EL CANDIL Y LA PALABRA
P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano
Pertenezco todavía a la generación que conoció el candil. Y no porque conservásemos alguno en casa como recuerdo de los abuelos. La luz eléctrica llegó a mi hogar paterno cuando yo tenía 16 años y, antes de que viniera, usábamos el candil. Por cierto, un modelo mucho más primitivo que el “made in China” que estoy utilizando ahora. Era un artefacto sucio y maloliente, hecho en un santiamén, ante la mirada curiosa del vecindario, por los hojalateros que venían por las puertas.
En cambio, el que ahora me alumbra es de fábrica; tiene la llama protegida por un cristal abombado y el pabilo no es un simple trozo de tela arrancado del fondo de una camisa vieja, sino una cinta en toda regla. Se ve que el mundo progresa hasta en los lugares más remotos.
Claro, yo aquí soy un “progre” y tengo un candil chino. Los gumuz, entre quienes vivo, ni sueñan con tenerlo. Ellos se sientan simplemente al resplandor del fuego, bien dentro de casa, bien al aire libre.
¿Y para qué uso yo el candil? Pues, nada menos que para iluminar la Palabra. Y me explico. A los gumuz es
imposible reunirlos durante el día. Van a sus campos por la mañana y regresan al anochecer. Sólo entonces están disponibles (los que loestán) para escuchar la Buena
Noticia. Y ahí está el candil para disipar las tinieblas y proyectar un chorrito de luz, por tenue que sea, sobre la escena.
Reconozco que la técnica moderna ofrece modelos de iluminación mucho más limpios, prácticos y eficaces que
el candil. Son también los chinos los que han invadido el mercado con toda clase de linternas, algunas de ellas potentísimas. Basta ir a uno de sus bazares en Europa
para encontrarlas. Las hay que se cargan con electricidad, otras con energía solar, otras van a pilas y hasta con manivela… Yo mismo me he hecho con algunos de esos
modelos en mis últimas vacaciones.
Pero la cuestión es que empecé con el candil. Lo hice porque, cuando surgió la necesidad, no tenía otra cosa
a mano. Y ahora le he tomado cariño y me cuesta deshacerme de él. Como si abandonarlo fuera una traición. Y no tanto –al menos eso creo yo– porque me haga evocar vivencias de mi niñez, sino porque el candil es la única iluminación que no desdice del contexto. Un artilugio que da luz artificial es un cuerpo extraño en este ambiente. Para escarmiento, lo que sucedió a mi compañero, que se trajo de Europa una linterna deslumbrante. La gente, cuando la vio por primera vez, quedó espantada y
hasta alguien comentó que esa luz traería desgracias al poblado.
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Los primeros cristianos recibieron y trasmitieron la Buena Nueva de Jesús a la luz del candil.
Esto me hace sentirme de forma más palpable parte de la cadena de mensajeros que entronca con los apóstoles.
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Pero aún más allá de su sintonía con el contexto, el candil se me antoja el mejor símbolo del misterio que en
medio de nosotros está teniendo lugar. Su llama débil, trémula e incierta, diríamos que lo que a primer golpe produce son más sombras que luces. Luego, de la oscuridad van emergiendo los ojos, los dientes y, vagamente, las siluetas de los presentes. Y es sobre ese panorama sobre el que cae la Palabra, una Palabra no
siempre fácil de comprender y cuya inteligibilidad está, en nuestro caso, ulteriormente dificultada por una traducción muy aproximativa. Pero es una Palabra eficaz, que se va abriendo camino hacia el centro de los corazones, para dibujar en ellos, con trazos tenues, la imagen del Verbo.
Pero la cuestión es que empecé con el candil. Lo hice porque, cuando surgió la necesidad, no tenía otra cosa
a mano. Y ahora le he tomado cariño y me cuesta deshacerme de él. Como si abandonarlo fuera una traición. Y no tanto –al menos eso creo yo– porque me haga evocar vivencias de mi niñez, sino porque el candil es la única iluminación que no desdice del contexto. Un artilugio que da luz artificial es un cuerpo extraño en este ambiente. Para escarmiento, lo que sucedió a mi compañero, que se trajo de Europa una linterna deslumbrante. La gente, cuando la vio por primera vez, quedó espantada y
hasta alguien comentó que esa luz traería desgracias al poblado.
Pero aún más allá de su sintonía con el contexto, el candil se me antoja el mejor símbolo del misterio que en
medio de nosotros está teniendo lugar. Su llama débil, trémula e incierta, diríamos que lo que a primer golpe produce son más sombras que luces. Luego, de la oscuridad van emergiendo los ojos, los dientes y, vagamente, las siluetas de los presentes. Y es sobre ese panorama sobre el que cae la Palabra, una Palabra no
siempre fácil de comprender y cuya inteligibilidad está, en nuestro caso, ulteriormente dificultada por una traducción muy aproximativa. Pero es una Palabra eficaz, que se va abriendo camino hacia el centro de los corazones, para dibujar en ellos, con trazos tenues, la imagen del Verbo.
Mirando a estos ojos resplandeciendo en la penumbra, he pensado con frecuencia que así debió ser cuando los apóstoles se desperdigaron por un mundo hostil, que no les permitía reunirse a la luz del día y que tampoco disponía de luz eléctrica. Los primeros cristianos recibieron y trasmitieron la Buena Nueva de Jesús a la luz del candil. Y esto me hace sentirme de forma más palpable parte de la cadena de mensajeros que entronca con los apóstoles. No que la Palabra sea enemiga de la luz. De hecho, ella es Luz. Pero se ve que donde sobreabundan los vatios y los decibelios, que representan la autoafirmación agresiva del hombre, la Luz se hace más invisible y su Voz más imperceptible. Necesita de lo sencillo, de lo humilde para hacerse oír y ver. El candil es, pues, lo más apropiado para iluminarla.
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