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DAR LA VIDA POR LA FE


P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano


Era un joven en torno a los 25 años, no muy bien vestido. Llevaba un palo sobre la espalda, de cuyos extremos colgaban dos cestas llenas de algún producto para vender en el mercado. Es decir, un joven cualquiera del pueblo llano. Nada de extraño en todo ello. Lo extraño es que iba cantando. Y no es habitual por estos pagos que alguien vaya cantando solo por la calle. Por los sonidos, intuí que el canto era en árabe y que se trataba de una especie de letanía. Caminamos por un tramo a la misma velocidad.

-Veo que estás contento -le pregunté para romper la incomodidad que me empezaba a embargar. -Sí, estoy contento -dijo casi sin mirarme. Y siguió cantando. -¿Qué cantas? ¿Es un canto religioso? -Sí. -¿Eres musulmán? -Sí, soy musulmán. -Y amas tu religión... --Mucho. Daría mi vida por ella.

Recordé una conversación con otro joven musulmán, esta vez un rico comerciante, que también confesó estar dispuesto a dar en cualquier momento su vida por la fe. -¿Y a ti qué te parece el Islam? -preguntó a su vez. -Me parece bien -respondí vagamente, sin entrar en muchos distingos. -Si te parece bien, ¿por qué no te haces musulmán? Hablaba con una rotundidad que me sobrecogió. -Porque soy cristiano.

 

 


Ni el Dios de los cristianos
ni el de los musulmanes
puede estar de acuerdo
con el tono con que hoy
los unos y los otros repetimos estar dispuestos a
"dar la vida por la fe.


 
 

Yo también amo mi religión y, aunque me parece que es buena, comprendo que hay mucho de bueno en la tuya.

-No, no. La religión cristiana no es buena.

-Quizá no la conozcas suficientemente como para juzgarla. Vamos a quedar por el momento en que ambas tienen mucho de bueno y vamos a ser fieles cada uno a la suya.

Así acabó aquel improvisado "diálogo interreligioso". Tras siglos de guerras entre cristianos y musulmanes, la nación desde donde escribo, Etiopía, llegó por fin a una convivencia pacífica que dura más de cien años y que todavía no se ha roto de manera ostensible. Recientemente, el país ha entrado de lleno por los caminos de la globalización y el consumismo. ¡Dentro de lo posible! Quien eche una ojeada a los anuncios de las calles, a la manera de vestir de los jóvenes..., pensaría que la secularización camina aquí a marchas forzadas y que la religión ya no tiene incidencia alguna ni sobre la guerra ni sobre la paz.

Sin embargo, no es así. Paralelo a la secularización, corre otro fenómeno aparentemente opuesto: la radicalización de las religiones presentes en Etiopía. Los signos son muchos. Por ejemplo, hasta hace muy poco no se veían por las calles de Addis Abeba muchachas con velo. Hoy es frecuente encontrar grupos de ellas con sus amplias togas negras que las cubren de la cabeza a los pies. Sus hieráticas figuras ponen una nota de elegancia en el no siempre agradable paisaje humano de la ciudad. Pero hay otros signos menos idílicos. Cada amanecer, cuando los gallos apenas han comenzado a cantar, mil potentes altavoces rompen la paz de la noche desde cada mezquita, desde cada iglesia ortodoxa, invitando a la oración o trasmitiendo encendidos sermones o monótonas salmodias.

¿Celo religioso o mutua competencia? Más lo segundo que lo primero. El Gobierno ha anunciado tímidamente su intención de prohibir esta práctica. Pero lo pensará muy mucho antes de tomar una medida que le podría resultar más impopular que la subida del pan.

Siempre hemos tenido a los mártires de la primera era cristiana como fuente de inspiración para un mayor compromiso con nuestra fe. Pero ellos iban "como corderos al matadero". En cambio, hoy y aquí, "dar la vida por la fe" suena de manera muy distinta. No es darla gratuitamente, sin resistencia, sino más bien luchar por ella cobrando vidas ajenas hasta que, finalmente, la propia caiga en el campo de batalla. Esto indica que la fe no se entiende tanto como una experiencia del Absoluto (en la forma que cada religión la conciba), cuanto como un elemento de afirmación de un grupo frente a otro.

De ahí que, en vez de un factor de paz, el actual "retorno" de las religiones sea uno de los monstruos que la amenazan. Y esto es una terrible paradoja. Ni el Dios de los cristianos ni el de los musulmanes puede estar de acuerdo con el tono con que hoy los unos y los otros repetimos estar dispuestos a "dar la vida por la fe".


     

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