DIFÍCIL, NO IMPOSIBLE
P. Juan Gozález Núñez
Misionero comboniano
¿Hay acaso alguna situación en la que creer
sea más fácil que en otra? Me hago con frecuencia esta pregunta, ahora que, como nunca anteriormente, debo volver una y otra vez sobre las verdades fundamentales de nuestra fe en un lenguaje lo más simple y claro posible. Cada vez que un nuevo grupito de gumuz, el pueblo al que he venido a hacer partícipe de mi fe, está dispuesto a escuchar, es necesario empezar a hablar de un Dios que nos creó, que nos habló por medio de unas personas concretas que se llamaban Abrahán, Moisés, Isaías...; un Dios que nació de María Virgen, murió y fue sepultado, pero que salió de la tumba por su propio pie...
Cuando se habla a personas que ya conocen de mucho tiempo el mensaje cristiano, se suele uno adentrar en reflexiones más o menos sofisticadas, que pueden dejar en la penumbra, como "dado por sabido", el dato de fe puro y duro. Porque no está de más recordar que la fe, en su escueta simplicidad, es una realidad extraña, dura. Es, ciertamente, un misterio de Amor, pero al que se llega sólo tras romper la corteza rugosa de unas afirmaciones que desafían la razón humana.
Que Dios hable a toda la humanidad a través del pueblo hebreo, envuelto desde el pasado hasta el presente en una turbulenta historia de guerras, que Dios se haga hombre sin
dejar de ser Dios, que ese Dios sea tres siendo uno, que la salvación se nos ofrezca por vía ordinaria a través de una Iglesia llena de limitaciones y divisiones... Todo eso es "lenguaje extraño".
Cuesta aceptarlo en nuestros ambientes tradicionalmente cristianos. En los últimos años, hemos visto a personas, crecidas en la fe, distanciarse de ella, bien para confesarse indiferentes, agnósticos o ateos, bien para seguir llamándose cristianos pero tomando los misterios de la fe como simple interpretación alegórica de unas aspiraciones humanas nunca plenamente realizadas.
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La Palabra se abre camino
en el corazón del pueblo gumuz.
Dios pone las cosas difíciles, pero nunca imposibles.
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Cualquier europeo medianamente instruido ha adquirido un cierto conocimiento de las grandes religiones de la humanidad y la mentalidad pluralista reinante le induce a pensar que todas se equivalen, porque, a fin de cuentas, todas son creaciones humanas. La pretensión de absoluto que toda religión reclama para sí no entra en los esquemas mentales del hombre occidental de hoy.
¿Le será entonces más fácil creer a este pueblo gumuz no contaminado todavía de relativismo ni pluralismo? Me lo pregunto mientras, con temor y temblor, les presento las verdades de la fe cristiana, consciente del abismo existente entre ellas y su mundo religioso y cultural. Hablando desde una perspectiva puramente humana, el abismo parecería insuperable. Muchos, de hecho, tras la fase inicial de la curiosidad, dejan de interesarse. Y, de los que perseveran, se podría dudar si es el mensaje en cuanto tal el que les fascina o son otros cálculos humanos, que aquí no tenemos espacio para analizar.
No, no hay ninguna situación en la que creer sea fácil. No la hay ni siquiera para el que anuncia la Palabra. Si la hubiera, no sería ciertamente una de ellas este lugar de frontera (geográfica y espiritual) que es la tierra gumuz, donde el mensajero debe confrontarse de manera permanente con el dato simple, escueto, de la fe que propone sin que exista la gratificación que dan los resultados consistentes. Y no puede aplazar la respuesta. Porque, o se adhiere con el corazón a aquello que anuncia o, de lo contrario, se encontrará simplemente desubicado.
Dios, naturalmente, viene siempre al encuentro de nuestras oscuridades. Ahí están los testigos africanos de la fe, en los que pienso cada vez con más frecuencia: los mártires de Uganda, los mártires de Paimol, el Beato Gebre Mikael... No pudieron haber dado su vida por una fe que apenas habían recibido, a no ser que hubieran penetrado la corteza de sus fórmulas para descubrir el misterio de Amor que tras ellas se esconde. Esto me da ojos para "ver" los pequeños signos de que también -aquí y ahora- la Palabra se abre camino en el corazón de este pueblo. Dios pone, sí, las cosas difíciles, pero nunca imposibles.
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