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EL AMOR CREA PROBLEMAS


P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano


Cuando, hace ahora unos quince años, las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta abrieron en Addis Abeba, capital de Etiopía, un centro para niños contagiados de sida, lo hacían con la intención de ayudarles a morir con dignidad, porque la esperanza de vida para ellos era muy corta. Esta actividad estaba plenamente en línea con el carisma de su instituto, que consiste en acoger a aquellos que nada tienen que ofrecer a la sociedad o a los que la ciencia humana nada tiene ya que ofrecer; en una palabra, a los que, en la competición de la vida, se han quedado en la cuneta.

Pero hete aquí que, bien fuera porque la medicina ha progresado mucho en dar una solución al problema del sida, o bien fuera porque el amor y las sonrisas de las Hermanas tienen propiedades curativas desconocidas a la medicina, o fueran las dos cosas a la vez, el caso es que los niños acabaron por no morirse en el tiempo previsto. Más aún, parece que no piensan morirse en absoluto.

Hace un año largo que visito con regularidad el centro y ha sido suficiente para apreciar el progreso que se va produciendo. Recuerdo la primera vez que les celebré la eucaristía. El concierto de toses de aquella marea de 300 gargantas era tal, que escasamente podía hacerme oír. Su misma apariencia externa revelaba el gusano que corroe su organismo: gran cantidad de verrugas en la cara, en los párpados, en las manos..., erosiones de la piel aquí y allá, abscesos... Un año después, el aspecto general ha mejorado notablemente. El tratamiento con los antiretrovirales, el vaso de la infusión de áloe a media mañana y, como ya he dicho, las sonrisas de las Hermanas y de otros voluntarios que por aquí se "pierden", han hecho el milagro.

"El amor hace milagros". Éste debería haber sido, tal vez, el título del presente comentario. Sin embargo, he preferido mantener el primero que me había venido a la mente: "el amor crea problemas". Porque el amor vino a crear nuevos problemas a estas Hermanas, precisamente en la medida en que les resolvía los antiguos. Preparadas. psicológica, espiritual y profesionalmente para un tipo de tareas, se encuentran entre manos con otro totalmente distinto. Es decir, preparadas para acompañar niños a bien morir, tienen que vérselas ahora con adolescentes, muchachos y muchachas aparentemente normales, que hay que equipar para bien vivir.

 


A quien se meta a resolver un problemita,
le surgirán tres.
Y a quien tienda una mano,
le tirarán del brazo y acabará sumergido
de pies a cabeza
en la fosa sin fondo de las carencias humanas.


 
 

Y no son adolescentes fáciles. Desde su niñez no han conocido otro ambiente que los recintos protectores del centro, los cuales poco tienen que ver con la vida fuera. Y si llevan una grave enfermedad en su organismo, la llevan más todavía en su psicología. Han crecido conscientes de que estaban condenados a muerte; han crecido sabiendo que la gente de fuera les miraba con recelo y con miedo al contagio. Quizá por eso son reservados, susceptibles, caprichosos... La depresión es aquí un fenómeno familiar.

Las Hermanas están asustadas. Deberían ser expertas en pedagogía, en psicología... y reconocen que no lo son. Por eso concluyen que esto no es para ellas y que cae ya fuera del carisma para el que Madre Teresa fundó su Instituto. De hecho, han contactado ya con varias instituciones para ver si alguna quiere hacerse cargo del centro. Puesto que, por el momento, no han encontrado ninguna, siguen adelante, tratando de afrontar lo más elegantemente posible el nuevo reto.

No es mi intención entrar en el tema de si este nuevo servicio está o no dentro del carisma de las Misioneras de la Caridad. La "moraleja" a la que yo quería llegar desde el comienzo de toda esta historia es que la vía del amor, entendido en este caso como la entrega concreta y efectiva a los demás, no garantiza el poder recrearse en la satisfacción de la "obra bien cumplida". No deja tiempo para autocomplacencias.

A quien se meta a resolver un problemita, le surgirán tres. Y a quien tienda una mano, le tirarán del brazo y acabará sumergido de pies a cabeza en la fosa sin fondo de las carencias humanas. ...Buen sitio, en todo caso, a donde ir a parar. Porque si Dios frecuenta asiduamente algún lugar, seguro que es éste. No es suposición mía, puesto que él mismo lo ha dicho.


     

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