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¿CONTINUIDAD O RUPTURA?


P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano




 


La Iglesia incorpora cuanto de positivo hay en las religiones de los pueblos que evangeliza y asume sus formas de expresión. Pero esto no elimina la gran novedad que es Jesús y la manera como Él nos habla de Dios.

 
 


Me sucedió al poco tiempo de llegar a la misión, en un poblado donde estábamos comenzando los encuentros de catequesis. Mientras cantábamos cantos religiosos al son del tambor, una mujer, Efukwa, se puso a danzar, primero suavemente y luego en un crescendo de contorsiones fuera de lo habitual. La escena se prolongaba y yo no sabía cómo comportarme. Dije por lo bajo al joven del tambor que dejase de tocar, pero éste no se daba por enterado. Se paró por fin, y la mujer, visiblemente contrariada, detuvo su danza. A mitad de la catequesis volvieron a pedir que sonara el tambor, porque el “espíritu de la danza” no se había ido todavía de Efukwa. Yo respondí que era mejor terminar nuestro encuentro y luego podían seguir tocando el tambor y danzando.

Alguien me explicó más tarde que era frecuente que, durante las danzas, el espíritu se apoderase de una mujer, generalmente una curandera (Efukwa lo era), la cual actuaba sin ser consciente de lo que hacía. El tambor debía entonces seguir sonando hasta que ella se quedara tendida en el suelo, exhausta.

Se puede ver este episodio como una anécdota curiosa más en el ramillete de sorpresas que todo misionero colecciona. Pero se puede ver mucho más. Porque es en los episodios inesperados y curiosos donde se juegan los principios de la metodología misionera. Me he preguntado posteriormente si había hecho bien en interrumpir el trance de Efukwa. De hecho, ella nunca más volvió a nuestros encuentros. ¿No debía, quizá, haber dado cabida a la expresión de una religión que busca a Dios a tientas y a través de la cual Dios mismo se hace el encontradizo?

El escritor nigeriano Chinua Achebe reconstruye en una de sus novelas las hipotéticas palabras de un misionero europeo de finales del siglo XIX, dirigidas a un grupo de africanos que le escuchan por primera vez. “He venido –les grita– a pediros que reneguéis de los falsos dioses que habéis adorado hasta ahora, que no son más que demonios, y a enseñaros el verdadero Dios. Si no lo aceptáis, iréis todos a arder en el fuego del infierno”. Aunque ningún misionero pronunciara nunca palabras tan crudas, Achebe no riega del todo fuera de tiesto, pues refleja una actitud prevalente entre los misioneros de aquella época.

Pero la Iglesia ha dado, desde el Vaticano II, un giro radical en cuanto a la valoración de las otras religiones. No tengo, pues, gran mérito si cada vez que comienzo la catequesis en algún poblado, insisto en que “no vengo a anunciar un Dios distinto del que ya adoráis, aquel en quien han creído vuestros padres y a quien dirigían oraciones y sacrificios. Vengo, sí, a anunciaros lo que ese Dios, en su bondad, ha querido decirnos acerca de sí mismo a través de su Hijo Jesús”.

La Iglesia incorpora cuanto de positivo hay en las religiones de los pueblos que evangeliza y asume sus formas culturales de expresión. Pero esto no elimina la gran novedad que es Jesús y la manera como nos habla de Dios. Ya no nos dirigimos a Dios simplemente como el creador descubierto por nuestra intuición, sino que nos dirigimos al Padre de Jesús. Jesús y su mensaje provocaron una ruptura en el mundo religioso que le era familiar, el judío. ¿Qué hay de extraño si esa ruptura se produce con cualquier otra religión presumiblemente menos purificada que la judía?

Y si hay algo de poco purificado en la religión de Efukwa, es precisamente este pulular de espíritus caprichosos e incontrolables, que oscurecen la figura de un Dios que quiere entrar en diálogo directo con nosotros. No se trata de condenar a Efukwa o su danza delirante. Es la manera como ella ha aprendido a acercarse a Dios “con corazón sincero”. Pero el encuentro con Dios en Jesús creo que va por otro camino y, tarde o temprano, habría que afrontar el posible malentendido. Porque está claro que no todo entre el cristianismo y las otras religiones es pura continuidad. Existe también la novedad y hasta la ruptura.


     

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