jóvenes” no se interrumpe.
Os recuerdo y confío en
vuestra ayuda y oración por esta
realidad misionera.
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